Dama de humo (Princesa de cenizas 2)

Laura Sebastian

Fragmento

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Sola

Siento la dulzura del café especiado en la lengua: lleva una buena cucharada de miel, tal y como siempre lo pide Crescentia.

Estamos sentadas en el pabellón, como otras miles de veces, con humeantes tazas de porcelana en las manos para protegernos del frío aire vespertino. Durante un momento todo está igual que siempre: compartimos un cómodo silencio que flota en el aire oscuro que nos rodea. He echado de menos charlar con ella, pero también he echado de menos esto: el poder sentarnos juntas sin necesidad de llenar la quietud con conversaciones triviales.

Qué tontería. ¿Cómo voy a extrañar a Cress si la tengo sentada aquí delante?

Ella se ríe como si pudiera leerme la mente y deja la taza sobre el platillo con un repiqueteo que me hiela los huesos. Se inclina sobre la mesa recubierta de oro para sostener la mano que tengo libre entre las suyas.

—Oh, Thora —dice, entonando mi nombre falso como si de una melodía se tratase—. Yo también te he echado de menos. Pero la próxima vez no lo haré.

Antes de que me dé tiempo a comprender sus palabras, la luz cambia, el sol empieza a brillar más y más hasta que mi amiga queda totalmente iluminada. Cada horrible centímetro de su ser queda expuesto ante el resplandor: el cuello negro y carbonizado debido al Encatrio que hice que le sirvieran, el pelo blanco y quebradizo y los labios grises, como el sucedáneo de corona que yo solía lucir.

Las piezas encajan en mi mente y me siento abrumada por el miedo y la culpa. Recuerdo lo que le hice y recuerdo por qué. Recuerdo su rostro colmado de rabia al otro lado de los barrotes de mi celda; recuerdo que me dijo que aclamaría mi muerte. Recuerdo que los barrotes ardían donde ella los había tocado.

Intento apartar la mano, pero ella me la apresa con rapidez, y afila su sonrisa de princesa de cuento, mostrando unos colmillos manchados de sangre y cenizas. Su piel me quema, está incluso más caliente que la de Blaise. Es fuego contra la mía; intento gritar, pero no emito ningún sonido. Dejo de notar mi propia mano y siento alivio un solo segundo, antes de bajar la vista y ver que se ha convertido en cenizas bajo los dedos de Cress, que se ha transformado en polvo. El fuego me trepa por un brazo y desciende por el otro; se me extiende por el pecho, el torso, las piernas y los pies. La cabeza arde al final, y lo último que veo es a Cress con su monstruosa sonrisa.

—Ya está. ¿No es mucho mejor ahora? Ya nadie te confundirá con una reina.

Me despierto empapada en sudor, con las sábanas de algodón mojadas y enredadas en las piernas. El estómago me da vueltas y tengo ganas de devolver, aunque no sé si he comido suficiente para ello; anoche solo cené un poco de pan. Me siento en la cama y me pongo una mano sobre el estómago para apaciguarlo, mientras parpadeo para que se me acostumbren los ojos a la oscuridad.

Tardo un momento en comprender que no estoy en mi cama, ni en mi alcoba, ni siquiera en el palacio. Este cuarto es mucho menor, y el lecho no es más que un pequeño catre con un fino colchón, unas sábanas harapientas y un edredón. El estómago me da un vuelco hacia un lado; se mueve de una forma que me provoca náuseas, pero entonces caigo en la cuenta de que no soy yo: es la habitación la que se balancea de lado a lado. Mi estómago solo replica el movimiento.

Los acontecimientos de los últimos dos días regresan a mi mente. La mazmorra, el juicio del káiser, Elpis, muerta a mis pies. Recuerdo que Søren vino a rescatarme, y que terminó siendo él el prisionero. Pero, tan pronto como me sobreviene ese pensamiento lo aparto. Hay muchas cosas por las que me siento culpable, y tomar a Søren como rehén no puede ser una de ellas.

Recuerdo que estoy en el Humo, en dirección a las ruinas de Anglamar para empezar a recuperar Ástrea. Estoy en mi camarote, a salvo y sola, mientras Søren está encadenado en el calabozo.

Cierro los ojos y dejo caer la cabeza entre las manos, pero el rostro de Cress aparece flotando en mi mente en cuanto lo hago, con sus mejillas sonrosadas, sus hoyuelos y sus enormes ojos grises, con el mismo aspecto que la primera vez que la vi. Se me encoge el corazón al pensar en la niña que era, y en la niña que era yo, siempre pegada a sus faldas porque ella era mi única salvación en aquella pesadilla en que se había convertido mi vida. Sin embargo, esa imagen de Cress es de inmediato reemplazada por la de la última vez que la vi, con la mirada fría y colmada de odio y la piel de la garganta carbonizada y descascarillándose.

No debería haber sobrevivido al veneno. De no haberlo visto con mis propios ojos, jamás lo creería. Una parte de mí siente alivio porque siga viva, pero hay otra que jamás olvidará cómo me miró cuando prometió destruir Ástrea hasta sus mismísimos cimientos, cuando me dijo que le pediría al káiser que le dejase quedarse con mi cabeza tras mi ejecución.

Me dejo caer boca arriba y se oye un ruido sordo cuando me doy contra la delgada almohada. Estoy tan exhausta que me duele todo el cuerpo, pero mi mente es un remolino y no da muestras de querer calmarse. De todos modos, cierro los ojos con fuerza e intento apartar todos mis pensamientos sobre Cress, aunque sigue acechándome desde un segundo plano como una presencia fantasmal.

El camarote es demasiado silencioso, tanto que parece tener un sonido propio que oigo gracias a la ausencia de la respiración de mis Sombras, de sus ínfimos movimientos y de sus susurros. Es un silencio ensordecedor. Me pongo de lado, y luego me doy la vuelta para ponerme del otro. Me estremezco y me acurruco más bajo el edredón; siento el fuego del tacto de Cress de nuevo y me destapo de una patada. La manta cae al suelo, arrugada.

No conseguiré dormir. Salgo de la cama, busco la gruesa capa de lana que Veneno de Dragón dejó en mi camarote y me la echo sobre el camisón. Es demasiado grande para mí; me llega a los tobillos, como un saco sin forma, pero es calentita. Está deshilachada y la han remendado tantas veces que dudo que quede nada de la capa original, pero aun así la prefiero a los vestidos de fina seda que el káiser me obligaba a ponerme.

Como siempre, pensar en él hace que se me encienda una llama de furia en las entrañas que me convierte la sangre en lava y hace que me arda el cuerpo entero. Es una sensación que me asusta, pero al mismo tiempo me resulta placentera. Blaise me prometió que sería yo quien encendería el fuego que convierta al káiser en cenizas, y no creo que esta sensación se apague hasta que lo consiga.

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A salvo

Los pasillos del Humo están desiertos y silenciosos; no se ve ni un alma. El único sonido son unos ligeros pasos en la planta superior y el estruendo amortiguado de las olas al romper contra el casco. Doblo la esquina de un pasillo y luego de otro, buscando una forma de subir a cubierta, antes de darme cuenta de que estoy perdida sin remedio. Creí haberme hecho una idea firme del plano del barco cuando Veneno de Dragón me lo mostró ayer por la tarde, pero a estas horas parece un lugar totalmente distinto. E

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