La herejía de Miguel Ángel

Matteo Strukul

Fragmento

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1

Macel de Corvi

Se sentía cansado y débil. Se miró las manos blanqueadas por el polvo de mármol, aquellos dedos fuertes que todo ese tiempo habían complacido la furia del alma extrayendo figuras en la piedra, explorando la materia con un conocimiento adquirido con el estudio del cuerpo, los músculos, las expresiones.

Suspiró. Su casa era sencilla y pobre. Como siempre. Era su refugio, el puerto seguro en el que encontrar consuelo. Miró la fragua. Las brasas rojas destellaban sangre bajo las cenizas. Había objetos lanzados al azar sobre una mesa de trabajo.

Se puso en pie. Abrió la puerta. Salió. Frente a él, Macel de Corvi: ese barrio popular y mugriento donde las casas parecían haber crecido unas sobre otras como si fueran erup­ciones sobre la piel gris de un cadáver.

Roma agonizaba ante sus ojos, pero lo que veía no era más que el reflejo de un mal mayor, un dolor del alma que parecía consumir la ciudad. Día tras día, un pedazo cada vez. Plegada a la voluntad de los papas, gobernantes temporales de un mundo que había perdido toda la inspiración de la espiritualidad.

Observó cómo los copos de nieve se posaban sobre los esqueletos de los foros y sobre los arcos del Coliseo, que emergían de la tierra como bóvedas irregulares de cuevas y canteras. Los árboles muertos, asesinados por ese otoño frío y despiadado, aparecían salpicados de blanco. El silencio que reinaba en ese momento extendió un aura irreal en la escena.

Sin embargo, en ese espectáculo miserable y frágil, Miguel Ángel redescubría el sentido de las cosas, la esencia de una ciudad derrotada por sus propios demonios, que todavía perseveraba en mantenerse en pie. Roma exhibía los tesoros del pasado como espléndidas cicatrices, reliquias olvidadas, pero aún relucientes en los remolinos de la nieve sibilante. Las columnas del templo de Saturno se alzaban contra el cielo como los dedos de un gigante herido, pero que aún no había muerto.

Mientras la nieve continuaba cayendo, sintió crecer en él una melancolía anegándole el pecho como si fuera un fuego líquido y no obstante inextinguible. Sabía perfectamente que formaba parte de aquella marea creciente, capaz de corromperlo todo, fuera lo que fuera, en aquella ciudad, y que respondía al nombre de Iglesia. Era, asimismo, el arma más eficaz y sutil, con el poder de cegar los ojos de los pobres y de los vagabundos, hasta el punto de distraer la mirada, nublar la vista a través de la magnificencia de sus tan solicitadas obras. La bóveda de la capilla Sixtina, el Juicio Final, la Piedad del Vaticano… sabían encantar y seducir y, precisamente por eso, disfrazaban, en su esplendor, la verdadera esencia del poder y del dominio.

Era un ilusionista, nada más que eso, tomaba el dinero de los papas, ponía su propio arte al servicio de ellos. Celebraba el poder y, al hacerlo, amplificaba su eco. Mientras miraba caer la nieve sobre los sucios tejados entendió de qué modo el éxito de sus esculturas, de sus frescos, de su vida misma, no eran más que un crimen, la sombra negra de un mal que se autoalimentaba.

Y sintió vergüenza. Lloró, porque entendía lo equivocado que era lo que estaba haciendo. Había creído que se podría acercar a Dios moldeando el mármol, esculpiendo las formas más hermosas, usando pinceles y colores como si fueran un canto de la naturaleza, pero aquella esperanza había terminado rota en pedazos. Había cedido a las lisonjas del dinero y, lo que era peor, de la fama. ¡Cuánto le gustaba que lo tomaran como ejemplo de genio absoluto del arte! ¡Estaba corrompido! Bien lo sabía. Y a pesar de tratar de convencerse a sí mismo de lo contrario, en el interior de su corazón era consciente de cuánto había nutrido su desordenada ambición.

Lo había hecho hasta correr el riesgo de perderse a sí mismo.

Apretó los puños y prometió que buscaría la redención. A cualquier precio. Porque lo necesitaba más que ese aire limpio y frío que ahora le cortaba la piel del rostro.

Soplaban nuevos vientos del norte de Europa. Las palabras de un monje alemán habían inflamado el aire como repentinos chispazos de fuego. Sus tesis habían sido estigmas en el cuerpo eclesiástico, uñas que desgarraban la carne del lujo y de los fastos de un clero dedicado durante ya demasiado tiempo al poder material, a la depravación, al sexo y al tráfico de indulgencias. Un culto a sí mismo que a esas alturas había hecho perder el significado primigenio de palabras como fe, misericordia, piedad, sacrificio.

E incluso en Roma, aquel fuego, por débil que fuera, había alimentado una fe nueva, una reflexión constante en ese momento desgraciado, una brisa tibia que tan solo pedía ser viento, con el fin de hablar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Era a aquella fuerza serena y sincera a la que dedicaría los años por venir. Había protegido aquel pequeño tesoro, lo llevaría como una antorcha en la noche para intentar iluminar lo que le quedaba de vida.

Dejaría de tener miedo.

Se encogió de hombros. Empezaba a sentir frío, pero aquella nieve blanca, suave y pura le parecía ahora un mensaje celestial, una señal de paz enviada para aquietar el corazón de los hombres. Amaba aquel silencio, capaz de borrar el estruendo de la ciudad.

En ese manto blanco que envolvía a Macel de Corvi le parecía estar frente a Dios, percibir su respiración grandiosa y regular, escuchar su voz en un murmullo serio pero tranquilo, casi dulce.

Lejos del castillo de Sant’Angelo, de la isla Tiberina, de aquella parte de Roma donde Bramante y Rafael habían construido y decorado a lo largo de los años palacios de magnífica belleza, blancos y relucientes, adornados con sillería preciosa y livianas y esbeltas columnas, se juró Miguel Ángel a sí mismo que nunca más volvería a obedecer ciegamente las órdenes de los papas.

Emplearía el tiempo que le quedaba para indagar en su propio corazón, para entender sus latidos y sus ruegos. Y lo reflejaría en el mármol. Mucho más de lo que lo había hecho hasta aquel momento.

Al final entró en casa de nuevo.

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2

La Inquisición romana

Cerca de la iglesia de San Rocco, en el palacio del Santo Oficio, de la calle Ripetta, el cardenal Gian Pietro Carafa toqueteaba su larga barba castaña. Sus dedos regordetes retorcían nerviosamente los cabellos. Monseñor dejó escapar un profundo suspiro. Estaba inquieto.

Las piedras preciosas, engastadas en los numerosos anillos de las manos, emitían resplandores iridiscentes en el momento exacto en que se reflejaban los rayos del sol otoñal. La luz pálida y cruda se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo de los ventanales. Entre rubíes y esmeraldas, del tamaño de unas avellanas, quizá la piedra menos brillante fuera precisamente la del anillo pastoral, como para denunciar la opacidad que golpeaba a la Iglesia en aquellos días.

Vestido de púrpura cardenalicia, con muceta y birreta roja ca

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