Carne de primera

Rafael Estrada

Fragmento

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1
El camino a Los Infiernos

Para ir a Los Infiernos, basta con girar a la derecha en el kilómetro 6 de la RM-19, la autovía que conecta San Javier con la A-30 en dirección a Murcia; después de pasar la rotonda, hay que desviarse en la primera salida y recorrer dos kilómetros y medio de asfalto irregular, rodeado de campos polvorientos e invernaderos de plástico. Allí, el silencio se extiende hasta donde llega el oído, y pueden alcanzarse, en pleno verano, las elevadas temperaturas que avalan su nombre.

Cuando Gustavo tomó el desvío eran las dos de la mañana. Le acompañaba una joven que había conocido esa misma noche, pocas horas después de que Tati le hubiera dejado. Estaba oscuro, porque los caminos rurales no suelen disponer de alumbrado; la única iluminación era la de los faros de la furgoneta, que circulaba por el centro de la vía invadiendo el carril izquierdo. Entre risas y caricias dejaron atrás la primera curva, el vehículo se detuvo a la izquierda de la cuneta, señalando con los faros unos arbustos resecos y una lona de plástico que alguien había tirado en el descampado. Se besaron. Iba un poco bebido, contento de haber conocido a alguien que le ofreciera compañía en aquellos amargos momentos. Ella tenía unos ojos burlones, manos juguetonas y labios con sabor a ginebra. Justo lo que necesitaba. Después de todo, encontrar compañía que te brinde consuelo cuando tienes el corazón roto es un pequeño milagro que la química explica: se liberan endorfinas, los niveles de dopamina suben y el cuerpo experimenta la euforia. Podría haber ido a ensayar, a fumar unos petas con los amigos, haberse hartado a reír y el efecto sobre su estado de ánimo habría sido el mismo. Todos sabemos que un pensamiento regulador, en ocasiones, puede ayudar a mantener el rumbo; pero Gustavo no quería eso y eligió tomar el camino de la autocompasión. Aunque sabía que su relación con Tati no había tenido mucho sentido, decidió abandonarse a la desesperación y representar su particular melodrama ante el mundo.

¿Cuándo se quedó dormido?

No parece un dato que importe demasiado ahora. Lo que sí está claro es que no supo ver el peligro, mientras saboreaba su desconsuelo escuchando la música llorona de Muse, con los auriculares puestos y su cara de pena bien a la vista. Dos personas sentadas en un chiringuito, bebiendo en la playa cuando el sol se pone, y las miradas se cruzan demasiadas veces y una sonrisa aparece y la primera palabra… ¿Quién la dijo? ¿Quién transformó un momento triste y vacío en otro cargado de expectativas? Lo cierto es que la furgoneta se encontraba allí mismo, tan acogedora, con esas cortinas fruncidas de nubes azules y rosas, que solo tuvo que mencionar la botella de ginebra helada para convencerlo: «Nos vamos, que conozco un sitio… Ya verás». Y fueron al sitio. Y vio… Era viernes cuando se conocieron y sábado cuando ella le robó el corazón, un corazón cuyo valor en el mercado alcanzaría los ciento cincuenta mil euros. Nadie sabría jamás que estaba emocionalmente roto, ni el cirujano encargado del trasplante, ni el afortunado receptor. Solo lo sabía Tati, que le había visto llorar desesperado tan solo unas horas antes; y ella, la que le tendió la trampa, porque el propio Gus se lo había contado mientras estaba siendo acechado. Pero, ¿a quién le importaba ya? A Gustavo no, desde luego. Tirado a cincuenta metros del camino, con el pecho abierto y la mirada vacía, parecía resignado. Definitivamente, ni lo suyo eran las mujeres, ni aquel había sido un buen día.

Al menos no estaba solo bajo la lona de plástico. Recostado sobre unos rollos de tubos de goteo, se había convertido en ecosistema anfitrión y empezó a recibir visitas, atraídas por el olor que liberaba el cuerpo. Primero vinieron las moscas, que revolotearon nerviosas a su alrededor, abanicándole el rostro con sus diminutas alas, buscando los mejores sitios donde depositar sus huevos; después fueron las hormigas y los escarabajos, inspeccionando uno por uno todos los orificios a su alcance; una araña se movía por el pelo, explorando el lugar donde establecer su nido, atenta al culebrear de un ciempiés con el que no deseaba competir en esos momentos. Una rata salió de la cavidad abdominal con un trozo de hígado, nerviosa, ante la presencia de un cuervo que picoteaba la lona para poder acceder también a su parte. Algunos grillos cantaban, mientras los ácaros, monstruosos y diminutos al mismo tiempo, se hacían un sitio en el dorso de los brazos y las piernas…

Entonces, la pantalla del móvil de Gustavo se encendió, el dispositivo vibró, y el silbido de la melodía de Rammstein anunciando un nuevo mensaje creó un breve desconcierto. Fue una parada del mundo apenas perceptible…

El mensaje era de Tati y decía: «Te gustaría q t komieran a ti, cabrón?»

… Después, se reanudó la actividad.

Silenciosos y elegantes, como sueños extraviados de la noche, los gatos del lugar vigilaban indiferentes el festín.

No tardaron en aparecer los perros…

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2
Redada

El lunes por la mañana, el Grupo de Homicidios de la Policía Judicial de Cartagena se encontraba casi al completo. Los ordenadores estaban encendidos, el aroma del café se mezclaba con el humo de los cigarrillos, las ventanas estaban abiertas y las mesas repletas de papeles, los que se movían y los que permanecían quietos durante semanas o meses, envejeciendo y acumulando polvo. El ventilador giraba a un lado y a otro, creando la ilusión de que la mañana era fresca a intervalos. La inspectora Marín discutía con Marcelino Barba sobre trienios y complementos; cuando salió a relucir el recorte de la paga extra, el inspector jefe pensó en los regalos de Navidad de sus hijos, resopló como un toro, estrujó con su manaza el temario que estaba estudiando para acceder a comisario y la madera de la mesa crujió. Paco Garrido miraba con cara de asco a Said Garuso, el informático encargado del mantenimiento de la comisaría, delgado, fibroso, con atuendo punkarra y un tatuaje tribal en el cuello, que se perdía bajo la camiseta. Como tenía los ojos saltones y no paraba de asombrarse con lo que le contaba Adolfo, daba la impresión de que se le iban a caer al suelo de un momento a otro. Esa mañana estaba tardando demasiado el comisario, lo que no era habitual porque nunca se saltaba la rutina, de manera que las historias se sucedían y el informático parecía cada vez más excitado.

—¿Te estás quedando conmigo? —preguntó con la mosca detrás de la oreja.

—Ocurrió tal y como te lo he contado —respondió Adolfo.

—¡Venga ya…! —Garuso dio un revés con la mano al aire—. Te estás quedando conmigo.

—¡Que no, coño!

—¿Y dices que los detuvo el nuevo, el de la perilla?

—Paco estaba con él. —Adolfo le señaló con la barbilla—. ¿Es verdad o no es verdad?

Paco asintió con desgana.

—¿Qué pasa, tío, que no lees los periódicos?

Como era verdad que no leía los periódicos y el tema ya

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