El sueño de Tutankhamón

Antonio Cabanas

Fragmento

Capítulo 1

1

Había nacido para sufrir. Por alguna causa Shai, el inescrutable dios del destino, así lo había determinado y nada se podía hacer para cambiar sus designios. Eso era al menos lo que Nehebkau pensaba, aunque este fuese incapaz de comprender de qué forma había podido ofender al taimado dios. Que Nehebkau recordara, las penurias lo habían acompañado desde el día de su nacimiento, y muchas noches, mientras dormía al raso, había llegado a pensar que su afrenta a Shai bien pudiera haber surgido ya en el vientre materno, al haber sido concebido por una prostituta.

Sobre este particular, él poco tenía que decir. En su opinión, las mujeres que se empleaban en las Casas de la Cerveza eran tan respetables como las hijas del faraón, o incluso como cualquiera de las mil diosas que velaban por la Tierra Negra y en las que apenas creía. Sin embargo, justo era reconocer que su madre, a quien nunca había conocido, alguna culpa debía de tener en todo cuanto le había ocurrido, pues según aseguraban lo maldijo con inusitada rabia antes de que Anubis se la llevara a la necrópolis. Murió sin siquiera dejar constancia de su nombre, para que su retoño no la recordase, tal y como si nunca hubiese existido, convencida de que de este modo ambos caerían en el olvido, lo peor que le podía ocurrir a un egipcio cuando pasaba a la «otra orilla», de camino al mundo de los muertos. Su memoria se perdería, cual si nunca hubieran existido.

¿Había sido hermosa su madre? Seguramente, aunque hubiese estado muy lejos de parecer una heset, una cantora al servicio de Hathor, la diosa del amor y la belleza; incluso podría haber sido una extranjera.

De su padre poco tenía que decir. Quizá se tratase de un soldado, un artesano o puede que un comerciante que se encontrara de paso. Si este era docto o ignorante poco importaba, y al pensar en ello Nehebkau se encogía de hombros igual que lo había hecho la ciudad de Tebas el día de su alumbramiento. Como bien sabía, Waset, la ciudad del Cetro, no se paraba en semejantes discernimientos y él por su parte tampoco lo haría; su vida solo le pertenecía a él, y bastante tenía con haber salido adelante en una época en la que los dioses de Egipto se habían entregado al llanto.

Sin embargo, era feliz, aunque fuese a su manera, y durante las noches estrelladas le gustaba abstraerse para recorrer con la vista el fecundo vientre de Nut plagado de luceros, a fin de admirar su belleza. La diosa que representaba la bóveda celeste era la única a la que estaba dispuesto a rendir pleitesía, y en su infinito templo trataba de escudriñar, entre aquella miríada de luces titilantes, los porqués de cuanto le rodeaba y la naturaleza de su sino. Toda la tierra de Egipto le resultaba un enigma; un inmenso lienzo enhebrado con hilos de magia, bajo el que se arrebujaba todo un pueblo en busca de la protección de sus dioses. Estos se encontraban por doquier, cual si formaran parte del paisaje: entre los palmerales, en cada recodo del río, en el inhóspito desierto, en la sombría necrópolis. A Nehebkau le parecía imposible poder llegar a conocerlos a todos, mas, no obstante, llevaba el nombre de uno de ellos; por extrañas circunstancias e incomprensible suerte.

En realidad, su vida bien podría formar parte de un prodigio. Un inconcebible milagro alentado por aquellos dioses en los que apenas creía. ¿Qué otra explicación podría haber? Ninguna; o al menos eso era lo que pensaban cuantos le conocían. Sin embargo, Nehebkau se encontraba alejado de tales entelequias y a sus diecisiete años estaba convencido de que la naturaleza le había regalado el don de la supervivencia.

El joven había venido al mundo una fría noche del mes de parmhotep,[1] en el periodo de las «aguas bajas», cuando los campos se aprestaban a ser trabajados para la siembra. Eran tiempos de penuria, pues el dios que gobernaba la Tierra Negra desde hacía seis años, Akhenatón, estaba decidido a trasladar la capital al norte, a la ciudad que había empezado a construir y que bautizaría con el nombre de Akhetatón, la ciudad del Horizonte de Atón.

El alumbramiento tuvo lugar en un lúgubre chamizo, entre horribles juramentos, con la ayuda de una vieja comadrona que asistió a la madre en el parto. Una nueva vida llegaba para cobrarse otra, y a fe que surgiría con fuerza inusitada, imparable, como de ordinario ocurría con la avenida de las aguas. Nada podía oponérsele, y cuando la partera tomó a la criatura entre sus manos no le cupo duda de que Heket la tutelaba. La diosa rana, junto a Mesjenet, tendía el símbolo de la vida a aquel hermoso niño y a su ka,[2] para hacer honor al título que ostentaba desde tiempos inmemoriales: «la que hace respirar». Sin duda su esposo, el divino Khnum, había moldeado a conciencia al recién nacido en el claustro materno con su torno de alfarero, pues al punto el pequeño gritó al mundo, con furia inusitada, como si Sekhmet, la colérica diosa leona, lo animara a hacerlo.

Por un momento la vieja pensó en ello, aunque al ver cómo se había producido el parto se convenció de que este se asemejaba más al del temible dios Set, que desgarró el cuerpo de su divina madre, Nut, al nacer en la ciudad de Ombos.

La matrona miró a la parturienta un instante y movió la cabeza con pesar. Había asistido a tantos alumbramientos en su vida que no le extrañaba aquel desenlace en absoluto. En realidad, ocurría todos los días. Eran tantas las madres que morían en Egipto que no le sorprendía que muchas mujeres se sintieran aterrorizadas al saber que estaban embarazadas. Esto no dejaba de resultar curioso en una sociedad en la que cualquier egipcia consideraba la esterilidad como poco menos que una maldición, y con frecuencia llegaban a introducirse dátiles en la vagina, e incluso se daban friegas con sangre menstrual en el vientre para poner remedio a la infecundidad. Así eran las cosas en la Tierra Negra.

A la vieja partera le bastó echar un vistazo para saber que no había nada que hacer, y que esa misma noche aquella pobre mujer estaría camino de la necrópolis en compañía de Anubis. Sin embargo, había traído al mundo a una criatura en verdad hermosa, como no recordaba haber visto, de más de un codo,[3] y robusta cual si fuese vástago de Montu, el formidable dios tebano de la guerra. Era un niño de pelo rojizo y piel tan clara que bien se hubiera podido asegurar que procedía del Bajo Egipto, o puede que de las lejanas tierras del norte, bañadas por el Gran Verde, el mar que nunca había visto y en el que decían habitaba el iracundo Set. La palidez del pequeño contrastaba con el tono cetrino de la madre, y la matrona volvió a lamentarse en silencio, pues la vida no se paraba en tales consideraciones, y era capaz de cruzar caminos tan distantes que en ocasiones resultaba imposible llegar a reconocer.

Al verlo por primera vez, la madre emitió un gemido quejumbroso que parecía proceder de las profundidades del Amenti.[4]

—Set está en él —se lamentó la moribunda—. Es hijo del dios de las tormentas.

La matrona trató de calmarla

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