Monteperdido

Agustín Martínez

Fragmento

 

El ciervo

—Deja que las niñas jueguen —le dijo Raquel.

Su hija había escalado un pequeño montículo hundiendo las manos en la nieve. Las huellas de su ascenso se habían convertido en diminutos agujeros negros. Una vez arriba, intentaba ponerse en pie sin perder el equilibrio. Extendía sus brazos en cruz, inestable. Amenazaba con caer al suelo en cualquier momento y bajar rodando por la nieve. Se reía.

Se reía como si fuera víctima de un ataque de cosquillas.

Sus botas de agua se hundieron hasta los tobillos y le dieron la sujeción suficiente para agacharse a recoger nieve y hacer una bola. Estaba nerviosa, como una mañana de Reyes, reía e intentaba darse prisa. La emoción la hacía torpe, y tan pronto llenaba sus manos de nieve, se le caía al suelo. Ana sólo tenía once años.

—Verás, al final se harán daño —refunfuñó Montserrat al sentarse junto a Raquel.

A los pies del montículo estaba la hija de Montserrat. Agachada, temía el impacto de la bola de nieve que Ana intentaba formar. Eran de la misma edad. Eran vecinas. Eran inseparables.

—Ha nevado mucho —le contestó Raquel—. Si se caen, no les va a pasar nada. Además, tienen la cabeza muy dura.

Aquella mañana, cuando Ana vio que la tormenta había cesado, entró en la cocina corriendo y exigiendo que su madre la llevara a jugar a la calle. Raquel estaba terminando de recoger el desayuno. Le prometió que lo haría, aunque habría preferido quedarse en casa, al calor de la calefacción. Antes de comer, fueron a la casa de su vecina, Montserrat. Ana corrió a buscar a su amiga en cuanto les abrieron la puerta. Batalla de nieve, gritaba.

Unos minutos después, Raquel y Montserrat paseaban con sus hijas. Las dos niñas, Ana y Lucía, correteaban unos metros por delante, embutidas en sus gorros, guantes y abrigos de plumas. Fucsia el de Ana, azul marino el de Lucía. Dos bolas chillonas y danzarinas moviéndose en zigzag sobre la nieve y que no pararon hasta llegar al parque.

El montículo al que había subido Ana era, en realidad, el tobogán, que había desaparecido bajo la nevada. En la cúspide, Ana lanzaba bolas de nieve e intentaba poner la voz tan grave como podía. Quería parecer un ogro, un monstruo malvado. Abajo, Lucía buscaba refugio tras los columpios, convertidos en parapetos blancos, helados.

El día había amanecido despejado, el sol se reflejaba en la nieve y le calentaba la piel a Raquel. Cerró los ojos y respiró con fuerza el aire que bajaba de la montaña: frío y limpio como un manantial. A su lado, Montserrat se encogía en el interior de su abrigo buscando calor.

No había silencio, sino un ruido agradable, suave. El murmullo del viento entre los árboles era una cama elástica sobre la que rebotaban las voces y las risas de las niñas. Raquel no tenía prisa. Recordó el olor de su cama, la piel de su marido abrazándola entre las sábanas al despertar.

El río descendía oculto por una fina capa de hielo.

El pueblo latía en silencio bajo la nieve. Regular, constante.

Un ciervo surgió entre los árboles que rodeaban el parque. Raquel abrió los ojos, como si hubiera notado su presencia. Tenía nieve en las astas, sobre el lomo. Dio unos pasos hacia ellas, ajeno a las niñas, sin miedo.

—No puede ser —murmuró Montserrat al ver cómo se acercaba.

Raquel le chistó para que no hiciera ruido ni llamara a las niñas. «No te muevas», le dijo. El ciervo caminó hasta donde estaban sentadas. Hundía ligeramente sus pezuñas en la nieve. El sol le daba a su pelo un tinte cobrizo. Le parecía más alto que ningún otro ciervo que hubiera visto antes. Un gigante. Cuando estaba a sólo unos metros, Raquel cerró los ojos de nuevo. Lo imaginó pasando a unos centímetros de ella, deteniéndose un instante para mirarla, para olerla. Pudo sentir su aliento. Como si fuera la respiración de ese pueblo, de esas montañas.

Cuando volvió a abrir los ojos, el ciervo ya no estaba.

Las niñas se lanzaban bolas de nieve entre risas.

Supo que esa imagen se quedaría grabada en su memoria. Que, con el tiempo, volvería a buscarla en sus recuerdos, como el que busca la protección del hogar.

Imagen

Monteperdido, conmocionado por la desaparición de dos niñas de 11 años.

Ana M. G. y Lucía C. S., de once años, salieron del colegio Valle del Ésera a las 17.00 del pasado jueves 19 de octubre de 2009. Siguieron el camino que hacían cada día de regreso a sus hogares, en la urbanización Los Corzos, a las afueras de la localidad oscense de Monteperdido. Sin embargo, nunca llegaron a casa.

 

«Sabemos que las primeras horas son fundamentales. No hemos podido hacer tanto como hubiéramos querido, pero seguiremos trabajando hasta que Ana y Lucía vuelvan a casa», ha indicado un portavoz de la policía que, además, ha negado que en el lugar donde se pierde el rastro de las niñas hubiera ningún signo de violencia que haga temer un final dramático.

Los padres de las niñas han rehusado hacer ningún tipo de declaración pública, aunque sí han transmitido su dolor e incomprensión a través de un portavoz de las familias. Sus hijas conocían perfectamente el camino, así que descartan la posibilidad de que se perdieran y se preguntan quién ha podido llevárselas. Una respuesta que esperan pronto puedan dar las propias niñas.

 

Un pueblo golpeado por la noticia

Monteperdido es un referente turístico por su espectacular naturaleza, entre dos parques naturales y los picos más altos de los Pirineos. Ana y Lucía eran bien conocidas por los vecinos del pueblo. Buenas estudiantes y vecinas puerta con puerta, Ana y Lucía eran, además, inseparables.

Aunque los vecinos hacen lo posible por ayudar, cierta impaciencia se empieza a apoderar del pueblo ante la falta de resultados. Nadie vio ni oyó nada y es como si las dos niñas simplemente se hubieran esfumado. La Guardia Civil ha desplazado a varios agentes especializados en la desaparición de menores de edad para que lideren la investigación.

«Sabemos que es difícil, pero pedimos paciencia y respeto a las familias —ha señalado uno de los agentes recién incorporados—. La situación es traumática y esperamos poder resolverla cuanto antes y, para conseguirlo, necesitaremos todo el apoyo, tanto de vecinos como de medios de comunicación.»

«Queremos creer que las niñas están bien. A esa esperanza es a lo que nos agarramos», ha confesado un familiar cercano a las niñas. Una esper

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