La vida cuando era nuestra

Marian Izaguirre

Fragmento

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1

Hace frío. Solo es octubre, pero ya parece pleno invierno. He sacado el abrigo por primera vez y, como he visto que el día está nublado y hace viento, he decidido ponerme un pañuelo en la cabeza. Es un viejo pañuelo de seda que a veces llevo también al cuello, con mi chaqueta de Linton Tweeds. Antes me he recogido el pelo en la nuca. Me hubiera gustado tener un poco de brillantina Rosaflor, para que ningún cabello rebelde se saliera de su sitio, pero he tenido que conformarme con pasar la palma de la mano humedecida por la frente y las sienes. ¿Por qué tengo este pelo? Es asombrosamente blanco para mi edad. A veces me miro en el espejo y veo un reflejo amarillento, como de polluelo, que me recuerda el tiempo en el que fui rubia.

Solo tengo cincuenta y un años. Nací con el siglo. No creo que me corresponda tener este pelo tan blanco.

Voy a dar un paseo hasta su tienda. Me gusta caminar. Salir a media tarde, cuando ya estoy cansada de mis cosas, y andar durante un par de horas, sin rumbo fijo, por esta ciudad que crece a la misma velocidad a la que pasan los días. Hay muchas zonas que no conozco, a pesar de que llevo ya trece años en Madrid. Vine con treinta y ocho; qué joven era y qué joven me sentía entonces, parece increíble… La mayor parte de las veces no me alejo demasiado, pero cuando tengo ganas de ver algo completamente distinto, tomo uno de esos autobuses que van a los barrios de la periferia y me subo, dispuesta a emprender un largo viaje, como quien va a otro país, devorando las calles que veo a través de la ventanilla. En los semáforos atisbo los escaparates de las tiendas. Van cambiando a medida que nos alejamos del centro. Sé que estoy muy lejos cuando dejan de verse comercios de ultramarinos o de ropa y empiezan a aparecer los talleres mecánicos.

Creo que fue en una de estas excursiones mías cómo le conocí. Acababa de regresar del otro extremo de la ciudad, ya estaba cansada y me disponía a meterme en casa, sin demasiadas ganas, la verdad, porque aún era junio y los días eran luminosos y largos. Entonces vi a ese hombre. Me gustó que llevara una pila de libros en los brazos. Vestía una chaqueta vieja, con coderas, que parecía tener demasiados años, como mi abrigo de hoy. No llevaba sombrero, pero no era un obrero ni un campesino. Quizá un profesor, pensé entonces. Y antes de que me diera cuenta, le estaba siguiendo, manzana tras manzana, por las calles del distrito de Chamberí.

Llevaba buen paso, me costaba no perderle de vista. Finalmente se detuvo en un portal de la calle Caracas. Me paré a unos metros de distancia fingiendo que buscaba algo en mi bolso. Ni se dio cuenta de que le seguía. ¿Quién hace caso de una vieja con el pelo blanco? Vi que tocaba la aldaba. Tres golpes dio. Al cabo de un rato apareció una mujer despeinada y con mandil. El hombre le tendió dos de los libros que llevaba. No oí lo que decía. Pero sí a la mujer, que tenía una voz un poco estridente:

—¿Pero no sube usted? El señorito Luis le estaba esperando.

Entonces me acerqué un poco y por primera vez oí su voz: agradable, modulada, un poco grave. Si fuera un instrumento musical creo que sería un cello. O en algunos momentos una viola, como mucho.

—Hoy no puedo, tengo que entregar otro pedido —dijo con un tono que a mí, al menos, me pareció sincero—. Salúdele de mi parte y dígale que el jueves, sin falta, subiré a verle.

La mujer cerró la puerta tras de sí, él se volvió hacia el lugar en el que yo estaba, me miró sin verme —creo que ya he dicho lo desapercibidas que podemos llegar a ser las mujeres cuando la vejez nos viste por fuera— y volvió por el mismo camino por el que había venido.

Le seguí porque sabía que iba a entregar el resto de los libros. ¿Quién era? ¿A qué se dedicaba? Durante un buen rato —debo confesar que me divertía jugar con ventaja— me situé a su altura, codo con codo por la ancha acera de Zurbano. Su brazo y el mío casi se rozaron durante un breve instante. Eché un rápido vistazo a los libros. No eran ni con mucho nuevos, pero no pude ver los títulos. ¿Era el encargado de una biblioteca? ¿El dependiente de una librería? Él seguía sin fijarse en mí, como estaba previsto; pero, por si acaso, decidí dejar que se alejara un poco, hasta que se paró en otro portal; esta vez no llamó con la aldaba porque el portero estaba barriendo la acera. Imaginé que iba a tardar, así que me senté en un banco. Y le esperé.

¿Qué hago en este banco?, me pregunto cuando la espera pone un poco de cordura en mi entusiasmo. Insisto, tengo cincuenta y un años, no soy una niña.

Estoy a punto de irme. No lo hago. Quiero saber más de ese hombre que lleva libros a las casas.

Me entretengo pensando en otras cosas, en otros lugares, en un automóvil que Henry mandó pintar de amarillo para mí. En cómo me gustaba conducir por las carreteras de East Sussex, yo sola, toda la tarde, y volver a casa para la cena, sofocada y contenta, y verle a él aguardando con su periódico doblado por la mitad y el vaso de whisky sobre la mesa del mirador… Pienso en su cabello castaño cayéndole sobre la frente y en el mar cambiante que se veía a través de las ventanas. Henry mirándome sonriente por encima de los lentes y desapareciendo después…

Pienso en eso, para que la espera no sea tan larga y no me entren ganas de abandonar. También pienso que estoy haciendo una verdadera estupidez y que en lugar de quedarme como una tonta en este banco a diez metros de un portal donde no sé quién demonios vive, podía estar en casa, con las piernas en alto y leyendo un cuento de Katherine Mansfield o un poema de Emily Dickinson. Eso que suelo hacer cuando estoy cansada del mundo exterior.

No, no me engañaré. Estoy siguiendo a este desconocido porque soy una vieja boba que no tiene otra cosa que hacer. Por eso.

Salió con las manos en los bolsillos del pantalón. Entonces apretó el paso y tuve que esforzarme mucho para no perderle de vista. Atravesamos Génova, y al cruzar la calle Orellana por poco me atropella un automóvil que pegó un fuerte bocinazo, cosa que hizo que se volviera, pero creo que seguía sin darse cuenta de nada; caminé a diez metros de él durante un tramo de la calle Argensola tan rápido como pude y finalmente vi que se metía en un calle cortada que hay entre Fernando VI y la calle Barquillo. Ahí desapareció.

¿Cómo sabemos que una cosa es importante o no? Una nimiedad, pongamos por caso, como seguir a un hombre de unos cuarenta años por las calles de Madrid, en principio para matar el tiempo en una soleada tarde de junio en la que no te apetece nada encerrarte en casa. Cuando le perdí podía haberme dado la vuelta, pero no lo hice; entré en la calle —un lugar absurdo para tener un comercio, porque digo yo ¿quién demonios va a pasar por un lugar que no lleva a ninguna parte?— y en el mismo instante en que vi la tienda, una librería de viejo con el escaparate lleno de lápices de colores, pinturas al pastel y libros de Julio Verne, en ese mismo instante, supe que estaba ocurriendo algo extravagante, y que dependía de mí la importancia que este hecho tuviera en el futuro. Podía darme media vuelta y olvidarlo todo. O podía entrar en aquel portal y hablar con él.

Entré.

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