El que susurra

Malenka Ramos

Fragmento

Capítulo 1

1

Eran las tres de la mañana cuando el reloj de pie del pasillo se paró. Eran las tres de la mañana y la pequeña Penny se moría. Su madre entró en la habitación hecha un alboroto de tafetán negro y de perlas, se derrumbó a los pies de la cama y golpeó la colcha llorando desconsoladamente, y, con el puño en alto, se lamentó de sí misma y suplicó a Dios que también se la llevara a ella

Elisabeth vio a sus dos tías correr por el pasillo y cerrar la puerta de la habitación de su hermana. Oyó los gritos de desesperación, los sollozos y la voz de su madre maldiciendo su infortunio y su vida. No pudo apenas moverse. Se aferró a su camisón de algodón, apretó con los dedos la fina tela y miró sus pies descalzos sobre la madera del suelo. Penny había muerto. Su pequeña y enfermiza hermana dejaba de luchar a las tres de la mañana, después de un mes de fiebre infernal, delirios y pesadillas nocturnas mientras aquella infección la iba devorando por dentro; los mejores médicos de la ciudad habían intentado buscar un remedio y su madre, presa de la desesperación, había acudido cada día a la iglesia con la intención, según decía, de que Dios la escuchara y se apiadara de aquel horrible destino que se veía venir que ocurriría en cualquier momento.

Pero Dios no ayudó a su hermana aquella noche. Ni siquiera a su madre, cuando sus dos hermanas, la tía Carlota y Amelia, la sacaron a rastras al tiempo que ella se agarraba al piecero de la cama, gritando desesperadamente que la dejaran un poco más con su hija. El hombre de la funeraria no había tardado ni media hora en llegar. Sus tías la habían intentado meter en la habitación casi a empujones, pero no lograron impedir que Elisabeth viera el cuerpo enjuto y sin vida de Penny sobre la cama o a su madre desquiciada y en volandas por el pasillo, sujetándose a la balaustrada con la única intención de no alejarse de su pequeña hija muerta.

Sabía que su hermana iba a morir. Quizá estaba incluso más preparada que su madre para lo que vendría después. Pero no fue eso lo que la asustó. Lo que realmente la rompió por dentro fue ver a su madre. Esta había demostrado una serenidad exquisita durante toda su vida, siempre con aquel gesto frío y elegante que la calmaba al preguntarle: «¿Penny está mejor?». Siempre contestaba que mejoraba, que mejoraría más y que no debía preocuparse, que todo saldría bien. De hecho, cuando vio a su madre al borde de la locura, sujetándose al pasamanos con las uñas clavadas en la madera de cerezo, fue la primera vez en toda su vida que la vio llorar. Eso había aterrado a Elisabeth, le había encogido el corazón de tal manera que incluso le resultó difícil respirar. Su madre, siempre digna, era un manojo de rizos negros desparramados por la cara. Su vestido de tafetán se rompió por la manga cuando la tía Carlota tiró de ella, que lloraba, lloraba desconsoladamente y repetía una y otra vez:

—¡Él lo sabía! ¡Desde el día que nació lo sabía, Carlota! ¡Tú le viste! ¡Tú le viste tan bien como yo al lado de su cuna!

Elisabeth no entendió aquella frase. Una de sus tías la llevó a la habitación y fue en ese momento cuando advirtió el titilar del collar de perlas de su madre; lo vio desparramarse por el suelo, escaleras abajo, y esparcirse por todos los rincones del piso inferior. Aquella joya era un tesoro para su madre, pero ni siquiera le importó que se rompiera y que sus preciadas perlas se desperdigaran por toda la casa y desaparecieran escaleras abajo en dirección al salón. Elisabeth se quedó observando el gesto congestionado de su tía Amelia. Esta cerró la puerta con brusquedad ahogando torpemente el revuelo del pasillo y se balanceó sobre sus pies como si estuviera a punto de perder el conocimiento.

—¡Oh, Elisabeth, esto es horrible, pequeña mía! —clamó Amelia. Se dejó caer en la cama, tiró de su brazo y la sentó a su lado—. ¡Horrible! —sollozó.

Elisabeth todavía veía a su madre. Veía las perlas deslizándose por las escaleras.

—Tengo que recoger sus perlas —murmuró para sí—. Ella no tiene otro collar como ese. Fue un regalo de papá.

—¡Tu hermana! —exclamó su tía llevándose las manos a la cara—. ¡Penny! ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué? ¡Tenía solo doce años! ¡Doce años!

Aquella noche duró una eternidad. Amelia se quedó con ella hasta que consiguió conciliar el sueño, pero Elisabeth no lloró, y no porque no sufriera por su hermana, ni por la imagen dantesca de su madre con la ropa rasgada, sino porque no podía. Sin más. A la mañana siguiente la casa se llenó de gente. Familiares lejanos y amigos, gente a la que apenas conocía, velaban el cuerpo de su hermana, lloraban en silencio y consolaban a su madre, que estaba bajo el efecto de las pastillas que el doctor Foster, horas antes, le había obligado a tomar. Ahora se balanceaba en la silla, pegada al féretro de Penny, daba la mano a todo aquel que se acercara a ella y luego se enjugaba las lágrimas con un pañuelo de seda blanco. Parecía hablar entre dientes, con la mirada perdida más allá de las sillas dispuestas para los invitados, sin apenas prestar atención a Elisabeth, que, sentada entre sus tías en un rincón, también recibía el pésame, una caricia en la mejilla, un gesto de suma tristeza o un saludo ahogado.

—Eres una niña muy fuerte —le susurró Carlota—. Te estás portando como una mujer adulta y tu madre, aunque no lo creas, se está dando cuenta de todo, tesoro mío.

—Tía, ¿y el collar de mamá?

—No te preocupes por eso, ya lo hemos recogido. Paul Coure, el joyero, se lo reparará tan pronto termine todo esto.

El reverendo Robert, de la iglesia de Point Spirit, fue el primero en saludarla. Se inclinó compungido y le palmoteó suavemente la rodilla, con un gesto amable en un rostro cubierto por un manto de tristeza y compasión. Alan Foster también estaba allí, junto a su madre y su tía. Elisabeth lo reconoció por el abrigo negro y la bonita bufanda de colores que solía llevar siempre que hacía frío. Vivía justo al lado y, cuando la enfermedad de Penny superó los límites que aquel hombre podía sobrellevar, pasó a ser el consuelo de su madre sin abandonar, no obstante, su papel de médico. Controlaba los latidos de Penny, la tensión, los grados de temperatura de su cuerpo y la ingestión de líquidos para que no se deshidratase.

—¿Cómo estás, pequeña mía? —inquirió Alan agachándose frente a ella—. Sabrás que puedes contar conmigo, ¿verdad?

—Gracias, Alan. Estoy bien.

—Robert... —El doctor dio la mano al reverendo y volvió a fijar la vista en Elisabeth—. Veo que han venido muchos familiares de tu difunto padre y casi todos tus vecinos —prosiguió con amabilidad—. Debes ser fuerte, Elisabeth. Recuerda todo lo que hablamos. ¿Lo harás?

Aquel hombre era quizá lo más parecido a un padre para ella. Apenas recordaría al suyo si no fuera por los peq

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