El juego de Gerald

Stephen King

Fragmento

1

Jessie oía el ligero e irregular batir de la puerta trasera, impulsada por el viento de octubre que envolvía la casa. La jamba se hinchaba siempre al llegar el otoño y había que dar un tirón realmente enérgico para que la puerta quedase bien cerrada. En aquella ocasión, se les había olvidado. Pensó en decirle a Gerald que fuese a encajarla como era debido antes de que se metieran en harina o de que aquel repiqueteo acabase por volverles locos. Luego se le ocurrió que eso resultaría de lo más ridículo, dadas las circunstancias. Destrozaría todo el encanto.

«¿Qué encanto?» Ésa era una buena pregunta. Y cuando Gerald introdujo la tija del llavín en la segunda cerradura, cuando oyó el leve chasquido metálico por encima de su oreja izquierda, Jessie comprendió que, al menos para ella, el encanto era algo que ya no merecía la pena preservar. Precisamente por eso se había dado cuenta, para empezar, de que la puerta no estaba bien cerrada. El hechizo, la excitación sexual de aquellos juegos de amo y esclava no duró mucho para Jessie.

Sin embargo, no podía decirse lo mismo respecto a Gerald. En aquel momento sólo llevaba encima unos pantalones cortos «Jockey» y Jessie no tuvo más que alzar la vista hasta su rostro para percatarse de que el interés de Gerald se mantenía firme.



«Esto es una estupidez», pensó Jessie, pero todo aquel asunto, no sólo era estúpido. También resultaba un poco pavoroso. No le gustaba reconocerlo, pero era así.

—Gerald, ¿por qué no nos olvidamos de esto?

El hombre titubeó un segundo, ligeramente fruncido el entrecejo, y luego cruzó el dormitorio y se llegó al tocador situado a la izquierda de la puerta del cuarto de baño. Se le iluminó un poco el semblante. Jessie le observó desde la cama, donde estaba echada, con los brazos levantados y extendidos, lo que la confería cierta apariencia de Fay Wray encadenada y a la espera del gran simio de King Kong. Tenía las muñecas sujetas a las columnas de caoba de la cama mediante sendas esposas. La cadena de los grilletes permitirían a cada una de las manos un movimiento de unos quince centímetros. No gran cosa.

Gerald dejó las llaves encima del tocador —dos chasquidos apenas perceptibles, pero el oído de Jessie parecía excepcionalmente agudo para tratarse de un miércoles por la tarde— y regresó junto a Jessie. En la blancura del alto techo de la alcoba, por encima de la cabeza de Gerald, se reflejaba el baile sinuoso de las ondulaciones que el lago dibujaba en su superficie.

—¿Qué te parece? Para mí, esto ha perdido una barbaridad de su encanto.

Prudentemente, Jessie se abstuvo de añadir: «Y lo cierto es que, para empezar, nunca tuvo mucho».

Gerald esbozó una mueca. Tenía un rostro ancho, de piel rosácea, bajo una cabellera negra como el azabache y cuyas entradas laterales hacían que el pelo rematase en punta sobre la frente. Aquella mueca de Gerald, que no llegaba a sonrisa, tenía algo que a Jessie no le gustaba. No podía determinar qué era ese algo, pero...

«Ah, claro que puedes determinarlo. Le da aspecto de estúpido. Una se percata de que su coeficiente intelectual desciende diez puntos por cada dos centímetros y medio que se amplía la sonrisa. En la extensión máxima de la  mueca, este precioso abogado de empresas tuyo parece un portero que acaba de salir con permiso del instituto mental del pueblo.»

Era cruel, pero no del todo inexacto. Claro que, ¿cómo iba una a decirle al esposo con el que lleva casada cerca de veinte años que cada vez que pone esa mueca en sus labios da la impresión de que sufre un ligero retraso mental? La respuesta a esa pregunta era evidente, desde luego: una no se lo decía y en paz. La sonrisa de Gerald era una cuestión completamente distinta. Su sonrisa resultaba encantadora... Jessie suponía que fue aquella sonrisa, tan afectuosa y alegre, lo que la animó a empezar a salir con él. Le había recordado la sonrisa de su padre cuando, en familia, contaba las anécdotas divertidas de la jornada mientras bebía la tónica con ginebra previa a la cena.

Pero aquello no era la sonrisa. Era la «mueca», una versión de la sonrisa que Gerald parecía guardar exclusivamente para aquellas sesiones. Jessie tenía la idea de que, para Gerald, que estaba dentro de ella, la mueca equivalía a sentirse cruel. Despiadado, quizá. Sin embargo, desde donde ella le miraba, tendida allí, con los brazos alzados por encima de la cabeza y cubierta nada más que por la pieza inferior del bikini, a Jessie le parecía simplemente idiota. No, mejor dicho... retrasado. Después de todo, no era ningún temerario aventurero, como los que aparecían en las revistas masculinas sobre las que había proyectado los desahogos furibundos de su solitaria pubertad de adolescente gordinflón; era un abogado de cara rosácea y demasiado grande, coronada por una cabellera rematada en punta y que decrecía implacablemente hacia la calvicie total. Sólo un abogado cuya erección deformaba la parte delantera de los pantalones cortos. Bueno, la deformaba pero sólo un poco.

Sin embargo, las proporciones de la erección no eran lo importante. Lo importante era la mueca. No se había alterado lo más mínimo, lo cual significaba que Gerald pasó por  alto las palabras de Jessie. Se daba por supuesto que la mujer tenía que protestar; al fin y al cabo, eso formaba parte del juego.

—¿Gerald? Hablo en serio.

La mueca se amplió. Aparecieron a la vista unos centímetros más de su pequeña e inofensiva dentadura de jurisconsulto; su coeficiente intelectual descendió veinte o treinta puntos. Y continuó sin hacer caso a Jessie.

«¿Estás segura?»

Lo estaba. No podía leer en él como en un libro abierto —parece que se precisan más de veinte años de matrimonio para alcanzar ese punto—, pero pensaba que, normalmente, solía tener una idea bastante acertada de lo que pasaba por la mente de Gerald. Jessie creía que, de no tener esa idea, estaba expuesta a recibir algún golpe bastante serio.

«Si eso es verdad, querida, ¿a qué se debe el que él no pueda leer en ti? ¿Cómo es que no se da cuenta de que ésta no es simplemente una escena nueva de la misma vieja farsa de sexo?»

Le tocó a Jessie el turno de enarcar las cejas ligeramente. Siempre había oído voces dentro de su cabeza —sospechaba que eso le ocurría a todo el mundo, aunque por regla general la gente no hablaba de ello, como tampoco hablaba de sus funciones intestinales— y la mayoría de esas voces eran viejas amistades, tan confortables como las zapatillas que se usan para saltar de la cama. Ésta, sin embargo, era nueva... y no tenía nada de confortable. Se trataba de una voz fuerte, de sonido joven y vigoroso. Y también parecía cargada de impaciencia. Volvió a oírla, en respuesta a su propia pregunta.

«No es que él no pueda leer en ti; es que a veces, querida, no quiere hacerlo.» —Gerald, de verdad... no me apetece. Anda, coge otra vez las llaves y suéltame. Haremos otra cosa. Me pondré encima, si lo deseas. O puedes quedarte tendido, con las manos en la nuca y te dedicaré, ya sabes, el otro numerito.



«¿Estás segura de que quieres hacer eso?», preguntó la nueva voz. «¿Estás segura de que quieres tener relación sexual de algún tipo con este hombre?»

Jessie cerró los ojos como si al apretar los párpados silenciara aquella voz. Cuando volvió a abrirlos, Gerald se encontraba a los pies de la cama, con la parte delantera de los pantalones cortos descollando como la proa de un barco. Bueno... como la de un barquito de juguete infantil. La mueca se había ensanchado más y dejaba a la vista las últimas piezas —las de los empastes de oro— de los lados. Jess

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