Aurora de muerte (Trilogía de la Resistencia 3)

Louise Boije af Gennäs

Fragmento

Capítulo 1

1

Mi madre estaba en la cocina con su bata de rizo de color celeste preparando un café de aroma delicioso. Mi padre, que venía de practicar esquí de fondo en la pista de Venaspår, tenía las mejillas sonrosadas, nieve derretida en el gorro e iba dejando a su paso una estela de vaho. El sol brillaba al otro lado de la ventana por encima de Örebro, cubierta de nieve; el termómetro marcaba cinco grados bajo cero y la imagen parecía sacada de un cuento de Elsa Beskow. Yo estaba sentada a la mesa de la cocina acabando de comerme las gachas y Lina jugaba a mis pies con nuestra gatita Esmeralda.

—Sara —dijo papá—, ¿te vienes a dar una vuelta por el observatorio de aves de Vena? ¡Es buenísimo para el cuerpo y también para el espíritu!

Miré a papá a los ojos, vi su gran y amable sonrisa y me di cuenta de que en ese momento lo que más feliz le haría sería que esquiáramos juntos hacia el norte, atravesando Kasernvägen hasta la pista de Vena, y que luego nos adentráramos en el bosque mientras sentíamos el sol en la espalda y el frío en las mejillas. El frescor del aire nos ayudaría a mantener un ritmo que permitiría que nos deslizáramos por la capa de nieve dura y resplandeciente, mientras disfrutábamos del fantástico paisaje invernal de sombras azules.

—Claro que sí —dije—. Voy contigo, papá.

Me levanté, cogí mi anorak y me puse las manoplas que me había tejido Kerstin, la mujer de Torsten. En ese mismo instante todo cambió. Al otro lado de la ventana, el cielo se oscureció cubriéndose con grandes nubes de tormenta de color púrpura y la nieve fue reemplazada por una lluvia que azotó los cristales de las ventanas. Lina y la gatita desaparecieron y, cuando mi madre se volvió hacia mí desde el fregadero, no vi su habitual mirada brillante bajo el cabello rizado y oscuro. Donde antes estaban sus ojos ahora solo había dos agujeros vacíos en un cráneo torcido.

Aterrada, me volví hacia mi padre. Sus ojos tenían el mismo aspecto de siempre y abrió la boca para decir algo, pero en vez de palabras le salió una mancha oscura que llenó la habitación de remolinos de ceniza gris. También vi que carecía de dientes.

Entonces Micke se lanzó sobre mí y grité.

Estaba de pie frente a la ventana, contemplando el anochecer en la plaza de Nytorget mientras intentaba beber un vaso de agua y que se me normalizara el pulso. No se oía ningún ruido procedente de la habitación de Lina: al parecer, esta vez no la había despertado. Nuestra pequeña cocina daba directamente a la plaza y allí abajo todo parecía un remanso de paz. El otoño se acercaba, aunque las hojas todavía no habían empezado a caer de los árboles. Una paseante nocturna deambulaba con su bull terrier bajo la luz de las farolas.

No había tenido noticias de FLA en todo el verano.

Después de la muerte repentina de Johan y de mi madre a finales de primavera, pasé varias semanas sin apenas tener contacto con nadie. Primero estuve ingresada en el hospital casi una semana y después Sally me acompañó a Örebro, donde me quedé en casa de Ann-Britt y su familia. Mi estado físico general era aceptable, así que asistí al funeral de mi madre en el cementerio de Norra, aunque apenas recordaba nada. Ann-Britt me cuidó de maravilla, me llevaba a la cama, cocinaba para mí y me dejaba vagar por la casa y por el jardín como un fantasma mientras yo le daba vueltas a lo que había ocurrido. Al principio no podía llorar, pero en cuanto empecé a hablar las lágrimas fueron llegando. Ann-Britt me escuchaba una y otra vez, al igual que Sally y Andreas cuando venían a verme.

En julio empecé a reponerme y a ser consciente de que tenía una hermana menor que también se sentía mal. Fue como si saliera de una burbuja, ya que hasta ese momento no me di cuenta de lo duro que debió de ser para Lina, que primero perdió a su querida yegua y, más tarde y sin previo aviso, a nuestra madre, apenas un año después de la muerte de papá. Lina también vivía en casa de Ann-Britt, aunque yo casi no era consciente de su existencia. Los acontecimientos del último año me habían afectado mucho y el estrés hizo acto de presencia más tarde.

En julio empecé a comportarme con más normalidad y poco a poco pude estar también al lado de Lina. Pero, para mi sorpresa, noté que la reacción de mi hermana era la opuesta a la mía. Ella no se había derrumbado a pesar de tener todos los motivos para que fuera así. En cambio, había construido una especie de coraza a su alrededor, de modo que ninguno de nosotros sabía exactamente lo que ocurría en su interior. Ann-Britt me miró impotente.

—No ha derramado ni una sola lágrima —dijo en voz baja—. No sé qué hacer.

Intenté hablar con Lina, pero no obtuve ningún resultado. Solo me miró con aún más dureza y se negó a hablar de sus sentimientos.

—Descansa, lo necesitas —se limitó a decir.

Y así lo hice. Volví a recobrar fuerzas, tanto físicas como mentales, pero emocionalmente estaba hundida. La muerte de mi madre me parecía incomprensible. No el hecho de que hubiera ocurrido, eso lo entendía, y también suponía cómo se habría producido, a pesar de que no había podido abordar todavía el problema. Pero ¿el hecho de que mi madre se había ido, de que no iba a estar nunca más y de que no podría volver a hablar con ella?

Eso era incomprensible.

Seguí dándole vueltas a mis preguntas sin respuesta durante mis largos paseos por la ciudad, mientras el resto de la población tomaba el sol tumbada junto a la piscina natural de Alnängsbadet y el calor extremo del verano afectaba Örebro de tal modo que el Hospital Universitario tuvo que cancelar algunas intervenciones quirúrgicas. Durante el año escaso que había transcurrido desde la muerte de mi padre me había visto expuesta a situaciones extremas, pero no tenía la menor idea de quién me perseguía ni de lo que podía querer de mí.

Reviví mentalmente todo lo que me había pasado y, cuanto más pensaba en ello, más increíble me parecía. Por la noche me quedaba despierta en la cama dando vueltas entre las sábanas o salía al jardín para refrescarme un poco. Los incendios en los bosques de los alrededores parecían una imagen de mi interior: un paisaje airado y devastado en vano. Todo lo ocurrido carecía de sentido.

Si la mente humana es capaz de mantener apartados los recuerdos desagradables para sanar, eso era justamente lo que estaba haciendo la mía: mitigaba los horrores y buscaba explicaciones alternativas a lo que había ocurrido. Empecé a entender que podamos estar expuestos a la guerra, a la tortura y a las pérdidas inhumanas y, aun así, continuar con nuestra vida; el instinto de supervivencia es tan fuerte que llegamos a manipular nuestros propios recuerdos para seguir viviendo.

A finales de julio había repasado tantas veces los sucesos ocurridos, que, cansada, ya había llegado a varias conclusiones.

«En realidad, FLA no existía.»

Todo podía ser una r

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