Isabel, la conquista del poder

Martín Maurel

Fragmento

1
Obediencia

¿Es la hombría cualidad que mida el valor de un rey? ¿Es don que fije el recuerdo de un soberano? Evocan los cronistas la humanidad de Martín, la crueldad de Pedro, la sabiduría de Alfonso, pero aquellos que dejan testimonio escrito del presente no pierden ocasión de aludir a la controvertida impotencia del difunto Enrique. Al contrario, proclives a la glosa sesgada, los cronistas del momento suman a esta privación lacras bien reales: la fragilidad de su carácter o su pobre disposición para el mando, como si de lo uno se siguiera lo otro.

No, en este mes de diciembre de 1474, con antecedentes tan próximos, la hombría no es cualidad desdeñable para quien sabe que su esposa se ha proclamado reina en su ausencia. Para quien acaba de conocer en su lejano palacio aragonés que, no contenta con eso, la ahora soberana de Castilla se ha atribuido en público el derecho a impartir justicia. Y salvo la práctica guerrera, no hay derecho más masculino.

En efecto, la bien amada esposa de Fernando ha herido su orgullo. Anticipando la reacción del heredero aragonés ante la peculiar y apresurada proclamación de Isabel, algunos no han tardado en escribirle. El propio Gutierre de Cárdenas, que enarboló en Segovia la espada como símbolo de justicia, ha procurado apaciguar al consorte con su misiva. También Alfonso Carrillo de Acuña, arzobispo de Toledo, ha enviado una carta, la misma que ahora aferra la mano de Fernando mientras brama ante su atribulado padre:

—¡Voy a proclamarme rey de Castilla, lo quiera esa mujer mía o no!

Tiene motivos Fernando para estar irritado. El arzobispo Carrillo no ha sido parco al exponerlos, pues comparte con Isabel una memoria donde prima el recuerdo de afrentas pasadas. Y tampoco es Carrillo hombre que evite la pesca en río revuelto.

Sí, gracias a rumores, sospechas, misivas e intenciones varias, Fernando, rey de Sicilia y príncipe de Gerona, hoy no sabe cuál será su papel en Castilla.

—¡No os dejaré marchar a Segovia sin escucharme!

La voz del rey Juan retumba en el salón del trono de Aragón y rechinan las mandíbulas de su hijo Fernando. No se distingue si amonesta el rey y aconseja el padre, o viceversa, pues no es solo la política lo que preocupa a Juan de Aragón.

—Lo que ha hecho Isabel es intolerable. Estoy de vuestra parte. Pero dominaos, la ira pierde a los hombres y vos tenéis más que perder que ningún otro.

El príncipe hace por calmarse. Su padre tiende la mano y reclama la carta del arzobispo. Fernando se la entrega y bufa como un animal embravecido, como si con ello quisiera subrayar los humillantes pormenores que el rey lee para sí. Finalmente, el anciano dobla el documento y suspira. No esperaba menos de Carrillo, a quien conoce bien.

—Cierto que en esta carta se dan muchos detalles..., y bañados en veneno. Pero el arzobispo parece haber olvidado lo esencial: que vuestra unión es una victoria para ambos reinos.

Ahora el rey de Aragón alecciona al joven y fogoso príncipe de Gerona.

—Nosotros necesitamos a Castilla para protegernos de Francia, y ella a nosotros para hacer frente a los partidarios de Juana.

—Si tanto me necesita —replica Fernando—, ¿por qué actúa como si se bastase sola para gobernar? ¡Ya lo habéis leído! En Castilla se me trata de «legítimo marido», no de rey. ¿Eso a qué me da derecho? ¡A entrar en su cama y poco más!

No se arredra el rey ante Fernando, mucho menos ante la inquina que se ha alojado en su pecho, nublándole el juicio.

—Os recuerdo que en Cervera, antes de casaros, accedisteis a que ella fuese soberana en su reino.

—¡Pero no a que me faltara al respeto ignorándome al subir al trono y usurpando mi condición!

Viendo el monarca que su mediación es inútil, cede la palabra al padre.

—Fernando, a vuestra esposa le sobra carácter y tendréis que luchar para defender lo vuestro. Pero es digna de vos y os ha dado una hija. No arriesguéis todo lo que habéis construido juntos. Estoy seguro de que sabrá transigir.

—No lo hará sin verme antes hincado ante ella, como si fuese su vasallo.

La rabia sorda de Fernando también es terca, como su esposa. El rey Juan coge al hijo por los hombros y hasta el más inepto leería en su mirada cuán sincera es su inquietud.

—¡Os prometo que reclamaremos lo que os corresponda! Una reparación, si así lo deseáis. Pero que lo haga un emisario y no vos. No podéis presentaros en la corte de ese ánimo.

—No, padre, eso es lo que quiere: evitar encararse conmigo. Pero va a tener que hacerlo. Y le diré bien alto que no habrá reina sin rey.

Siente el padre en sus avejentadas manos que su sermón se hace añicos contra el empecinamiento del vástago airado, tal es la rigidez del príncipe, que instantes después abandona la estancia. Partirá Fernando al alba, hacia una batalla en la que hasta el momento los gestos y las palabras laceran su entendimiento como una espada mal afilada. Y el rey Juan pactaría con el diablo antes que consentir un desastre, ¿o acaso no lo haría un buen padre?

Cielo raso y un sol espléndido que no alcanza a derretir la nieve en los campos de Castilla y León. Tal es el paisaje de estos reinos desasosegados, donde las promesas aguardan el amparo de una primavera incierta. Donde el eco aún esparce las palabras de Isabel como mies en tierra perpleja.

—Castellanos: sabed que vuestro rey y hermano mío, Enrique, murió en la ciudad de Madrid hace días, y que yo he sido jurada ya en Segovia como su heredera universal y legítima. Con la presente os ordeno: alzad pendones por mí, y reconocedme así como vuestra reina y señora natural. Regidores y señores, venid desde todos los rincones de mi reino a Segovia y juradme obediencia como vuestra única soberana.

Y allí donde los pendones obedientes ondean al viento se escucha un grito unánime:

—¡Castilla, Castilla, Castilla! ¡Por la muy alta y muy poderosa princesa reina y señora nuestra, señora la reina doña Isabel, y por el muy alto y muy poderoso príncipe, rey y señor nuestro, señor el rey don Fernando, como su legítimo marido!

Pero este aún se encuentra lejos para que el clamor llegue a sus oídos.

En el propio alcázar de Segovia, desde el trono y con la corona sobre su cabeza, Isabel preside solemne los actos de jura de obediencia. El conde de Treviño, el obispo de Segovia... Uno tras otro, los leales prestan juramento con la rodilla hincada en el suelo y una mano sobre la Biblia que sostiene el cardenal Mendoza.

Isabel asiente con la mirada fija en cada uno de los juramentados, satisfecha y agradecida, sin poder disimular del todo su emoción. Y los leales aprecian que quien ha decidido ejercer autoridad sobre ellos no carezca de corazón. Cumplido el trance, se hacen a un lado y desde allí siguen el transcurso de la ceremonia.

La paradoja habita en el alma del hombre y se acomoda en la del hipócrita. Por eso son los leales de nuevo cuño quienes menos reprimen el aspaviento cuando ven a Beltrán de la Cueva arrodillarse ante el cardenal. Beltrán de la Cueva, antiguo valido del rey Enrique, y, por consiguiente, adversario de Isabel. Peor aún: Beltrán de la Cueva, colaborador necesario en la procreación de Juana

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