Órdenes sagradas (Quirke 6)

Benjamin Black

Fragmento

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I

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1.

Al principio pensaron que era el cuerpo de un niño. Más tarde, cuando lo sacaron del agua y vieron el vello púbico y las manchas de nicotina en los dedos, se dieron cuenta de su error. Hombre, al final de la veintena o al principio de la treintena, completamente desnudo excepto por un calcetín, el izquierdo. Tenía hematomas en la parte superior del torso y su rostro estaba tan desfigurado que incluso a su propia madre le habría costado reconocerlo. Una pareja de enamorados lo había descubierto, un pálido resplandor entre el muro del canal y el flanco de una barcaza amarrada. La chica llamó a la policía y el sargento que estaba en recepción pasó el aviso al despacho del inspector Hackett, pero Hackett ya se había marchado y quien respondió fue su ayudante, el joven Jenkins, que estaba en su cubículo, detrás de las celdas, escribiendo sus informes semanales.

—Un cuerpo flotando, mi sargento —dijo el hombre en recepción—. En Mespil Road, bajo el puente de Leeson Street.

La primera reacción del sargento Jenkins fue llamar por teléfono a su jefe, pero cambió de idea. A Hackett le gustaba dormir tranquilo y no se tomaría bien que le interrumpieran el sueño. Había dos compañeros en la sala de guardia: Quinlan, del cuerpo de motoristas, y otro, que había hecho una pausa en su ronda para tomar una taza de té. Jenkins les dijo que necesitaba su ayuda.

Quinlan estaba a punto de acabar su turno y la perspectiva de continuar trabajando no le agradó.

—Le prometió a su esposa que regresaría pronto —dijo el otro, Hendricks, guiñando un ojo, y se rio burlón.

Quinlan era un hombre grande y lento, de pelo engominado y ojos saltones. Aunque aún llevaba las polainas de cuero, ya se había quitado la guerrera. Permaneció inmóvil con el casco en la mano y sus ojos de sapo miraron glaciales a Jenkins. Este casi podía oír el engranaje del cerebro del hombretón, girando lentamente mientras calculaba cuántas horas extra podría rascar con aquel trabajo nocturno. Hendricks no acababa el turno hasta las cuatro de la madrugada.

—¡Al diablo! —Quinlan se encogió de hombros con irritada resignación y cogió la guerrera del colgador.

Hendricks se rio de nuevo.

—¿Hay algún coche en el patio? —preguntó Jenkins.

—Sí, vi uno cuando entré a trabajar —contestó Hendricks.

Jenkins nunca se había fijado hasta entonces en lo plana que era la cabeza de Hendricks por detrás. El cuello se prolongaba de manera vertical hasta la coronilla, como si hubiesen seccionado con un limpio corte la parte posterior del cráneo y el cabello hubiera vuelto a crecer sobre la cicatriz. Debía de tener un cerebro del tamaño de un limón. De medio limón.

—Bien —dijo Jenkins, tratando de sonar al mismo tiempo enérgico y desganado, igual que su jefe—. En marcha.

Sacar el cuerpo del canal no resultó fácil. El nivel del agua estaba bajo y Hendricks tuvo que acercarse a Portobello para levantar de la cama al encargado de la esclusa. El sargento Jenkins encargó a Quinlan que inspeccionara el lugar de los hechos con la linterna, mientras él se acercaba a la pareja de enamorados que habían visto el cuerpo para hablar con ellos. La muchacha estaba sentada en un banco de hierro forjado bajo un árbol, estrujando un pañuelo y gimoteando. Su rostro se veía muy pálido en las sombras y, cada pocos segundos, un gran escalofrío estremecía su cuerpo y le hacía contraer los hombros. Su novio permanecía rezagado en la oscuridad, fumando nervioso.

—¿Podemos irnos ya, agente? —le preguntó intranquilo a Jenkins en voz baja.

Jenkins lo miró atentamente, intentando distinguir sus rasgos, pero la luz de la luna no alcanzaba tan lejos bajo el árbol. Parecía mucho mayor que la chica, un cuarentón, de hecho. ¿Sería un hombre casado y ella, su amiguita? Volvió a fijarse en la chica.

—¿A qué hora lo encontraron?

—¿Hora? —repitió ella, como si no comprendiera esa palabra. Su voz temblaba.

—No pasa nada, señorita —dijo con amabilidad Jenkins, sin saber muy bien por qué lo decía. Era el tipo de frase que usaban los detectives de las películas. Adoptó de nuevo una pose profesional—. Después de encontrarlo, llamaron inmediatamente, ¿no es así? —Jenkins se dirigió al hombre en la sombra.

—Ella casi tuvo que caminar hasta Baggot Street para dar con un teléfono que funcionara —contestó él. Antes había dicho su nombre, pero Jenkins lo había olvidado en el acto. ¿Wallace? ¿Walsh? Algo parecido.

—Y usted permaneció aquí.

—Pensé que debía quedarme a vigilar… el cuerpo.

Sí, claro, pensó Jenkins, por si acaso salía del agua y se largaba. Más bien, se había quedado para evitar ser él quien hiciera la llamada, temeroso de que le preguntaran quién era y qué estaba haciendo a la orilla del canal a esa hora de la noche en compañía de una jovencita a la que doblaba la edad.

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