Los hijos de Nobodaddy

Arno Schmidt

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Tríptico de época con apocalipsis

Cuando en Dresde el destituido catedrático de literatura francesa Victor Klemperer iba anotando escrupulosamente en su diario secreto las ignominias cotidianas de la Alemania de Hitler, a unos cuatrocientos kilómetros al noroeste, en un rincón provinciano de Baja Sajonia, su compatriota y casi coetáneo, el pequeño funcionario de la administracion local Heinrich Düring, reflejaba asimismo con todo lujo de detalles la miseria moral y el envilecimiento de la sociedad que le rodeaba, hipnotizada e idiotizada por la propaganda nazi.

Publicada cuarenta y dos años antes que los Diarios de Klemperer, Momentos de la vida de un fauno (1953) es también, además de una ficción extraordinaria que trasciende su época, un implacable testimonio de la banalidad del mal, como la llamaría Hannah Arendt, en Alemania durante el nazismo. Su protagonista y narrador, el antihéroe Düring, no era filólogo como Klemperer, pero nos dejó a su manera otro muestrario de la fraseología (disfraz de la ideología) de la lengua del Tercer Reich.

Düring recurre a la lectura de los degenerados expresionistas y de escritores satíricos e ilustrados alemanes del siglo XVIII semiolvidados, en especial Christoph Martin Wieland, como revulsivo contra la parálisis general progresiva del idioma alemán, invadido de soflamas, himnos, eslóganes, palabras «fritzgoebbelsizadas» —así las llama— que se propagan por todos los ámbitos, desde su propio hogar a la oficina y el vecindario.

Y lo que dice de Wieland es aplicable con creces al autor mucho más moderno de su novela: entre los alemanes ninguno como Arno Schmidt (1914-1979) ha meditado tan profundamente sobre las formas de la prosa (léanse los ensayos Cálculos I, II, y III, en los que además explica en detalle cómo escribió algunos libros suyos), ninguno ha realizado con ella tan osadas experiencias (véanse las elefantiásicas fantasías de los facsímiles mecanografiados de formato atlas con abundantes tachaduras, croquis, mapas e ilustraciones) y ninguno ha ofrecido modelos más brillantes, desde la intensa novela corta de amor Paisaje lacustre con Pocahontas a la extensa novela de dos niveles Villorrio, también Mare Crisium, con su doble juego narrativo realista y fantástico, en un lugar de la landa de Lüneburg y en una mancha lunar o mar de las crisis de los sobrevivientes de la guerra atómica convertidos en selenitas.

Estas dos últimas, Seelandschaft mit Pocahontas (1955) y Kaff auch Mare Crisium (1960), son, con el Fauno, mis obras predilectas de Schmidt. Por desgracia aún no han sido traducidas a nuestro idioma. Ese idilio a orillas del lago Dümmer (celebré a su heroína en mi novela Amores que atan) debería estar ya al alcance del curioso lector en lengua española. A lo mejor sirve de reclamo indicar que esa novelita le acarreó a Schmidt, cuando se publicó por vez primera en una revista literaria, ser procesado en su país por pornografía. Kaff (que significa tanto aldea como granzas) es harina de otro costal. Presenta innumerables retos al traductor, en primer lugar de transcripción fonética y adaptación del alemán dialectal. Recuerdo que estaba programada a finales de los setenta en la colección Espiral, que dirigía para la madrileña Editorial Fundamentos, pero no encontré traductor. Tuve más suerte mucho después en Francia y logré convencer al gran traductor francés de Schmidt, Claude Riehl, para que se embarcase en la extraordinaria aventura, verdaderamente lunática, de traducirla. Fue su canto de cisne y de gesta (y también del Mío Cid y de los Nibelungos, parodiados en esa utopía de los rusos y los americanos en la luna), pues su admirable versión apareció en 2005, un año antes de su muerte.

Hay novelistas que se traducen casi tan fácilmente como se leen, son de comercio agradable, como dicen los franceses, a diferencia de otros menos asequibles que requieren tacto y un trato prolongado para llegar a conocerlos en sus diferentes estratos y estratagemas narrativas. El enorme y fuera de norma Arno Schmidt es de estos últimos. Sin duda ponía el dedo en la propia llaga al indicar que los grandes creadores del lenguaje suelen ser ignorados fuera de su literatura nacional. Schmidt el gran traductor —con frecuencia a destajo: su industria alimenticia durante muchos años— no tuvo en cuenta y no llegó a prever que estos magnos creadores supuestamente intraducibles suelen magnetizar a los traductores más creativos y abnegados. Y su obra traducida poco a poco, a doce idiomas, ofrece magníficos ejemplos, como el que acabo de citar de la traducción francesa de Kaff.

El «cantero de la palabra y arquitecto de la prosa», como se definió a sí mismo, o Schmidt «il miglior fabbro», el mejor fundidor y refundidor también, para decirlo con toda propiedad, tenía que atraer por fuerza a los mejores forjadores de la traducción literaria. A propósito, Schmidt hubiera podido llamarse orfebre en alemán, pues su padre era hijo natural de un pulidor de vidrio silesio apellidado Goldschmidt del que sólo llevó el nombre de pila, Otto, como segundo nombre. Al igual que Arno Otto Schmidt.

En el Fauno, que esconde muchas referencias autobiográficas, como casi todos los libros de Schmidt, el protagonista de la novela, alter ego del autor, corta de raíz las investigaciones genealógicas de su hijo adolescente, afiliado a las Juventudes Hitlerianas, al indicarle que su padre era hijo natural. Y que todos los miembros de la familia fueron trabajadores humildes pero honrados. Como los de la de Schmidt, silesios por ambas ramas, que eran tejedores, curtidores y sopladores de vidrio.

El padre del futuro autor de Los hijos de Nobodaddy, Friedrich Otto Schmidt (1883-1928), también trabajó el vidrio, se enroló luego como soldado y, desde 1912, fue guardia del orden público en Hamburgo. En 1910, cuando estaba de guarnición en Lauban, Silesia, dejó encinta a una chica de la localidad, Clara Ehrentraut, que aún no había cumplido dieciséis años. Estuvo a punto de seguir los pasos de su padre natural porque intentó dejarla plantada y no se casó con ella hasta que la hija, Luzie, tuvo un año. Con su hermana, tres años mayor que él, aprenderá a leer a los tres años Arno Schmidt. Empezaba precozmente su carrera de autodidacta. Enseguida aprendió a refugiarse en los libros. Seguía el ejemplo de su madre, lectora voraz de novelas baratas, que le ofrecían una vida mejor que la que sobrellevaba con un marido mujeriego y mandón que sólo traía a casa un tercio del sueldo. El pequeño Arno, tímido y muy miope, se defendía además con las visiones y evasiones de su imaginación. Los años de niñez y de estrecheces con los padres y la hermana en un barrio obrero del este de Hamburgo, Hamm, con zonas aún no urbanizadas a causa de la Gran Guerra y los años de inflación subsiguientes, dejaron su huella en diversas ficciones, desde las primeras hasta la última y magna Abend mit Goldrand (Tarde con orla dorada), publicada cuatro años ante

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