Cinco hermanas

Cinzia Giorgio

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Roma, 7 de julio de 2016

Fontana di Trevi

Le pareció que se adentraba en un bosque de sedas multicolores cuyas tonalidades iban del pastel al azul oscuro. Colgadas de los percheros stander, se entreveían las sinuosas y femeninas siluetas de los largos vestidos de noche estilo imperio, confeccionados con crinolinas vaporosas y tejidos ligeros como la organza, la muselina y el encaje, que contrastaban con los corpiños ceñidos, las esclavinas y las capas de corte regio. Los preciados abrigos de marta cibelina, armiño y lince adornados con aplicaciones, bordados y pintados como si fueran lienzos, formaban barreras mullidas que le obstruían el paso. Cerró los ojos, tuvo la impresión de estar soñando.

«¡Por fin has llegado! Eres la segunda, vas después de Kendall, date prisa, tienes que maquillarte. ¡Oh, Dios mío!, no sé si sobreviviré a esta noche». La voz a sus espaldas de una de las vestidoras interrumpió el flujo de sus pensamientos, pero no logró desvanecer la magia de aquellas formas y colores que se habían fijado en sus pupilas.

Colecciones maravillosas, modelos elegantes y aglomeraciones memorables: los desfiles de moda eran para ella como una fiesta fascinante. Veronica sabía que lo que aparecía a la vista de los espectadores, empezando por los de la primera fila, donde su madre esperaba para verla desfilar, era un mundo de distinción poblado por estilistas, celebridades, redactores de moda y autoridades. Todos ignoran la guerra que se libra entre bastidores. Ni siquiera la salida de las modelos desfilando por la pasarela hace intuir lo más mínimo hasta qué punto los pases de moda son un despliegue de fuerzas organizado por un ejército que trabaja frenéticamente en la retaguardia para asegurarse de que el espectáculo se desarrolle sin contratiempos. Meses de preparación, de duro trabajo, y una mano experta que lo coordina todo.

«Los desfiles de moda son fabulosos —les dijo Karl el día que habían convocado ante su presencia a todas las modelos elegidas—. Muchas de vosotras ya habéis trabajado conmigo, pero quiero repetirlo una vez más: en el backstage exijo rigor, puntualidad y precisión. Sabréis qué significa realmente formar parte del sistema, formaréis parte del trabajo real».

Veronica había llegado a la Fontana di Trevi esquivando a la muchedumbre bien vestida, a los fotógrafos y a los periodistas que ya se agolpaban allí, a pesar de que todavía faltaban un par de horas para el inicio del desfile. Karl estaba bajo presión, quería asegurarse de que todo fuera absolutamente perfecto; repasaba uno por uno los vestidos y las prendas de peletería y ordenaba a las modistas que le subieran el dobladillo a una falda o cortaran una hebra. Veronica sabía que eso podía suceder en cualquier momento, incluso cuando una modelo estaba a punto de salir a la pasarela. Dejó atrás a uno de los maestros marroquineros, que adaptaba rápidamente un par de tacones para asegurarse de que la maniquí que debía calzarlos no resbalara sobre el plexiglás colocado sobre la fuente. A veces Karl cambiaba los zapatos en el último minuto, por lo que todos los maestros artesanos se ponían a su disposición para prevenir cualquier percance: el control de los tiempos lo era todo.

Entre bastidores pululaban modelos, representantes, estilistas, vestidores, maquilladores, peluqueros, periodistas y otras eminencias de la moda. También había algunos fotógrafos que documentaban la actividad, pero la mayoría de ellos, Veronica lo sabía, habría despachado a empujones a sus compañeros para conseguir las fotos del evento.

Legends and Fairy Tales era el nombre que le habían dado al espectáculo que se brindaría con motivo de la celebración del nonagésimo aniversario de la firma romana. Cuarenta modelos, incluyendo a Veronica, desfilarían sobre las aguas de la Fontana di Trevi, cuya restauración había sido financiada por la célebre casa de moda. La ilusión óptica era perfecta: gracias a una pasarela de plexiglás transparente, las maniquís caminarían literalmente sobre el agua. El taller de peletería había creado pequeñas obras maestras inspiradas en los cuentos de hadas. Cada prenda estaba bordada y adornada con triunfos de plumas y perlas, que reproducían escenas naturalistas, algunas pintadas a mano: un bosque, una pajarera, mariposas, insectos, pavos reales y libélulas.

El ambiente que se respiraba entre bastidores ya era frenético, de locura. Pero la energía y la euforia que Veronica experimentaba antes de entrar en escena la hacían sentirse viva. Nada era comparable a la excitación que la invadía cuando estaba a punto de salir a la pasarela y todas las luces y las miradas se centraban en ella. Luciría vestidos maravillosos y se sentiría como una reina. Sin duda su bisabuela, que mucho tiempo atrás había trabajado de modelo para artistas en Londres, habría entendido lo que sentía cuando la adrenalina le hacía correr rápidamente la sangre por las venas.

Todo había sido concebido para que resultase perfecto, hasta el último detalle. Los compradores, los fashionistas, los estilistas de otras firmas y los fotógrafos estaban a punto de asistir al pase de una nueva colección, única, cuyas prendas nadie había visto hasta entonces. Ese era el motivo de la excitación general. Karl estaba nervioso, las modelos soltaban risitas para aliviar la ansiedad, el gentío murmuraba a la espera de la aparición de la primera modelo. Veronica había llegado, como exigía el contrato, dos horas antes del inicio del evento. Disponían de ese tiempo para maquillarla, peinarla y vestirla con la primera prenda.

Alcanzó su stander y comprobó que las prendas que colgaban de él eran las correctas. Saludó a Kendall, una de sus compañeras, que ya estaba en las manos expertas de una peluquera; después dirigió una mirada furtiva a los vestidos transparentes, a los estampados con motivos florales o adornados con originales aplicaciones de pieles que debía conjuntar con unos botines. La habían definido como una colección de haute fourrure, alta peletería, jugando con los términos haute couture, alta costura, y fourrure, pieles. El evento, al que también habían invitado a su madre, estaba reservado a doscientas personas y pasaría a formar parte de la historia de la moda, no solo italiana, sino mundial.

Veronica luciría una de las prendas más exclusivas de la colección: un abrigo de lince valorado en un millón de euros. La segunda era la chaqueta Giardino Incantato, cuajada de flores. Volvió a comprobar que los vestidos de su perchero eran los mismos que se había probado con anterioridad. Cualquier cambio era extenuante porque solía conllevar el de los zapatos a juego. Veronica tenía los pies muy pequeños y el calzado que le asignaban casi siempre le quedaba grande. Por eso había adquirido la costumbre de llevar consigo unas plantillas; una vez, incluso tuvo que recurrir a un poco de cinta adhesiva para sujetarse unos que le quedaban enormes.

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