El mapa del cielo (Trilogía victoriana 2)

Félix J. Palma

Fragmento

1

A Herbert George Wells le hubiese gustado vivir en un mundo más justo y respetuoso, un mundo en el que existiera una especie de moral artística que prohibiese explotar las ideas de otro en beneficio de uno mismo, y donde a los desalmados que se atreviesen a hacerlo se les secara de golpe su presumible talento, condenándoles a ganarse la vida a la ingrata manera de los hombres corrientes. Pero por desgracia el mundo que habitaba no era así. En el mundo que habitaba todo estaba permitido, o al menos eso pensaba Wells, y no sin razón, pues apenas unos meses después de publicar La guerra de los mundos, un escritorzuelo estadounidense llamado Garrett P. Serviss había tenido la desfachatez de escribir su continuación sin ni siquiera avisarle de tal cosa, e incluso creyendo que aquello no iba sino a agradarle.

Ese era el motivo por el cual aquel caluroso mediodía de junio el escritor que firmaba sus obras como H. G. Wells caminaba algo ensimismado por las calles de Londres, la metrópoli más grande y orgullosa del planeta en aquel momento. Atravesaba el Soho en dirección a la taberna La Corona y el Ancla, donde el tal Serviss, que estaba de visita en Inglaterra, lo había invitado a almorzar con la ingenua ilusión de que, alentados por la cerveza y la buena mesa, sus espíritus pudieran confraternizar hasta el punto que él consideraba obligado. Pero si todo salía bien, la comida no iba a transcurrir como el cándido Serviss esperaba, pues Wells tenía planes muy distintos, y estos nada tenían que ver con la comunión entre iguales que pretendía el estadounidense. Y no es que Wells tuviera intención de convertir en un consejo de guerra lo que podía resultar una agradable comida porque considerase su novela como una obra maestra cuyas virtudes quedarían inevitablemente mancilladas si alguien pergeñaba una segunda parte. No, lo que el escritor realmente temía era que otro pudiera rentabilizar una idea suya mejor que él mismo. Esa posibilidad le removía por dentro produciendo toda suerte de marejadas en el apacible estanque con el que le gustaba comparar su alma.

A decir verdad, La guerra de los mundos se le antojaba, como todas sus novelas anteriores, una obra insatisfactoria que nuevamente había errado en sus propósitos. Narraba cómo la Tierra era conquistada por los marcianos, quienes poseían una tecnología muy superior a la humana, y lo hacía imitando el verismo con el que sir George Chesney había impregnado su novela La batalla de Dorking, donde, sin escatimar detalles truculentos, relataba una supuesta invasión de Inglaterra por parte de los alemanes. Sirviéndose de un realismo similar, sustentado por los arbotantes de unas descripciones tan pormenorizadas como espeluznantes, Wells había narrado la destrucción de Londres, que los marcianos llevaban a cabo sin el menor esfuerzo ni atisbo de misericordia, como si los humanos no merecieran más respeto que las cucarachas. En cuestión de días, nuestros vecinos espaciales habían pisoteado los valores y la autoestima de los terráqueos exhibiendo el mismo desdén que los británicos mostraban por los indígenas. Se habían hecho con el dominio del planeta, esclavizando a su población y convirtiendo la Tierra en algo parecido a un balneario para marcianos de élite. Nada había podido detenerlos. Absolutamente nada. Con aquella oscura fábula, Wells había pretendido lanzar una demoledora crítica contra el desmesurado espíritu imperialista británico, que aborrecía hasta la naúsea. Pero el hecho de que se creyera que Marte estaba habitado —con los nuevos y avanzados telescopios, como el del italiano Giovanni Schiaparelli, se había descubierto que unas líneas atravesaban su roja superficie, y algunos astrónomos se habían apresurado a asegurar, como si hubieran paseado por allí, que eran canales construidos por una civilización inteligente— había inoculado en la población el miedo a una invasión marciana como la que se describía en la novela, lo cual acaparó toda la atención del lector, distrayéndole de sus verdaderas intenciones. A Wells, aquella reacción no le sorprendió demasiado, todo hay que decirlo, pues ya le había sucedido algo parecido con La máquina del tiempo, en la que el estúpido artefacto al que aludía el título había eclipsado el ataque a la sociedad clasista de la época que escondía sus páginas.

Y ahora el tal Serviss, quien al parecer gozaba de cierta reputación como periodista de divulgación científica en su país, había publicado su continuación: Edison conquista Marte. ¿Y qué contaba Serviss en esa obra? Su título no engañaba a nadie: la novelita la protagonizaba el mismísimo Thomas Edison, cuyos innumerables inventos le habían convertido en una suerte de héroe para los estadounidenses, y en el cargante personaje principal de toda suerte de novelas. En la «continuación» de La guerra de los mundos, el inefable Edison inventaba una poderosa arma de rayos y, con el apoyo de todas las naciones del mundo, construía una flota de naves dotadas de propulsión antigravitatoria, que enfilaban hacia Marte impulsadas por el afán de venganza. Aquel era su argumento, ni más ni menos.

Cuando Serviss le envió su novela, acompañada de una carta en la que elogiaba sus obras con una vehemencia tan grotesca que le produjo arcadas, y casi exigiéndole, entre rodeos y circunloquios varios, que bendijera aquella secuela, Wells ni siquiera le respondió. Ni a aquella ni a la media docena de cartas que le envió después, en las que seguía buscando infatigablemente su aprobación e incluso se atrevía a proponerle, apoyándose en la afinidad y en los intereses comunes que creía percibir entre sus obras, que escribiesen alguna novela juntos. Y no le contestó porque, tras leer su novela, Wells solo había sentido una mezcla de cólera y asco. Aquella obra, tan pueril como torpe, era un desvergonzado insulto al resto de los escritores que, como él, se esforzaban en amueblar los escaparates con productos más o menos dignos. Sin embargo, su silencio no detuvo el flujo de cartas; más bien pareció intensificarlo. Pero en la última de ellas, el incombustible Serviss le rogaba que, aprovechando que la semana siguiente viajaría a Londres y permanecería allí unos días, tuviese la amabilidad de aceptar una invitación a almorzar con él, pues nada le haría más feliz que disponer de unas horas para conversar agradablemente con su admirado escritor, al que tantas cosas le unían.

Llegados a ese punto, Wells decidió romper aquel silencio disuasorio, que de nada parecía servir, para aceptar su invitación. Aquella comida se le antojó la oportunidad perfecta para sentarse ante él y revelarle lo que verdaderamente le había parecido su novela. ¿Quería Serviss su opinión? ¿La quería de verdad? Pues se la daría. Vaya si lo haría. Wells podía imaginar cómo transcurriría el almuerzo: se sentaría ante él investido de una impasible serenidad y, con una voz tranquila que no incurriría en la descortesía de dejar traslucir su furia, le diría lo mucho que le había asqueado que su novela la protagonizara aquel Edison idealizado, pues a él el inventor de la lámpara incandescente le parecía un tipo poco de fiar que perfeccionaba sus inventos a costa de terceros, a

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