En plena noche

Mikel Santiago

Fragmento

El primer recuerdo es la línea de la carretera. Era como una larga serpiente de neón blanco y, joder, si te fijabas, hasta tenía escamas. Los faros del coche la iluminaban y yo la seguía con la mirada, esperando que en algún momento llegaríamos a ver su gran cabeza. Me la imaginaba como una víbora albina de ojos rojos y sonrisa terrorífica. Así que al principio la estuve mirando no sé cuánto. Diez minutos o media hora. No sabría decirlo.

También empecé a darme cuenta de que iba sentado en la parte trasera de un coche. No conducía, como después se dijo. Eso hubiera sido sencillamente imposible porque acababa de despertarme y además iba drogado. Tenía los ojos entreabiertos, pero la cabeza aún ladeada sobre el cuello, y miraba por la ventanilla del pasajero, como si tal cosa, observando la línea de la carretera y alucinando con la serpiente.

Escuchaba cómo el motor subía de revoluciones, una curva detrás de la otra, y la serpiente se deslizaba a nuestra par, con una perfección épica. Ya digo que iba bastante drogado.

Vale, más cosas: había gente ahí dentro, compañeros de viaje. Nadie hablaba. En el puesto de copiloto iba una chica. Su larga melena castaña se derramaba sobre la hombrera de una chaqueta de cuero. ¿Lorea? Desde luego, era la forma de su cabeza. También parecía mareada o dormida, cabeceaba cuando tomábamos cada curva.

«Lorea», intentaba llamarla. «Cariño, ¿qué hacemos aquí?»

Extracto del documental En plena noche

Primera parte

PRIMERA PARTE

1999

Se salvó porque llevaba unas zapatillas blancas.

Así de sencillo. Unas zapatillas blancas. Un detalle tan idiota puede decidir si vives o mueres.

De haber llevado unos botines negros, o un zapato marrón oscuro, por ejemplo, el Volkswagen Passat lo habría estampado a cien kilómetros por hora, y posiblemente reventado como una sandía sobre el asfalto. Pero aquel «aparecido» llevaba unas zapatillas blancas, en concreto unas Nike Court Royale, que además estaban nuevecitas. Y ese perfectísimo blanco con olor a nuevo fue lo que reflectó la luz de los faros, en aquella carretera de pueblo, a las cuatro y pico de la madrugada del domingo 17 de octubre de 1999, salvando de una muerte posiblemente horrible a aquel chico que surgió de la nada.

El coche lo conducía un tipo llamado Jon Beitia, que por lo demás es irrelevante para nuestra historia. Beitia volvía conduciendo tras pasar una noche de fiesta en Bilbao, junto con su hermano y dos amigos, y era el que menos cocido iba. Pero iba cocido. En 1999 la concienciación sobre beber y conducir estaba a medio desarrollar y a Jon, tras el test de alcoholemia que se le realizaría más tarde, le esperaban unos cuantos años de moverse en bicicleta. En cualquier caso, a pesar de las seis o siete cervezas de más, su cerebro funcionó bastante rápido.

«Eran solo un par de cosas blancas detenidas en medio de la oscuridad», dijo en el atestado. «No sé ni cómo me di cuenta.»

A cien kilómetros por hora y con un nervio óptico cansado y alcoholizado, todo ocurrió en milésimas de segundo. Los faros del Volkswagen Passat iluminaron aquellas zapatillas blancas. Tras un mensaje del nervio óptico al sistema límbico, el cerebro declaró la «alarma total» y actuó impulsivamente y con energía. Jon lanzó la pierna derecha para pisar el freno, tan fuerte que le dolería durante un par de días, y el Passat de su padre, que tenía los frenos recién revisados (en el taller Gardeazabal, Illumbe) frenó enseguida, aunque no lo suficiente como para evitar el golpe.

El impacto —según el informe— ocurrió a unos veinte kilómetros por hora. Es más o menos la velocidad que coge una bici si pedaleas con algo de brío, pero, claro, aquello no era una bici, sino un coche de tonelada y media. El chico que había surgido de la nada estaba quieto, de pie sobre sus zapatillas blancas, y tan solo llegó a extender los brazos para protegerse de manera instintiva. Recibió el impacto, cayó hacia atrás y se golpeó la cabeza en el suelo. BAM.

Mientras que Jon había tenido al menos un segundo para prepararse, las tres personas que viajaban con él sufrieron las consecuencias en grado diverso. Iñaki L. —que viajaba de copiloto y nunca se ponía cinturón porque «no creía en las imposiciones»— se estampó contra el salpicadero. Una fractura del tabique nasal le recordaría a partir de entonces que la DGT no dice las cosas por tocar los huevos. Alicia, la novia de Iñaki, que era más lista y viajaba con el cinturón puesto, tan solo se derramó una cerveza que llevaba en la mano sobre los vaqueros. Andoni Beitia, el cuarto pasajero, que también pasaba del cinturón pero iba medio tumbado, se dio de bruces contra el respaldo de su hermano Jon. El cigarrillo que se le consumía entre los labios cayó en el suelo del coche e hizo un bonito agujero en la alfombrilla, aunque por suerte el informe de daños en el interior del vehículo terminó ahí.

Después de un grito y otro, y otro más, todo quedó en silencio. Jon Beitia, con las manos fundidas en el volante, el pie clavado en el freno, sentía una terrible frialdad que le bajaba por la nuca. Cuando matas a alguien de esa forma, tu vida se acaba también. Quizá algún día vuelvas a ponerte en pie y caminar, pero a efectos de la felicidad y la cordura estás tan muerto como tu víctima, y eso es lo que empezó a sentir por la nuca: el tacto de la muerte.

Mientras sus amigos comenzaban a reaccionar y preguntaban qué había pasado, él no se atrevía ni a mirar.

—Lo he matado. He matado a alguien.

Iñaki estaba chorreando sangre por la nariz. Alicia se apresuraba a pasarle unos clínex. Solo Andoni parecía haber escuchado las palabras de su hermano pequeño.

—¿Qué?

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