El ascenso de Nueve (Legados de Lorien 3)

Pittacus Lore

Fragmento

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CAPÍTULO UNO

 

 

 

«6A». ¿ES UNA BROMA? EN LA TARJETA DE EMBARQUE que tengo en la mano aparece el número de mi asiento en letras grandes; me pregunto si Crayton lo habrá elegido a propósito. A lo mejor es una coincidencia, aunque, después de los últimos acontecimientos, ya no creo demasiado en ellas. No me habría sorprendido que Marina se hubiera sentado detrás de mí, en la fila siete, y Ella algo más atrás, en la diez. Pero no, las dos se han dejado caer a mi lado sin decir palabra y, como yo, se han puesto a estudiar conmigo a todas las personas que iban subiendo al avión. Cuando te persiguen, siempre estás en guardia: ¡nunca se sabe cuándo pueden aparecer los mogadorianos!

Crayton entrará el último, cuando haya examinado a todos los pasajeros y considere que el vuelo es completamente seguro.

Subo el estor de mi ventanilla y contemplo al personal de tierra que se desplaza a los pies del avión. La ciudad de Barcelona es un perfil apenas visible en la distancia.

Marina, sentada a mi lado, no para de mover frenéticamente la pierna: arriba y abajo, arriba y abajo... La batalla de ayer en el lago contra un ejército de mogos, la muerte de su cêpan, encontrar su Cofre... y, encima, por primera vez desde hace casi diez años, se dispone a abandonar la ciudad donde ha pasado su infancia: está nerviosa.

—¿Va todo bien? —pregunto. Un mechón de cabello rubio me cae en la cara y me sobresalto: había olvidado que me lo había teñido esta misma mañana. Es solo uno de los muchos cambios de las últimas cuarenta y ocho horas.

—Todos parecen normales —susurra Marina, sin apartar los ojos del pasillo—. Por lo que veo, estamos a salvo.

—Vale, pero no me refería a eso.

Le pongo un pie encima del suyo y Marina deja de agitar la pierna en seco. Me dirige una breve sonrisa de disculpa y se enfrasca de nuevo en la vigilancia de todos los pasajeros que van subiendo al avión. Poco después, su pierna vuelve a trotar. Sacudo la cabeza, impotente.

Compadezco a Marina. Vivió encerrada en un orfanato aislado, con una cêpan que se negó a entrenarla: al parecer había perdido de vista por qué estamos aquí, en la Tierra. Procuro ayudarla a llenar sus lagunas. Conseguiré entrenarla para que aprenda a controlar su fuerza y a saber cuándo usar los legados que está desarrollando. Pero primero quiero demostrarle que puede confiar en mí.

Los mogadorianos pagarán por lo que han hecho. Por acabar con tantos de nuestros seres queridos, tanto aquí en la Tierra como en Lorien. Pienso destruirlos a todos, hasta el último: esa es mi misión personal, y me aseguraré de que Marina también se cobre su venganza. En el lago no solo ha perdido a Héctor, su mejor amigo, sino que también ha visto morir a su cêpan asesinado delante de sus narices, como me ocurrió a mí. Ambas cargaremos con eso para siempre.

—¿Qué tal ahí abajo, Seis? —pregunta Ella, inclinándose sobre Marina.

Miro por la ventana. Los hombres que se encuentran a los pies del avión empiezan a retirar su equipo mientras hacen las comprobaciones de última hora.

—De momento, todo bien.

Mi asiento está encima del ala, cosa que me tranquiliza. En más de una ocasión he tenido que utilizar mis legados para sacar de apuros a un piloto. Una vez, en el sur de México, usé la telequinesia para inclinar el avión doce grados a la derecha pocos segundos antes de que chocara con la falda de una montaña. El año pasado, en Arkansas, salvé a 124 pasajeros de una brutal tormenta envolviendo el aparato en una nube impermeable de aire frío: cruzamos la tormenta como una bala.

Cuando el personal de tierra se traslada al siguiente avión, Ella y yo clavamos la mirada en el primer tramo del pasillo. Esperamos con impaciencia que Crayton embarque, la señal de que todo marcha bien, al menos por ahora. Todos los asientos están ocupados, salvo el de detrás de Ella. ¿Dónde está Crayton? Vuelvo a mirar por la ventanilla y examino el terreno en busca de algo fuera de lo normal.

Meto la mochila debajo del asiento. Como está casi vacía, se dobla sin dificultad. Crayton me la ha traído al aeropuerto. Nos ha dicho que tenemos que pasar por adolescentes normales, un grupito de alumnas de viaje de estudios. Por eso Ella tiene un libro de biología en las rodillas.

—¿Seis? —pregunta Marina, que no deja de abrocharse y desabrocharse nerviosamente el cinturón.

—¿Sí?

—Has volado antes, ¿verdad?

Aunque Marina es solo un año mayor que yo, su mirada solemne y reflexiva y su nuevo peinado, un sofisticado corte de pelo justo por debajo de los hombros, le dan un aspecto de adulta. Sin embargo, ahora la veo morderse las uñas y llevarse las rodillas al pecho, como una niña asustada.

—Sí —le digo—, y no está tan mal. En realidad, si te relajas, es increíble.

Mientras espero aquí sentada, en el avión, me viene a la memoria mi cêpan, Katarina. No es que llegara a viajar en avión con ella, pero cuando yo tenía nueve años nos llevamos un buen susto en un callejón de Cleveland, donde un mogadoriano nos dejó temblando y cubiertas de una gruesa capa de ceniza. Después de aquello, Katarina me trasladó al sur de California. Nuestro destartalado bungalow de dos plantas estaba cerca de la playa, prácticamente bajo la sombra del aeropuerto internacional de Los Ángeles. Cada hora, unos cien aviones atronaban encima de nuestras cabezas, interrumpiendo las clases de Katarina y también el escaso tiempo libre que yo pasaba con mi única amiga, una chica flaca llamada Ashley que vivía en la casa de al lado.

Viví siete meses bajo esos aviones. Eran mi despertador por la mañana: al amanecer tronaban directamente sobre mi cama. Por la noche surcaban el cielo como fantasmas siniestros que me susurraban que estuviese alerta, preparada para saltar de la cama y correr al coche en cualquier momento. Como Katarina no permitía que me alejase de la casa, los aviones también eran la banda sonora de mis tardes.

Precisamente una de esas tardes, mientras la vibración del enorme avión que sobrevolaba nuestras cabezas agitaba la limonada de nuestros vasos, Ashley dijo:

—El mes que viene iré a visitar a los abuelos con mi madre. ¡Me muero de ganas! ¿Has ido alguna vez en avión?

Ashley siempre hablaba de los lugares que visitaba y de las cosas que hacía con su familia. Sabía que Katarina y yo apenas nos alejábamos de casa, y le gustaba fardar.

—No del todo.

—¿Qué quieres decir con «no del todo»? O has ido en avi

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