La hija del khan

Marga Bas
Marga Bas

Fragmento

Capítulo 1

1

Aigie sintió que volvía el dolor y respiró hondo para soportarlo.

Curvó la espalda ante la contracción. Su piel ámbar, empapada ahora en sudor por el esfuerzo, contrastaba con las sábanas sobre las que yacía. Volvió la pausa. En la penumbra de la alcoba buscó con la mirada a Yunna. Ella se la devolvió imprimiendo en sus ojos negros toda la fuerza que necesitaba. Su silueta menuda, en la que destacaba una larga trenza oscura, permanecía semioculta detrás de una mujer de aspecto severo e imponente figura que se dirigió a Aigie con tono imperativo.

—¡Empuje con fuerza!

Aigie pensó en replicarle cuando de nuevo llegó el dolor, esta vez más intenso y prolongado. Un grito agudo le salió de la garganta acompañado de unas palabras, incomprensibles para la comadrona, que arrancaron una sonrisa a Yunna.

—¡Otra vez, ya asoma la cabeza! —ordenó la matrona, inclinándose sobre ella a la par que hacía un gesto en forma de cruz, casi imperceptible, sobre los labios.

Reunió las escasas fuerzas que le quedaban e hizo lo que le decía. De pronto sintió una liberación y, segundos después, un potente llanto rasgó el silencio que había inundado la estancia.

—Es un varón. Sano y fuerte —anunció la mujer con cierta altivez.

Tras cortar el cordón y limpiarlo con un paño húmedo, lo colocó junto a su madre en el jergón. Aigie lo contempló admirada y algo se removió en su interior, un sentimiento nuevo, maravilloso y aterrador al mismo tiempo. Un deseo de proteger a esa criatura de cualquier mal que estuviera por llegar y la certeza de la imposibilidad de llevar a cabo semejante propósito. Durante nueve meses habían sido uno, compartiendo deseos, alegrías y tristezas; a partir de ahora ya serían dos, cada uno con su propio camino por recorrer. Acarició la manita con el índice y el niño respondió aferrando el dedo entre los suyos. Sintió el corazón lleno de alegría. Era su hijo. Sangre de su sangre. Y la invadió una sensación de paz inmensa.

Pero la felicidad del momento se nubló al recordar lo que les deparaba el futuro.

—Descanse, señora. Ha sido un día muy largo. Mañana pasaré a ver cómo se encuentran usted y el bebé. Comunicaré al señor la buena nueva —le dijo la comadrona.

Aigie asintió. Estaba agotada por el esfuerzo.

Yunna acompañó a la mujer hasta la puerta e intercambiaron algunas palabras. Luego se volvió hacia Aigie para felicitarla y contemplar al recién nacido. Era perfecto. Al comprobar que su amiga tenía los ojos cerrados y respiraba profundamente, lo tomó en sus brazos para depositarlo en la cuna con suavidad. Acto seguido, regresó junto a Aigie y la observó con una mezcla de emoción y tristeza. Le apartó el pelo húmedo del rostro, la besó con dulzura en la frente, arregló las sábanas de la cama, apagó la lámpara y se retiró a su cuarto, dejando la puerta entreabierta para oír el llanto del bebé o las peticiones de la madre en caso de que la necesitara.

A medianoche, Aigie despertó sobresaltada. Por un instante creyó estar muy lejos de allí y la invadió de nuevo la pena y el sufrimiento. Después recordó el cuerpecillo de su hijo durmiendo junto a ella y no percibió su calor. No estaba. Se incorporó de inmediato y se calmó al instante al ver que descansaba plácidamente en la cuna, junto a su cama. Con un esfuerzo que le arrancó un quejido, estiró el cuerpo y alzó al bebé para colocarlo sobre su pecho. Entonces, admirándolo con inmenso orgullo, comenzó a susurrarle unas palabras:

—Querido hijo mío, voy a contarte una historia. Sé que ahora no puedes entenderme, pero también sé que en algún rincón de tu mente la guardarás hasta que llegue el momento de volver a escucharla y entonces la comprenderás. No te preocupes, te la repetiré cuantas veces haga falta. Es la historia de una joven que partió de Oriente siendo princesa y se convirtió en esclava. Que sufrió traiciones y pérdidas irreparables. Que cruzó medio mundo en condiciones extremas hasta llegar aquí. Y que también conoció el amor para perderlo después.

»Ellos te pondrán un nombre por el que te conocerán, igual que lo harán conmigo cuando me bauticen, aunque tú y yo sabemos que una mente no puede apresarse en nombres ni religiones impuestas. Tu verdadero nombre es Qasim Ulugh, en honor a tu abuelo, el gran Ulugh Beg Tīmūr, célebre astrónomo y matemático y khan de Samarcanda, de la dinastía de los timúridas, la misma que la de Tamerlán el Grande y que la del temible Gengis Khan, y a la cual ahora perteneces por derecho y nacimiento.

»La última vez que vi a mi padre fue hace cuatro años, a mis dieciséis. ¡Cuántas cosas han sucedido desde entonces! Aún tengo grabada su imagen, henchida de orgullo, mientras intentaba evitar que notase el inmenso dolor que le producía mi marcha. Cuánto he sentido no haber tenido ocasión de explicarle la verdad. Murió sin saberla. —Acarició a su hijo que, con los ojos abiertos, la miraba como si la comprendiera—. Ay, mi pequeño Ulugh, cómo añoro mi ciudad, oasis mágico de cúpulas azules. Daría lo que fuera por oler de nuevo la fragancia de aquellos maravillosos jardines de Samarcanda repletos de jazmines y violetas. Por volver a contemplar sus plazas, palacios y madrasas, entrar de nuevo en la universidad, subir al observatorio, estudiar las estrellas y dejarme envolver por el firmamento.

»Hijo mío, no dudes nunca que te he querido desde el mismo momento en que supe que crecías dentro de mí, formándote para llegar a este mundo imperfecto pero lleno de belleza. Ellos han decidido que has de ser educado a su manera, bajo la tutela de tu abuelo paterno. Pero no sufras: no me alejaré de ti. Estaré a tu lado para transmitirte toda la sabiduría que albergo en mí, igual que mi padre hizo conmigo. Este será mi legado.

»Mi pequeño Ulugh, sé que serás alguien muy especial. Lo he visto en las estrellas, y ellas nunca mienten. Cuidarán de ti, me lo han prometido. Es una familia importante, y nada te faltará. Te darán la vida que conmigo no tendrás.

»¡Si pudieras entender algún día el esfuerzo que supone esta renuncia, el profundo dolor que me causa…! Ten la certeza de que, aunque no puedas verme, siempre estaré cerca, protegiéndote.

»Me da igual con qué nombre te bauticen, para mí siempre serás Qasim Ulugh, príncipe de Samarcanda, un timúrida. Haz honor a tu sangre.

Dicho esto, se acurrucó junto a él apoyando una mano sobre su cuerpecito para sentir su presencia. Cerró los ojos de nuevo y, al hacerlo, volvió a alzarse ante las siluetas recortadas de las cúpulas azules de su amada ciudad.

Capítulo 2

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