La sombra del laberinto

Montse de Paz
Montse de Paz

Fragmento

La sombra en la cuna
minotauro

La sombra en la cuna

Creen que, como no hablo, no puedo pensar, pero están equivocados. Pienso más que todos ellos. Y tengo memoria desde el primer instante en que vi la luz de este mundo. Nadie recuerda tanto como yo.

Y tengo todo el tiempo de mi vida para pensar. Soy más inteligente que ellos, aunque no lo saben. Sé todo lo que ocurre en su interior. Conozco sus pensamientos, me basta con mirarlos a los ojos.

El primer rostro que vi, apenas nacer, fue el de Ella. Se inclinó sobre mí y la miré a los ojos. Vi en ellos dolor y algo que, con el paso del tiempo, he sabido que llaman amor. Esa honda pasión, mezcla de miedo y ternura, volcada sobre un ser viviente y que puede tornarse violenta. Ella me miraba así. Sé que me amaba, al menos en mis primeros años de vida.

Recuerdo bien su seno, la suave calidez de su piel envolviendo mi cabeza y el sabor agridulce de la leche que manaba de Ella. Era mi alimento, mi deleite y toda mi vida. Mis primeros días fueron una sucesión de luz y tinieblas. En la oscuridad dormía y tuve mis primeros sueños. Cuando volvía la luz, la veía a Ella. Sentía cómo sus manos acariciaban mi cuerpo y distinguía sus ojos en aquel rostro, que fue el primero que vi y que jamás se borrará de mi memoria mientras viva.

Después vi más rostros y descifré otras miradas. Junto a mi cuna se agolpaban los otros. Los primeros que recuerdo fueron los de las niñas.

Una tenía los ojos negros. Me miraba con una mezcla de temor y curiosidad, pero intuí en ella algo parecido al amor. Y era bonita. Tan bonita que con el tiempo deseé que fuera mía. En secreto me prometí que algún día lo sería. No sabía cómo, pero lo conseguiría. Por eso la llamé Mía.

La otra miraba distinto. Era astuta y percibí en ella un sentimiento extraño que tardé en descifrar. No tenía miedo, alargó una mano blanca y me tocó. Yo pataleé en la cuna y los otros se agitaron. Alguien la reprendió.

A esta no la amo como a Mía. Desconfío de ella. Tiene una mirada penetrante que destila poder. A veces temo que sea como yo, que leo los pensamientos. La llamo Ojos Verdes.

También había dos niños. Uno me miró con extrañeza y apenas lo vi una o dos veces. El otro se asustó. El Pequeño es débil y habla, ríe o llora para llamar la atención. Unas veces pienso que es estúpido y otras cavilo que quizá sea más inteligente de lo que parece. Hace lo que quiere y consigue lo que desea de los demás. Me teme mucho, pero no sabe que jamás le haré daño. Simplemente porque no me interesan los seres como él.

Más tarde conocí al Alto. También vino a asomarse a mi cuna. Su cuerpo era fornido y todos se apartaban a su paso. Cuando sentí su mirada, algo se agitó dentro de mí. Fue el primer hombre a quien tuve miedo. Su mirada rezumaba desprecio y otro sentimiento que he aprendido a reconocer muy bien. Era odio.

El Alto habla con voz potente e imperiosa. A Ella la agarra por la cintura y a veces la besa en la boca. Es el único que no la respeta ni la obedece. Sé que a Ella no le gusta. Lo sé. Por eso, muy pronto yo lo odié también.

Yo tampoco obedezco a nadie. Contengo mis emociones porque no quiero que me hieran. Nadie sabe lo que pienso. Pero… no estoy diciendo la verdad. Hay alguien que sí lo sabe, y es Ella. Ella es la única a la que obedezco. Una mirada suya y hago lo que me dice.

Crecí muy pronto, la cuna se quedó estrecha y me fabricaron otra nueva, pero yo comencé a saltar fuera. El pavimento del palacio era duro y frío, las habitaciones eran oscuras y yo buscaba la luz. Empecé a gatear y a trotar por los pasillos y galerías, siempre en busca del sol. Las sirvientas y las niñas se alarmaban cuando me veían rondar por sus estancias. Los criados me perseguían y yo me divertía esquivándolos entre las columnas, dándoles cabezazos en las piernas o escapando por las escaleras oscuras. Más de una vez caí rodando, pero nunca me hice daño.

Un día, Ella decidió llevarme fuera de palacio. La acompañaban las niñas, el Pequeño y los otros. Los otros eran criados, palafreneros, aurigas. Fuimos a los establos y allí vi, por primera vez, a los caballos. Salté de los brazos de Ella y corrí hacia ellos, alborozado. Pero los caballos se encabritaron al verme. Dos criados me agarraron y me devolvieron a la fuerza junto a Ella.

Entonces hicieron algo que detesté con todo mi ser. Tuvieron que agarrarme entre cuatro mientras un quinto me sujetaba con cuerdas. Odié el tacto áspero de la soga al hincárseme en la piel. Protesté con toda la potencia de mi garganta, revolviéndome y clavándoles puntapiés. Entonces Ella gritó, callé y me quedé inmóvil.

Así me subieron al carro, tirado por yeguas. Ella volvió a sujetarme contra su falda, irguiéndome para que pudiera ver el mundo a mi alrededor.

¡Y vi el mundo! Vi los campos extenderse más allá del camino, tan árido, tan recto, tan cruel. Vi árboles y bosques, pájaros volando sobre nosotros, un monte lejano coronado de nieve.

Ella descendió junto a un trigal. Era primavera y las espigas estaban verdes. Desligó las cuerdas que me ataban y me dejó caminar a su lado. Entonces me enderecé. Mis piernas me sostenían, eran fuertes y ágiles, y mis pies se hundían en la tierra, tan tierna, tan cálida, tan diferente al duro alabastro del palacio.

Me adentré en aquel mar de espigas y sentí un placer indescriptible cuando los tallos verdes me rozaron la piel. Mordí las hierbas, alcé el rostro hacia el cielo y bramé, feliz como nunca, bajo el sol. Aquel día supe de dónde venía la luz y mis ojos se embriagaron de aquella catarata luminosa, más brillante que el oro y el fuego.

Eché a trotar. Crucé el trigal y me adentré en un campo donde crecían las encinas. Ella me seguía a distancia. También los otros. Pero me olvidé de todos ellos. Si el vientre de mi madre fue mi primer encierro, el palacio era el segundo. Aquel día nací por segunda vez. Troté por el campo, me froté el cuerpo contra la corteza de los árboles, mastiqué hojas tiernas, devoré hierba y los crujientes insectos que cayeron en mi boca.

Cuando Ella decidió regresar tuvieron que atarme de nuevo. Gemí con desesperación, pues sentí que, si me retornaban a palacio, moriría asfixiado. Uno de los criados me golpeó, perdí el sentido y así fue como me redujeron. Sé que Ella lo riñó, pero no lo castigó con dureza, porque volví a verlo muchas veces. A ese también lo odié.

Concebí un plan. Me escaparía de palacio. Huiría al campo y correría hasta llegar al monte. Hasta la misma nieve. Nadie me buscaría allí. Eso pensaba, era muy joven e ingenuo. Pero ¿cómo salir de palacio? Me perdía entre pasadizos, patios y muros. Y en las puertas siempre estaban aquellos otros, armados y con escudos de piel moteada.

Desde que los conocí, los llamé las Púas. Con sus lanzas podían pinchar, herir y hasta matar. Lo sabía, por eso me

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