El aserradero lúgubre (Una serie de catastróficas desdichas 4)

Lemony Snicket

Fragmento

cap-1

UNO

En algún momento de vuestras vidas —de hecho, muy pronto— os encontraréis leyendo un libro y os daréis cuenta de que la primera frase del libro a menudo puede deciros qué clase de historia contiene. Por ejemplo, un libro que empezase con la frase: «Érase una vez una familia de astutas ardillitas que vivían en un árbol hueco» probablemente contendría una historia repleta de animales que hablan y hacen muchas travesuras. Un libro que empezase con la frase: «Emily se sentó y miró el montón de pasteles de arándanos que su madre le había preparado, pero estaba demasiado nerviosa por el Campamento del Monte como para probar bocado» probablemente contendría una historia llena de niñas de risa fácil que se lo pasan en grande. Y un libro que empezase con la frase: «Gary olió la piel de su nuevo guante de béisbol y esperó impaciente que Larry, su mejor amigo, apareciese por la esquina» probablemente contendría una historia llena de niños sudorosos que ganan alguna clase de trofeo. Y si os gustasen las travesuras, pasarlo en grande o los trofeos, sabríais qué libro leer y podríais tirar los otros.

Pero este libro empieza con la frase: «Los huérfanos Baudelaire miraron a través de la mugrienta ventanilla del tren y contemplaron la tenebrosa oscuridad del bosque Finito, mientras se preguntaban si algún día sus vidas irían un poco mejor», y vosotros deberíais ser capaces de adivinar que la historia que viene a continuación es muy diferente de las historias de Gary, Emily o la familia de astutas ardillitas. Y por la sencilla razón de que las vidas de Violet, Klaus y Sunny Baudelaire son muy diferentes de las de la mayoría de la gente, y la mayor diferencia es la cantidad de infelicidad, horror y desesperación que contienen. Los tres niños no tienen tiempo para hacer travesuras, porque la desdicha les sigue allí donde van. No lo han pasado en grande desde que sus padres murieron en un terrible incendio. Y el único trofeo que ganarían sería del estilo Primer Premio a la Desgracia. Es atrozmente injusto, claro, que los Baudelaire tengan tantos problemas, pero así se desarrolla la historia. Así pues, ahora que os he dicho que la primera frase va a ser: «Los huérfanos Baudelaire miraron a través de la mugrienta ventanilla del tren y contemplaron la tenebrosa oscuridad del bosque Finito, mientras se preguntaban si algún día sus vidas irían un poco mejor», si queréis evitaros una historia desagradable será mejor que dejéis este libro.

Los huérfanos Baudelaire miraron a través de la mugrienta ventanilla del tren y contemplaron la tenebrosa oscuridad del bosque Finito, mientras se preguntaban si algún día sus vidas irían un poco mejor. Acababan de anunciar por un altavoz que en pocos minutos llegarían al pueblo de Miserville, donde vivía su nuevo tutor, y no pudieron evitar preguntarse quién en el mundo querría vivir en un lugar tan oscuro y misterioso. Violet, que tenía catorce años y era la mayor de los Baudelaire, observaba los árboles del bosque, que eran muy altos y casi no tenían ramas, de manera que parecían más tubos metálicos que árboles. Violet era inventora y siempre estaba diseñando máquinas y mecanismos en su cabeza, con el pelo recogido con un lazo para facilitarle pensar, y, al mirar los árboles, empezó a trabajar en un mecanismo que le permitiese subir a lo alto de cualquier árbol, incluso de los que carecían de ramas. Klaus, que tenía doce años, bajó la mirada y observó el suelo del bosque, que a trozos estaba cubierto por musgo marrón. A Klaus lo que más le gustaba era leer, e intentó recordar lo que había leído sobre los musgos de Miserville y si alguno de ellos era comestible. Y Sunny, que era solo un bebé, miró el cielo grisáceo cubierto de humo que colgaba encima del bosque como un suéter mojado. Sunny tenía cuatro dientes afilados, lo que más le interesaba era morder cosas con ellos y estaba deseosa de ver qué se podía morder en aquella zona. Pero incluso mientras Violet empezaba a planear su invento, Klaus pensaba en sus conocimientos sobre el musgo y Sunny abría y cerraba la boca como un ejercicio previo a morder, el bosque Finito tenía un aspecto tan poco inspirador que no pudieron evitar preguntarse si su nuevo hogar sería realmente agradable.

—¡Qué bosque tan precioso! —señaló el señor Poe y tosió en su pañuelo blanco.

El señor Poe era un banquero que tenía a su cargo los asuntos de los Baudelaire desde el incendio y debo deciros que no hacía demasiado bien su trabajo. Sus dos tareas principales eran encontrar un buen hogar para los huérfanos y proteger la enorme fortuna que habían dejado los padres de los niños, y hasta el momento cada hogar había sido una catástrofe, una palabra que aquí significa «un completo desastre que incluía tragedia, decepción y al Conde Olaf». El Conde Olaf era un hombre terrible, que ambicionaba la fortuna de los Baudelaire e intentaba cualquier plan que se le ocurría para robarla. Una vez tras otra había estado muy cerca de lograrlo y una vez tras otra los huérfanos Baudelaire habían descubierto su plan y una vez tras otra él había escapado. Y todo lo que el señor Poe había hecho era toser. Ahora el señor Poe acompañaba a los niños a Miserville, y me duele deciros que una vez más el Conde Olaf iba a aparecer con un asqueroso plan y que el señor Poe iba a fracasar una vez más sin hacer nada que sirviese realmente de ayuda.

—¡Qué bosque tan precioso! —volvió a decir el señor Poe cuando acabó de toser—. Creo que aquí encontraréis un buen hogar. Y así lo espero, en todo caso, porque acabo de recibir un ascenso de la Dirección de Dinero Multuario. Ahora soy vicepresidente de la Cuenta de Monedas y a partir de ahora voy a estar más ocupado que nunca. Si algo sale mal aquí, tendré que enviaros a un internado hasta que tenga tiempo para encontraros otro hogar. Así que, por favor, portaos lo mejor que sepáis.

—Claro que sí, señor Poe —dijo Violet, sin añadir que ella y sus hermanos siempre se habían portado lo mejor que sabían, pero que eso no les había hecho ningún bien.

—¿Cómo se llama nuestro nuevo tutor? —preguntó Klaus—. No nos lo ha dicho.

El señor Poe sacó un trocito de papel de su bolsillo y le echó un vistazo.

—Se llama señor Wuz, señor Qui. No puedo pronunciarlo. Es muy largo y complicado.

—¿Puedo verlo? —preguntó Klaus—. Quizá yo pueda saber cómo pronunciarlo.

—No, no —dijo el señor Poe, guardando el papel—. Si es demasiado complicado para un adulto, lo es todavía más para un niño.

—¡Ghand! —gritó Sunny

Como muchos bebés, Sunny hablaba casi siempre emitiendo sonidos difíciles de traducir. Esta vez probablemente quería decir algo como: «Pero ¡Klaus lee muchos libros complicados!».

—Él os dirá cómo tenéis que llamarle —prosiguió el señor Poe, como si Sunny no hubiese dicho nada—. Le encontraréis en la oficina principal del Aserradero de la Suerte, que me han dicho está a cuatro pasos de la estación de tren.

—¿No va a venir usted con nosotros? —preguntó Violet.

—No —dijo el señor Poe, y volvió a toser en su pañuelo— El tren solo para una vez al día en Miserville, y, si bajo del tren, me tendré que quedar a pasar la noche y perderé otro día en el banco. Os dejo aquí y regreso directamente a la ciudad.

Los huérfanos Baudelaire miraron con preocup

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