La semilla del diablo (Rosemary's Baby)

Ira Levin

Fragmento

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Primera edición: enero 2011

Título original: Rosemary’s Baby

Traducción: E. de Obregón

© Ira Levin, 1967

© Ediciones B, S.A., 2009

© Concell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

© www.edicionesb.com

ISBN: 978-84-666-4779-3

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.

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A Gabrielle

Contenido

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Notas

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Rosemary y Guy Woodhouse habían firmado el contrato de un apartamento de cinco habitaciones, situado en una casa de líneas geométricas de la Primera Avenida, cuando recibieron recado de una tal señora Cortez de que en la casa Bramford había quedado libre un piso de cuatro habitaciones. Vieja, negra y elefantina, la casa Bramford parece una conejera, con pisos de techos muy altos, apreciada por sus chimeneas y sus detalles ornamentales victorianos. Rosemary y Guy habían figurado en la lista de solicitantes desde que se casaron, pero al final perdieron toda esperanza.

Guy comunicó la noticia a Rosemary, y se llevó el auricular a su pecho. Rosemary gimió: «¡Oh, no!», y pareció como si fuera a echarse a llorar.

—Es demasiado tarde —dijo Guy al teléfono—. Ayer firmamos un contrato.

Rosemary lo sujetó por el brazo.

—¿No podríamos anularlo? —preguntó a su marido—. Decirles algo...

—Por favor, espere un momento, señora Cortez. —Guy apartó el teléfono de nuevo—. ¿Decirles qué? —le preguntó.

Rosemary vaciló y alzó sus manos con gesto de impotencia.

—Pues no sé... La verdad. Que tenemos una oportunidad de mudarnos a la casa Bramford.

—Cariño —dijo Guy—, ¿crees que eso les importará algo?

—Pues piensa en algo, Guy. Vayamos por lo menos a echar un vistazo. ¿De acuerdo? Dile que iremos a verlo. Por favor, antes de que cuelgue.

—Hemos firmado un contrato, Ro; nos hemos comprometido.

—¡Por favor! ¡Que va a colgar!

Gimoteando a la vez por la ironía y la angustia, Rosemary arrebató el auricular del pecho de Guy y trató de acercarlo a su boca.

Guy se echó a reír y recuperó el teléfono.

—¿Señora Cortez? Tal vez podríamos rescindir ese contrato, porque aún no lo hemos firmado. Se les habían acabado los formularios, así que sólo firmamos una carta de aceptación. ¿Podemos echar un vistazo al piso?

La señora Cortez les dio instrucciones: tenían que ir a la casa Bramford entre once y once y media, preguntar por el señor Micklas o Jerome y decirle a cualquiera de los dos que encontraran que ellos eran los que había enviado la señora Cortez para que vieran el 7-E. Luego tendrían que telefonearle. Y dio a Guy su número de teléfono.

—¿Ves como has podido arreglarlo? —dijo Rosemary, dando de puntillas saltitos de alegría—. Eres un magnífico embustero.

Guy, ante el espejo, dijo:

—¡Vaya! Me ha salido un grano.

—No te lo revientes.

—Son sólo cuatro habitaciones, ya sabes. Y no hay cuarto para los niños.

—Prefiero tener cuatro habitaciones en la casa Bramford —dijo Rosemary— que todo un piso en aquella... en aquella colmena blanca.

—Ayer te gustaba.

—Me gustaba, pero nunca la quise. Apostaría que no la quiere ni el arquitecto que la construyó. Pondremos un comedorcito en el salón y tendremos un precioso cuarto para los niños. Si los tenemos...

—Pronto —repuso Guy, mientras se pasaba la máquina de afeitar eléctrica sobre el labio superior, mirándose a los ojos, que eran grandes y oscuros.

Rosemary se puso un vestido amarillo y logró subirse la cremallera de la espalda.

Estaban en una habitación que había sido el cuarto de soltero de Guy. En la pared había pegados carteles de París y Verona,

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