Aquellas horas que nos robaron

Fragmento

Aquellas horas que nos robaron

Tez de bronce y ojos de chocolate

Villa de Chiautla, Puebla, 20 de julio de 1892

Aquel miércoles —tan caluroso como son en Chiautla todos los días de julio— mi abuela María de la Paz Saldívar de Bosques, recostada en su cama de latón rodeada de azucenas y aferrada a las blancas sábanas, pujaba con ahínco los dolores del parto. Entre cada contracción aspiraba fuerte el intenso perfume de las flores recién cortadas, como si quisiera que ese aroma llegara también a los pulmones del que estaba por nacer. La gruesa trenza anudada en la nuca le formaba una corona que aumentaba la dignidad de su rostro. Había algo que brotaba de su interior y se transformaba en el tono sosegado de su voz, siempre humilde, prudente y atinado al brindar consejos.

Ella decía que ese embarazo no había sido como los anteriores, porque su vientre había crecido mucho más y las agruras que sufrió, según le explicaron, eran consecuencia de que la creatura de seguro vendría con mucho pelo. Seguramente será un varón, se ilusionaba ella, y eso rogaba a toda la corte celestial. Lo deseaba con todo el corazón. Y no podía ser de otra manera, porque largo era el aguerrido linaje de los Bosques del estado de Guerrero y, sin faltar a la tradición, había que dar al mundo hombres que portaran el apellido. Como su suegro, el comandante Antonio Bosques, que había peleado honorablemente en la guerra de tres años contra la Intervención francesa y el Imperio de Maximiliano, hasta aquel otro de sus antepasados, el muy respetado Franco Bosques que había luchado al lado del cura Hidalgo a principios de siglo.

Esperaba, pujaba, confiaba y volvía a rogar que fuera un niño.

Aunque con todo y que en los embarazos anteriores tuvo las mismas emociones no por eso se desanimaba: la ilusión de saberse encinta, la espera que en los últimos meses se hacía eterna, las contracciones, el agua caliente, el corredero de gente, los pujidos y, finalmente, una niña, luego otra, y después una más. Y no es que no amara a sus hijas: las amaba con todo el corazón y se alegraba cada día con sus retozos e inquietudes infantiles, pero no perdía la esperanza de que algún día llegaría a tener en brazos a su niño.

Se lo imaginaba con vívida ilusión, ora recostado en su pecho, ora mientras corría por entre los pasillos de esa casa, heredada de sus padres junto con los recuerdos de varias generaciones y en la que ahora vivía con su marido Cornelio Bosques Pardo y sus tres hijas que, como todas las mujeres de la familia, esperaban ansiosas afuera del cuarto el anuncio que las dejaría conocer a quien tanta penuria había hecho pasar a su madre desde la concepción.

Para mitigar la espera, su esposo Cornelio se paseó a lo largo del pasillo —si se podía llamar así a esa terraza cubierta con viejos tablones de madera— que comunicaba las habitaciones con el patio; a la par que las niñas se sentaron en el suelo a jugar a la matatena, y elevaban por el aire la pelotita de caucho que subía y bajaba, mientras recogían unas pequeñas piezas de metal en forma de estrellas. Como todos los niños, a los pocos minutos se cansaron y entonces decidieron salir al patio a jugar a la bebeleche con su bolita de papel mojado. Cuando de nuevo se cansaron, tomaron una piedrita y, de regreso junto a la puerta de la recámara de su madre, decidieron jugar al acitrón.

Cornelio estaba más inquieto que en los nacimientos anteriores porque le preocupaba que la edad de su mujer trajera complicaciones: no es lo mismo dar a luz a los dieciocho que a los veintinueve, pensaba. Porque sucedía con mucha frecuencia —quizá más de lo que debiera ser— que las madres se morían de fiebres que las aquejaban días después de parir. Pero sabía que María de la Paz era una mujer fuerte; era de las Saldívar de esa región, y eso no era decir poca cosa. Eran aguantadoras si se trataba de lidiar con las enfermedades. Habían resistido, sin contagio, a las fiebres eruptivas del matlazáhuatl y a las epidemias de cólera que a tantas otras almas se llevaron al cielo.

Y tal como corresponde a una buena matrona, y conforme a la usanza de las mujeres de su apellido, no pasaron dos horas cuando sobre las letras de “acitrón de un fandango, zango, zango, sabaré, sabaré de farandela, con su triqui, triqui, tran”, se oyó el llanto que anunció la buena noticia y que hizo bailar a las tres hermanas que, con fuerte voz, exclamaban: “¡Ya nació, ya nació!”.

Exhausta por el esfuerzo, María de la Paz recibió al bebé en sus brazos: era un niño con tez de bronce y mirada de chocolate, tersa y dulce. Tal como bien anunciaron las mujeres del pueblo que habían tenido experiencias con sus propios chamacos, la cabecita del recién nacido estaba cubierta de tupidos rizos oscuros, motivo cierto de esa fuerte acidez estomacal que la acompañó durante todo el embarazo.

Y así como sucede a cada mujer después de dar a luz, la alegría de tener al recién nacido entre los brazos la hizo olvidar el anterior cansancio del esfuerzo y el agudo dolor de las contracciones. Con delicadeza, se aseguró de que tuviera los diez dedos de las manos —ni de más, ni de menos— y después verificó lo mismo en los de los pies de su pequeño. Con su niño, había dicho, llegaba la tranquilidad a su vida. O al menos eso creyó en aquel momento en que el futuro se reservaba para sí sus misterios y dejaba paso solamente a la ilusión.

—Gracias —musitó en voz baja.

La nana Aurelia, tan antigua y gastada como los muros de la casa, se lo quitó de los brazos para lavarlo en una palangana que se había instalado para el recién nacido. Con mucho cuidado, lo vistió con el pañal sin serenar para que no se rozara, porque si se olvidaban en el tendedero después de las tres de la tarde en que comenzaba el sereno, de nada servía el hervido en jabón, el secado al sol y su posterior planchado para dejarlo suave. Al final, lo envolvió en un lienzo de blanco percal para entregarlo, limpiecito, al pecho de su madre.

Apenas levantó la nana Aurelia al bebé, cuando un trozo de viga crujió, crepitó más fuerte y cayó del techo justo en el lugar donde estaba el chiquillo hacía un momento. Con un gran estruendo y una nube de polvo de aserrín, cal y adobe, dejó el metal de la palangana abollado y el agua regada por todo el piso.

No se hizo esperar el alboroto de voces apuradas para ver cómo estaba el niño y constatar que no tuviera ni un rasguño. El pequeño, por su parte, no se había inmutado por ese atentado contra su vida. Sin que nadie lo notara y, sólo por un brevísimo instante, se oscureció su mirada, aunque tal vez fue la sombra del trozo de madera o quizá algo más.

Cornelio se acercó al lecho, sin importarle el griterío ni el desorden, ni el agua regada en el piso. Quería ver el rostro de su hijo. Quería ver también el de su mujer.

—Un niño, Maripaz, un niño —repetía, mientras ella sonreía, satisfecha— ¿Cómo lo llamaremos?

No sería como Cornelio. Ese nombre perteneció por tiempo breve a su hermano mayor, antes de que la epidemia de influenza se lo llevara.

Tal vez porque la fecha en que nació coincidía con esa de muchos años atrás cuando

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