Sangre de mi sangre

Rebeca Tabales

Fragmento

Javier

Javier

Es una mañana de frío y sol en el patio del colegio. Javier está sentado sobre un muro, con una pierna a cada lado, como si montara un poni. Las gafas le quedan tan grandes que la montura enmarca sus cejas. Tiene esa expresión de los niños inteligentes que ya han conocido la ansiedad. Ve pasar una bandada de pájaros que vuela hacia el sur, dibujando una flecha entre las nubes. Es 16 de febrero. Recuerda que ese era el cumpleaños de su padre. Sacude un poco las piernas a un lado y a otro, pero al hacerlo siente que rebotan contra el muro y la mampostería se hinca en los tobillos desnudos, así que deja de hacerlo. No lleva calcetines. Su madre no ha puesto la lavadora, se le ha olvidado otra vez, y durante el recreo ha ido al baño y se ha quitado los que llevaba desde hace tres días, porque le dan asco. Abel diría que esas cosas son de mariquita. Se lo diría muy despacio y a la cara, para que se enterase bien. Muy cerca de la cara, oliendo a Cheetos. Se pregunta si su padre diría algo así. A su izquierda está la cancha; a la derecha, el patio de los pequeños. Todo desierto.

Ha sonado la campana y los niños se han abalanzado a la vez sobre una puerta estrecha que da entrada a las clases. Hay más puertas, no hay necesidad de atascarse ahí; lo hacen por la felicidad de provocar un tumulto y empujarse unos a otros. Lo hacen siempre. Pero él no ha entrado en clase. Hoy ha decidido que no le gusta la gente. Sabe que si le dijese eso a Abel le gustaría, le haría sonreír. Se enfadaría, porque él siempre se enfada, pero le gustaría, seguro. Algo llama su atención; es una paloma que revolotea, y el extremo de su ala gris entra y sale de la sombra. La mira y capta su último segundo en el aire, cuando estira las patas sobre el punto exacto de intersección entre una línea blanca del campo de fútbol y una línea azul del campo de baloncesto, y se posa con cuidado, como si se hubiera propuesto un aterrizaje meticuloso. Frente a él, en la pared, un grifo gotea lentas gotas atravesadas por el sol, como diamantes o lágrimas en un sueño, sobre una bandeja de piedra mohosa. De los baños llega un sutil pero persistente olor a orina.

Una figura se le acerca caminando desde la puerta de entrada. Al principio solo es una sombra alargada, como una llama negra que flota sobre el suelo, un efecto óptico, pero pronto se oyen sus pasos; son las suelas de unos zapatos de hombre, un hombre muy delgado que se aproxima. Ya no es una sombra, se perfilan las formas, se aprecian los colores; la camisa azul, la cara pálida, los ojos preocupados. Javier no nota su presencia, no se vuelve. El hombre tampoco lo llama. De pronto está detrás de él, le toca el hombro; el niño ni lo mira, el otro insiste. El hombre se lleva la mano a la cara para hacer un gesto que trata de llamar su atención, pero Javier echa una mirada fugaz, llena de fastidio, y dirige toda su atención a sus propias manos, extendidas sobre el muro como estrellas de mar, como algo que no fuese suyo. Estira y estira los dedos; los miembros de la estrella quisieran huir, regresar al mar. Su profesor, como un moscón, vuelve y vuelve sobre su hombro, y aprovecha los breves momentos en que responde a la llamada para mirarlo, para repetir ese gesto sobre la boca, algo que el niño debería entender y a lo que debería responder inmediatamente. Javier siente esa presión y la rechaza.

Se pone de pie sobre el muro y empieza a caminar hacia el borde, en dirección al grifo que gotea. Por un momento pierde el equilibrio y pone los brazos en cruz como un funambulista. Recuerda vagamente una valla de madera en la casa de un abuelo, algún abuelo que ya murió o que ya no va a verlos, hace muchísimos años, y de pronto recuerda una caída de esa valla, y cómo aquel abuelo le enseñó a mantener el equilibrio así. Le tocaba la barbilla para llamar su atención y estiraba los brazos. El abuelo de pelo gris, casi calvo, de su memoria estiraba los brazos y ponía un pie delante del otro, apoyando la punta del pie de atrás en el talón del de delante, para enseñarle cómo se hacía. Imitándolo, camina hacia el grifo, que no deja de gotear, y el profesor, maldito, plasta, le sigue y le sigue, le habla y le habla con sus manos y su cara, y gesticula como un loco al que hay que encerrar, como Abel.

Salta del muro al suelo, por el lado opuesto a su profesor, que pone los brazos en jarras sin saber ya qué hacer. De pronto alguna idea ilumina su cara y camina con más ánimo, rodea el muro y la emoción le hace tropezar levemente, pero al verle venir Javier vuelve a subirse. No parece importarle. Hay un «ya lo tengo» en su expresión, su columna se estira, sus pasos se dilatan, conoce a ese niño, va a cumplir con su deber. Llega hasta él y, por enésima vez, le toca en el hombro para que se dé la vuelta. Javier hace lo que se espera de él y se gira, pero se gira y salta sobre el profesor, se agarra a él como un simio, se aferra a su espalda donde clava sus dedos sin apenas uñas, el gesto de rabia de un niño al que su madre no ha lavado los calcetines, y le muerde en el cuello. Al principio muerde sobre la clavícula, pero al notar la dureza contra el hueso, mueve los dientes más arriba y los clava en blando, en la carne y las venas.

El profesor siente dolor, desde luego, pero lo más impresionante es el susto. Consigue meter sus manos por debajo de las axilas del niño e intenta quitárselo de encima, pero está agarrado con la intensidad de un parásito. Grita, grita sin decir palabras porque sabe que no sirve de nada y es solo un ruido gutural, poderoso y algo ridículo que celebra el propio horror y quiere dejarlo escapar, como un demonio que sale del cuerpo. Trastabilla y su espalda choca contra el grifo que sobresale de la pared del patio. Nota el golpe en la zona lumbar, las gotas que empapan su camisa. Los dientes y los dedos y las rodillas del niño siguen bien aferrados, y tratando de arrancarlo solo consigue que le duela más, nota cómo la piel se estira y se desgarra en un área muy pequeña, pero muy sensible, que siente arder. Entonces lo dice, pronuncia su nombre. Por muy civilizado que sea un ser humano, en momentos de colisión con otro siempre cree poder salvarse tratándolo como a un perro.

—¡Para! ¡Para! Javi, ¡vale!, Javier, ¡Javier!

Quisiera que la vibración de su voz le llegase a través de la carne y los huesos, que lo convenciera o, mágicamente, lo arrancase como una sanguijuela en sal. Es inútil. Las sacudidas de la invocación y el forcejeo lo hacen caer, deslizándose contra la pared. El grifo hincado en su piel traza un raíl de sangre, como el dedo de un bebé que dibuja en la arena, la arenisca produce otros arañazos paralelos. Está en el suelo, arrinconado. La sangre empieza a brotar. Ve las gafas de Javier junto a su pie, con una patilla rota.

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