A paso de cangrejo

Günter Grass

Fragmento

Capitulo 1

1.

—¿Por qué no hasta ahora? —dijo alguien que no soy yo. Porque Madre me dijo una y otra vez que... Porque entonces, cuando el grito estaba sobre el agua, quise gritar, pero no pude... Porque la verdad en poco más de tres líneas... Porque hasta ahora no...

Las palabras tienen todavía dificultades conmigo. Alguien a quien no le gustan las excusas me ata a mi profesión. Dice que, ya de joven fichaje, fácil de palabra, hice mis prácticas en un periódico de Springer, pero pronto tuve éxito, arremetí contra Springer en las páginas del tageszeitung, trabajé luego brevemente como mercenario para agencias de noticias y, durante mucho tiempo, resumí en artículos todo lo recién cortado: diariamente la actualidad. La actualidad del día.

Tal vez tenga usted razón, dije. Pero no nos enseñaron otra cosa. Si ahora tengo que empezar a reconvertirme, todo lo que me ha salido mal se atribuirá al hundimiento de un barco, porque..., porque Madre estaba en avanzado estado de gestación, porque sólo vivo de casualidad.

Y una vez más estoy al servicio de alguien, pero de momento puedo prescindir de mi insignificante persona, porque esa historia comenzó mucho tiempo antes que yo, hace más de cien años, y concretamente en la mecklenburguesa ciudad residencial de Schwerin, que se extiende entre siete lagos, se identifica en las postales con su Schelfstadt y con un castillo de muchas torres, y que, durante toda la guerra, permaneció exteriormente intacta.

Al principio no creí que un poblacho de provincias hace tiempo olvidado por la Historia pudiera atraer a nadie, salvo turistas, pero, de pronto, el punto de partida de mi relato se puso de moda en Internet. Alguien me dio anónimamente información sobre fechas, nombres de calles y calificaciones escolares, porque se empeñó en descubrir un filón al coleccionista de cosas pasadas que soy.

En cuanto salieron esos trastos al mercado me compré un Mac con módem. Mi profesión exigía recuperar las informaciones que vagabundean por el mundo. Y aprendí a arreglármelas pasablemente con el ordenador. Pronto, palabras como browser o hyperlink no me parecieron ya chino. Con un clic de ratón obtenía informaciones de usar o tirar y, por capricho o aburrimiento, comencé a chatear de una tertulia a otra y a contestar hasta el junkmail más idiota, recalé brevemente en dos o tres sitios porno y, después de navegar sin rumbo, tropecé finalmente con páginas en las que los llamados inmovilistas, pero también neonazis de la última hornada, daban suelta a su estupidez en páginas cargadas de odio. Y, de pronto —buscando un nombre de barco—, encontré la dirección exacta: www.blutzeuge.de.[1] En letras góticas, unos «Camaradas de Schwerin» machacaban vigorosas consignas. Siempre a posteriori. Más divertido que vomitivo.

Desde entonces me resulta claro cuál es el testimonio que debo dar. Pero todavía no sé si, como he aprendido, debo desbobinar primero una cosa, luego la otra y después esta vida o aquella, o recorrer el tiempo oblicuamente, un poco al estilo de los cangrejos, cuyo retroceso lateral engaña, porque avanzan con bastante rapidez. Sólo una cosa va a misa: la Naturaleza o, mejor dicho, el Mar Báltico ha dado hace más de medio siglo su luz verde a todo lo que aquí se va a contar.

Primero le toca a alguien cuya tumba fue destrozada. Después de terminar la enseñanza secundaria —bachiller elemental—, inició su aprendizaje en un banco, aprendizaje que acabó sin pena ni gloria. Nada de eso aparecía en Internet. Allí sólo se recordaba como «mártir», en una página web expresamente dedicada, a Wilhelm Gustloff, nacido en Schwerin en 1895. De modo que no hay alusiones a su afectada laringe ni a la dolencia pulmonar crónica que le impidió demostrar su valor en la Primera Guerra Mundial. Mientras que Hans Castorp, joven de familia hanseática, tuvo que dejar por orden de su creador la Montaña Mágica, para, en la página 994 de la novela del mismo nombre, caer en Flandes como voluntario o perderse en la incertidumbre literaria, en 1917 el Banco de Seguros de Vida de Schwerin envió solícito a su eficiente empleado a Suiza, para que, en Davos, curase de su dolencia, con lo que se puso tan sano en aquel aire especial que sólo se le pudo liquidar con otra clase de muerte; a Schwerin, al clima de la Baja Alemania, no quiso volver de momento.

Wilhelm Gustloff encontró trabajo como ayudante en un observatorio. Apenas se convirtió aquel centro de investigación en fundación confederada, ascendió a secretario del observatorio, lo que sin embargo le dejaba tiempo para ganarse un complemento de sueldo como representante exterior de una sociedad de seguros del hogar; ejerciendo esa profesión secundaria llegó a conocer los cantones de Suiza. Al mismo tiempo, su mujer Hedwig trabajaba diligentemente: como secretaria y sin tener que abandonar sus convicciones nacionalistas, con un abogado llamado Moses Silberroth.

Hasta aquí los hechos arrojan la imagen de un matrimonio burguésmente consolidado, que, sin embargo, como se verá, sólo fingía un estilo de vida adaptado al sentido comercial suizo; porque, al principio subliminalmente y luego de forma abierta —y largo tiempo tolerada por su patrono—, el secretario del observatorio utilizó con éxito su innato talento organizador: entró en el Partido y, para principios del treinta y seis, había reclutado entre los alemanes del Reich y los austríacos que vivían en Suiza a unos cinco mil miembros, los había reunido en agrupaciones locales repartidas por todo el país, y les había hecho jurar fidelidad a alguien a quien la Providencia había imaginado como Führer.

Fue sin embargo él el nombrado jefe de agrupaciones regionales en el extranjero por Gregor Strasser, del que dependía la organización del Partido. Strasser, que pertenecía al ala izquierda, después de haber renunciado a todos sus cargos en el treinta y dos, como protesta por el acercamiento de su Führer a la gran industria, fue considerado dos años más tarde participante en el golpe de Estado de Röhm y liquidado por su propia gente; su hermano Otto escapó al extranjero. Por consiguiente, Gustloff tuvo que buscarse un nuevo modelo.

Cuando, con motivo de una interpelación en el Pequeño Consejo del cantón de Graubünden, un funcionario de la policía de extranjeros quiso saber cómo entendía él, en plena Confederación Helvética, su puesto de jefe de agrupaciones regionales del NSDAP (Partido Nacionalsocialista Alemán del Trabajo) en el extranjero, respondió al parecer:

—Las personas que más quiero en el mundo son mi mujer y mi madre. Si mi Führer me ordenara matarlas, lo obedecería.

En Internet se discutía la veracidad de esa cita. En la tertulia ofrecida por los Camaradas de Schwerin se decía que esa y otras mentiras se las inventó el judío Emil Ludwig en la basura que escribió. Era más bien la influencia de Gregor Strasser la que perduraba en el «mártir». Gustloff había subrayado siempre, más que lo nacionalista, lo socialista de su visión del mundo. Pronto arreciaron las luchas partidistas entre los chateadores. Una noche virtual de

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