Morir de pie

Pedro J. Fernández

Fragmento

Morir de pie

CE 1919

I

Decía mi mamá que el mundo está lleno de umbrales, aunque no siempre podamos verlos; en los espejos, en las nubes, en los templos y hasta en el propio cuerpo.

Al cruzar el primero del mundo, dejas de estar en el más allá y de trancazo existes, conoces el frío. La luz te ciega y te arrancan del seno materno para que conozcas la vida. Por eso la primera reacción de todo hombre al nacer es el llanto.

A mí me pasó en Anenecuilco, según dicen, un 8 de agosto de 1879.

No hubo signos maravillosos que predijeran mi llegada a este mundo, ni viejas matronas que soñaran con mi nacimiento; tampoco apareció en oráculos ni en escritos proféticos. Como el noveno hijo de la familia, mis padres, Gabriel Zapata y Cleofas Salazar, esperaban que mi parto fuera igual a los otros. Imagino que en cuanto empezaron los dolores mis hermanos encendieron velas al Señor de Anenecuilco y fueron a buscar a las parteras; mientras mi madre se ponía de cuclillas para pujar, como era costumbre en el pueblo.

Así, en medio del dolor, traspasé el umbral.

Después de horas de intensa agonía y tras el sano alumbramiento los rezos que habían llenado el silencio se convirtieron en cantos a la vida y a la Virgen, y se abrieron muchas botellas de aguardiente para celebrar mi nacimiento.

Ellos no sabían que mi destino estaba sellado desde aquel día, pues mi alma venía hecha de tierra y agua, pero, sobre todo, de pólvora que encontraría el fuego necesario para hacer arder a México.

También crucé un umbral cuando fui bautizado en la iglesia del pueblo, y años después, para tomar el cuerpo y la sangre de Cristo por primera vez, aunque los misticismos mejor se los dejo a las viudas supersticiosas y, sobre todo, a los curitas caprichosos que bastante han ayudado a que el jodido no se levante del polvo.

Bienaventurado el paraíso de los ignorantes, porque son esclavos de la tiranía… No, mi religión es otra. Como siempre he dicho: si no hay justicia para el pueblo que no haya paz para el gobierno.

Fueron ellos, los del gobierno, los que empezaron este borlote... Yo, quien decidió que era tiempo de mandar todo al carajo.

II

Hace unos días, en abril de 1919, crucé otro umbral para entrevistarme con Jesús Guajardo. Esta vez en una casa, o mejor dicho, un cuarto de Tenancingo, en el Estado de México. Las paredes estaban desnudas como el hueso blanqueado, con cuarteaduras desde el techo hasta el piso, como arañas negras impregnadas en el yeso. Recuerdo una luz gris que entraba por la ventana.

Guajardo me vio y se levantó de la silla. Se veía como un catrín pazguato, muy delgado y de ojos como el color de la ceniza de un cigarro a medio apagar. Le temblaba tanto el labio inferior que le era imposible esconder su nerviosismo.

Tenía, a lo mucho, treinta años el escuincle.

—Mi general Zapata, recibí la nota que me hizo llegar. Vengo a ponerme a sus órdenes —exclamó como un autómata que ha ensayado muy bien sus líneas.

Lo mire de arriba a abajo; le quedaba grande el uniforme y llevaba las botas llenas de lodo. Eso sí, se había puesto harta cera en el bigote para que le quedara a la usanza de la capital.

Chupé el puro que llevaba en la boca y solté, con desprecio, una bocanada de humo.

—Y usté, ¿qué dijo? Este tarugo ya cayó, ¿no? —respondí—. Si a leguas se ve que sigue obedeciendo las órdenes del general Pablo González. Mire nomás, todavía trae el uniforme de los federales; y la meritita verdá, pos sí me interesa que se una a mis filas, pero pos no me fío de usté… Trae las manos muy manchadas de sangre.

—Mi general, si usted mandó esa nota a la cantina donde yo estaba, sabe bien que no estoy contento con las decisiones militares que ha tomado el general González y cuantimenos que el viejo barbas de chivo del presidente Carranza. Mis hombres y yo estamos con usted y su lucha agraria. Estamos cansados de tanta matazón y creemos que juntos podemos llegar a la victoria.

Un discurso conmovedor, sin duda, pero ridículo. Parecía hecho para darme la razón, y, además, nunca he confiado en los hombres que tropiezan las palabras. De adulados está lleno el camposanto.

—Mire, mejor regrésese a Morelos y no vuelva a aparecerse por aquí, porque en una de esas no me agarra tan de buenas y le mando meter una bala por… donde más le duela. Tiene la boca muy grande, y la... reputación muy chiquita, señor Guajardo. Usté todavía juega a la guerra, cuando le tiene miedo a la vida.

Me encaminé a la entrada, con la intención de terminar de fumarme mi puro lejos de ahí. Cuando escuché la voz desesperada de Guajardo.

—¡No se vaya! Que si me devuelvo para el campamento y el general González se entera que estuve aquí con usted, me manda fusilar por traidor.

Me volví para verlo. Los dedos de sus manos no se podían estar quietos; respiraba muy rápido y tenía los ojos húmedos, aunque no lloraba. Sólo mostraba su cobardía.

—¡Tengo armas! —continuó—, muchísimas armas para que reinicie la lucha… parque también… y hombres que quieren luchar. Puede volver a armar a su ejército y recuperar Cuernavaca... Comenzar otra vez el reparto de tierras. Por lo que más quiera, escúcheme. Usted sí es hombre, no como los federales a los que he servido. Conoce los crímenes de los González, no se los tengo que repetir.

Me llevé el puro a la boca.

—Habla… —exclamé, en medio de una nube de humo.

—Ese maldito de Carranza… le tiene miedo a usted, porque la gente lo sigue y lo escucha. Porque no se ha vendido a su gobierno, ni a los gringos, ni a los alemanes, ni a los rusos. Su lucha, don Emiliano, no tiene precio… Yo quiero ser parte de ella. ¡Hasta la victoria con mi general Zapata!

—¡O hasta su chingada madre, Guajardo! —lo interrumpí—. Mire, los halagos se los deja a los muertos que no hicieron un carajo en vida, porque entre los vivos nos hablamos claro… Así, derechito se lo digo y escúcheme bien: no confío en usté, pero me interesan las armas; así que le voy a pedir una cosa para probar su lealtad y no se la voy a repetir.

—¡A sus órdenes!

—A ver, pele bien la oreja: si quiere ser parte del Ejército Libertador del Sur, va y me chinga a Victorino Bárcenas. Luego me lo arresta a él y a todos sus hombres. No me ha dejado en paz en los últimos meses y necesito quitármelo de encima para seguir la lucha.

Vi a Guajardo tragar saliva.

—¿A… Bárcenas? Pero es un militar muy capaz… muy bueno en el campo de batalla, sus hombres lo respetan. Además, siempre está cerca del general González… No creo que se pueda.

—¿Está usté tan tarugo que tiene que repetir las órdenes que le estoy dando? Va, se chinga a Bárcenas y luego vuelve. A ver si tiene los tamaños necesarios para luchar a mi lado.

Torpe, asintió en silencio; aunque tenía la cara descompuesta. Lo dejé ahí, carraspeando como un animal moribundo, y salí de aquel cuarto. Por un rato anduve sorteando las piedras

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