A los ojos de Dios

Domingo Terroba

Fragmento

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A los ojos de Dios

Primera edición: 2021

ISBN: 9788418665769
ISBN eBook: 9788418665271

© del texto:

Domingo Terroba

© de la imagen de cubierta:

Nirbheek

© del diseño de esta edición:

Penguin Random House Grupo Editorial
(Caligrama, 2021

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Impreso en España – Printed in Spain

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Y Dios le ordenó a Abrahán:

—Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas, y ve a la región de Moria. Una vez allí, ofrécelo como holocausto en el monte que yo te indicaré.

(Génesis 22:2)

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Prólogo


Shelburne, Vermont, 2019

«A juzgar por su apariencia, debió de haber pasado bastante tiempo viviendo como un animal en el bosque. Fue entonces cuando le conocí. Leí sus informes clínicos tantas veces como lo necesitaba o como mi curiosidad me empujaba a hacerlo. Era un caso fascinante de estudio. Un desafío para la psiquiatría. Estoy convencido de que cualquiera de mis colegas hubiera deseado tener algo así en sus manos alguna vez».

La primera vez que leí su carta fue cuando me dieron el alta. Luego, la guardé en un lugar seguro e intenté olvidarme de ella. Justo ahora, acabo de encontrarla trasteando entre mis cosas.

«Después del incendio hay un tiempo del que poco o nada sabemos, solo que emprendisteis una huida hacia lugares de los que no ha quedado constancia. Tu historia comienza a escribirse a raíz de tu posterior ingreso en el psiquiátrico, donde fuimos recopilando información a través de los escasos recuerdos que iban emergiendo a tu memoria».

Todavía hoy sigo teniendo lagunas en mi mente que no me permiten asomarme a esa parte de mi pasado reconstruido con remiendos en largas horas de terapia. A veces, siento impulsos que me empujan a indagar en ese espacio gris del cerebro donde mi mente se pierde, pero el intento me detiene. No sé si es rechazo o miedo inconsciente a tropezar con emociones que pudieran herirme. Por ahora, prefiero seguir moviéndome por el mapa que los médicos han dibujado en mi mente; un lugar más seguro, aunque haya momentos en los que me intuyo al borde de un precipicio.

«… a partir del instante en que rompiste con la realidad, tu yo hizo una retirada, se alejó de la conciencia permitiendo así que otras identidades tomaran el control. La realidad que vivías no era más que un ensueño perfectamente elaborado por tu mente enferma. Yo sabía que era casi imposible llegar a abrir esa puerta de tu cerebro donde te habías encerrado, pero nunca perdí la esperanza, como tampoco el deseo de rescatarte algún día de esa oscuridad. Ahora me alegro de mi tenacidad y doy por válidos todos estos años de intenso trabajo de los que, sin lugar a duda, me siento satisfecho. Pero soy hombre de ciencia, conozco los entresijos de la mente, y una recaída entra dentro de posibilidades que no descarto. También es cierto que tu cerebro cuenta ahora con recursos de defensa que no tenía antes. Te hemos enseñado a utilízalos. Haz uso de ellos si llegara el caso».

No tengo la más remota idea de lo que ocurrirá en adelante. Solo sé que he reconstruido mi vida como he podido, con lo poco o mucho que mi mente me ha permitido quedarme. Mi pasado continuará siendo una parte de mí no resulta, una grieta por donde a veces estaré tentado de asomarme, aunque sé que es una fisura que conduce a los años perdidos, a los días no vividos de forma consciente, a un infierno en llamas que aún continúa ardiendo bajo las capas de mi memoria. Pero ocurre que sin esa parte de mí mismo me siento incompleto. A medias, como una de esas esculturas mutiladas y sin acabar del todo.

«El correr de los días es lo único que importa», oigo un ronroneo dentro de mi cabeza que calla las voces. Vuelvo la vista hacia la chimenea y veo cómo las llamas van devorando un trozo de papel que he guardado durante años. Quiero pensar que ya no lo necesito. Que para mí ese tiempo ya no cuenta, aunque intuya que sigue vivo en alguna parte.

A_los_ojos_de_Dios_v1.2-4

PARTE PRIMERA

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1.
Shelburne, Vermont, 1974

Aaron observa a Ishbel durante breves segundos y en completo silencio desde el umbral de la puerta. Sin hacer apenas ruidos y sin atreverse a articular palabra, da unos pasos al frente y se acerca a ella despacio, con cuidado de no sorprenderla. Sabe que aún es pronto, que las heridas tardan en cerrar y que la mano del tiempo es tan imprescindible como necesaria. Ishbel, sin embargo, no parece hacer mejoras significativas desde que volvió del hospital hace ahora apenas una semana y media, señal que Aaron observa con creciente inquietud a medida que pasan los días. A pesar de lo ocurrido y consciente de los duros momentos por los que atraviesan, hay instantes en los que le cuesta reconocer a la mujer con la que lleva compartiendo diecisiete largos años de su vida. La mira y le parece como si otra conciencia se hubiera adueñado de su mente, manejando sus emociones y arañando inquietudes a las que él solo puede acceder a través de vacilaciones. No es la primera vez que Ishbel cae de lleno en la tristeza. La melancolía ha sido una señal de identidad a lo largo de toda su vida, parecida al gris de sus ojos o al deseo de buscar la soledad aun cuando no hay razón aparente para aislarse. Aaron sabe que la vida de su mujer no ha sido fácil. Ella misma lo ha dicho en ocasiones puntuales, aunqu

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