Los números del elefante

Jorge Díaz

Fragmento

cap

El coche, un Opel Corsa, está parado en el semáforo. Los chicos, con bermudas y chancletas, casi adolescentes, se acercan. Conduce una mujer; uno de los atracadores la apunta con una pistola. La mujer quiere arrancar, pero uno de los chicos se ha puesto delante, tendría que pasarle por encima y desiste, no sería capaz; ve la pistola, tal vez sea de juguete, da igual, calma, que se lo lleven todo, que no nos pase nada. El chico de la pistola la manda bajar del coche y ella lo hace sin rechistar. Su hija, de trece años, sentada en el asiento del acompañante, también. El pequeño, de seis años, sentado atrás, no sabe quitarse el cinturón de seguridad. Su madre abre la puerta trasera, intenta ayudarle; está nerviosa, el niño también, sale del coche aún preso al cinturón…

El Corsa arranca de repente, con el impulso la puerta se cierra. El niño, João Hélio, no se ha soltado. Su madre, Rosa Cristina, grita desesperada: su hijo está ahí, colgado del coche, en el lateral trasero, del lado del conductor… Su hermana, Aline, corre y chilla tras el coche.

Un conductor ve que de la puerta cuelga algo, se da cuenta de que no es un muñeco o un paquete, es un niño. Intenta avisar a los atracadores, les hace señas, cree que le han visto pero no se detienen. El cuerpo de João Hélio golpea en el suelo y en el maletero, como si fuera una piedra atada al coche, como si fuera una lata en el coche de unos recién casados de película muda.

El Corsa zigzaguea para librarse del cuerpo; los atracadores saben lo que llevan colgado y no piensan en parar, sólo en deshacerse del bulto. Uno de ellos va sentado atrás, en ese lado, tiene que estar viendo al niño rebotar una y otra vez. También el conductor, cada vez que mire al espejo retrovisor tiene que ver a João Hélio. El coche avanza y el ruido recuerda al de una caja de cartón que haya quedado atrapada en la rueda. No es un accidente, no es una fatalidad, saben lo que hacen. El grito de Rosa Cristina ha dejado de escucharse, Aline ha detenido su inútil carrera…

Atraviesan barrios de la zona norte de Rio de Janeiro: Oswaldo Cruz, Madureira, Campinho, Cascadura… Barrios a los que nunca se lleva a los turistas que visitan la Cidade Maravilhosa, ni siquiera a los que quieren conocer una favela como si fueran a un safari fotográfico en Kenia. Los clientes de un bar ven el Corsa acercándose. El barullo de los golpes de algo que va colgando llama su atención. Una mujer se da cuenta de que es un niño, grita angustiada y desesperada… Pero el coche no para. El joven que va en el asiento de atrás tiene dieciséis años, sólo diez más que João Hélio.

El conductor de otro coche les sigue, va asustado, pero ha visto que lo que golpea arriba y abajo es un niño; él es padre, no puede salvarlo, pero quiere por lo menos poder decirles a los padres de João Hélio dónde está su hijo, seguir al Corsa hasta que acabe su absurda huida.

No se detienen hasta la estación de Cascadura, tras siete kilómetros de fuga. Se bajan corriendo. ¿Miran al cuerpo que les ha acompañado dando botes? No se sabe, desaparecen corriendo en la estación. ¿Miran a la víctima inocente? ¿Son ellos culpables o lo es su mala suerte?

João Hélio está muerto desde el inicio de la carrera. Pocos minutos después aparece la policía. Su madre y su hermana estarán siendo atendidas y ya sabrán de su suerte. Las dos habrán reconstruido la escena miles de veces en su cabeza, hasta encontrarse culpables: por qué no acertaron a soltar el cinturón de seguridad, por qué no pelearon, por qué no se resistieron… Su padre, que no estaba presente, también encontrará motivos para sentirse culpable: por no ir en el coche, por no haber enseñado a su hijo a quitarse el cinturón, por haberle insistido a su esposa en que tuviese cuidado con los semáforos y no se los saltase, como mucha gente hace en Rio cuando anochece.

Rio de Janeiro se indigna. La ciudad acostumbrada a la violencia, la misma que en los últimos meses ha sufrido decenas de muertos por las guerras entre milicias vecinales, traficantes de drogas y policía, la que soporta una víctima diaria por las balas perdidas, decide que la muerte de João Hélio es la gota que ha colmado el vaso. Un vaso que se ha desbordado más de cien veces en los últimos años pero al final se descubre que siempre le queda espacio para más.

Se ofrece una recompensa de dos mil reais para quien aporte datos sobre los ladrones del Corsa. Hay ciudadanos que llaman pidiendo que se suba la cantidad, están dispuestos a poner dinero de su propio bolsillo para que los culpables sean castigados. Esa misma noche se detiene a uno de los chavales, al día siguiente a otro… Al parecer son tres, fueron cinco los que cometieron el atraco, pero sólo tres los que huyeron en el coche. El padre de uno de los chicos colabora con la policía para que detengan a su hijo; es evangélico, como los padres de su víctima. Ha intentado educar a su hijo en la religión, pero ha fracasado: se siente perdido. Preferiría que su hijo hubiera sido el que se quedara colgado en la parte de fuera del coche, no el que iba al lado del conductor pidiéndole que corriera más, que se deshiciera de ese niño de una puta vez. La madre de otro de los detenidos es enfermera en una clínica de la zona sur, el Rio de los ricos. No quiere que se sepa su nombre, es importante conservar el trabajo y no sufrir represalias.

En el periódico publican la foto de dos de los jóvenes al ser detenidos, junto a un tercero al que sueltan horas después. Se les tapa la cara con un pixelado, pero daría lo mismo, son tan iguales a cualquier otro chico de favela que no se les reconocería ni con la cara descubierta. Las casas de sus familias son apedreadas por los vecinos: son las guaridas de los monstruos.

Todo sucedió el 7 de febrero de 2007, a eso de las nueve de la noche. Faltaban pocos días para el carnaval; ese mismo día hubo más muertes violentas en Rio, pero la única que se recordaría una temporada sería la de João Hélio. Yo había llegado a la ciudad un par de días antes y hasta ese momento me parecía un lugar encantador; la muerte de João Hélio me mostraba su otra cara.

La llegada en avión a Rio es igual que la llegada a cualquier otra ciudad. En su caso es decepcionante, pues de Rio uno espera mucho más. Espera que la voz de Tom Jobim le dé la bienvenida: «Dentro de mais um minuto estaremos no Galeão…».

El aeropuerto ya no se llama Galeão, ahora se llama Aeroporto Internacional Antônio Carlos Jobim. La rua Montenegro también ha cambiado de nombre, ahora se conoce como rua de Vinicius de Moraes; el bar Veloso ahora es el Garota de Ipanema. Hay cariocas que quieren que la rua Nascimiento y Silva pase a llamarse rua de Tom Jobim, como su vecino más célebre; habría un cruce de la rua de Vinicius con la rua de Tom: Vinicius y Tom, la pareja que más fama le ha dado a Rio. Pero la ciudad ha cambiado mucho y tal vez, en lugar del bar que ellos querrían, se abriría allí una sucursal bancaria.

Ipanema es para ricos; los hoteles para turistas están en Copacabana, en la avenida Atlántica con vistas al océano si se paga el suplemento. Los restaurantes ofrecen «rodizio de pestiscos, coma hasta hartarse», en grandes carteles. Los quioscos de la playa, modernos como naves futuristas, siguen con sus cocos dispuestos para abrir con el machete y sirven caipirinhas, caipivodkas, cervezas, choppes

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