En el fondo del vaso

Daniel González

Fragmento

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Capítulo 1

Vitoria, jueves 27 de octubre de 2011

Rubén Alday levantó la vista de la hoja emborronada de su cuaderno moleskine para encontrarse la mesa de enfrente completamente vacía. Solo la copa abandonada indicaba que hasta hacía poco había estado ocupada, probando que ella no era un espejismo. Triste, como él la había apodado al descubrirla en el bar una lejana tarde de enero, seguía fiel a su costumbre de esconderse de la soledad tras las tapas de un libro mientras dejaba aguar su copa, aprovechando que hasta las cinco y media el Kupula era el lugar más tranquilo que se podía encontrar en Vitoria.

Para él la joven era un atractivo más del bar, una estampa que contemplar con disimulo mientras esperaba que la inspiración se animase a volver. Habitual del local y su surtido de bebidas, el escritor había encontrado en el espionaje a Triste una forma mucho más agradable de olvidar sus frustraciones que vaciar vaso tras vaso, hasta el punto de que su marcha con la cabeza gacha le dejaba siempre con la misma sensación que la falta de alcohol. Empezaba a asumir que dependía demasiado de su presencia y, aunque intentase restarle importancia, era incapaz de imaginar una tarde sin ella.

De entre todas sus virtudes Rubén adoraba su exquisito gusto a la hora de escoger libros. Ella prefería títulos truculentos en lugar de empalagosas novelas románticas, sin duda porque la joven ya había visto que la vida no era de color de rosa. Él estaba siempre atento para descubrir los momentos en los que Triste cogía un bolígrafo de diseño y garabateaba un par de palabras en su diario, seguramente impresiones suscitadas por la apasionante lectura. Cada vez que la veía hacerlo una duda se arrastraba hasta su mente. ¿Sería también escritora?

«Posiblemente», se dijo a sí mismo. Al fin y al cabo, los mercenarios de las letras eran más propensos a vivir de forma intensa los puntos y finales de su vida. «Jugamos con el destino de los personajes a nuestro antojo sin darnos cuenta de que en realidad somos marionetas de nuestra propia historia», había comentado en alguna de las entrevistas que solía conceder cuando su nombre aún conservaba algo de prestigio, la gente reclamaba su autógrafo y era capaz de escribir más de diez líneas seguidas sin perder la paciencia y empezar a tachar palabras.

Triste era la única persona que conseguía devolverle la inspiración y llenar su vacío, aunque esa curiosa musa sugería cualquier cosa menos la novela que su editor ya había dejado de reclamar. Nada más pensar en ese apagón creativo su mano partió en busca de la copa de martini que había amenizado la infructuosa jornada de trabajo. La acercó hasta sus labios, pero los hielos chocaron contra los dientes, advirtiendo que el licor se había extinguido.

«Todo vacío», masculló. Su mente, su copa, su corazón… Empezaba a sentir el efecto de la depresión empañándole de nuevo los ojos y se vio incapaz de hacer frente a la tristeza. Necesitaba su medicina, ese dulce sustituto de la alegría que aliviaba momentáneamente la soledad. Divisó la barra desierta desde su atalaya y bajó a toda prisa los tres peldaños de la escalera para reclamar su dosis a Víctor. Rubén sabía que con el camarero no hacía falta el trámite de pedir una copa. Él le conocía bastante bien, quizá demasiado, y en cuanto se hizo con un taburete el nuevo martini le estaba esperando.

—¿Has dejado que se te escape? ¿Otra vez? —preguntó nada más ver la mirada mustia de su cliente más fiel. Flexionó los dedos, dejó la botella junto a la cafetera y apoyó el codo en la brillante superficie de la barra—. ¿Cómo es que alguien con tantos recursos como tú es incapaz de encontrar una excusa para hablarle?

El barman conocía la secreta obsesión de su amigo desde que en febrero se atrevió a reconocer que le atraía la joven. Ese día le sometió a un tercer grado en busca de información sobre la misteriosa dama. Víctor sabía tan poco como Rubén, salvo que la chica era de rutinas fijas. Siempre la misma mesa, dos copas por tarde y un «hasta luego» con voz muy débil al marcharse. «Tal para cual», pensaba, deseoso de que ambos encontrasen la ocasión de cruzar unas palabras.

La mirada del escritor respondió por sí sola con un movimiento de cejas que intentaba expresar resignación. Rubén había asumido que era un despojo de lo que en otros tiempos se habría considerado galán de medio pelo. Su vena irónica se había ido apagando por falta de uso, la barba de casi un mes y el traje arrugado alertaban de que su dueño llevaba una buena temporada residiendo en el pozo de las frustraciones, y el pelo se negaba ya a aceptar las imposiciones del peine. Para colmo, el olorcillo a alcohol que llevaba como perfume y el temblor de sus manos le convertían en alguien del que escapar. Sabía que si Triste le miraba solo sentiría compasión.

—Quizá, algunas personas estamos destinadas a ver la felicidad desde el segundo anfiteatro…

—Última fila... Rubén, no empieces, esa cantinela ya me la conozco y no voy a consentir que me la repitas. ¿Crees que te mereces este autocastigo? —El reproche evidenciaba su malestar con la actitud abatida del novelista. Víctor apreciaba a su viejo amigo y por eso se negaba a dejarle continuar avanzando en esa espiral de negación—. Si no lo intentas no lo vas a conseguir. Así de claro. Y tú puedes, Rubén.

—¡Por supuesto! Puedo acercarme a ella y ofrecerle una visita guiada por mi infinita colección de fracasos. Creo que será todo un placer sentir el dulce tacto de su mano contra mi mejilla. —Remató su contestación con un largo trago a la copa.

—¿Acaso no crees en ti mismo? Joder, antes eras el hombre más seguro de toda la ciudad, pero ahora ni siquiera confías en un consejo de amigo. Rubén, por Dios, estoy harto de ver tu mirada lastimera cada vez que ella se va. Y lo peor es que es la misma que pone esa chica cuando nota que tú no te levantas para coger su brazo y confesarle que no puedes vivir sin ella.

En ese momento, Rubén se quedó sin palabras. ¿Podía tener razón? Había fantaseado tantas veces con que ella sintiese lo mismo que él… Pero la posibilidad de que Triste huyese con el miedo grabado en sus pupilas influía más en su cobardía que la esperanza de que pasase todo lo contrario.

—¿De verdad crees eso?

—Sí. Pero aquí lo importante es que tú también lo pienses, porque no vas a tener toda la vida para comprobar si mi teoría es cierta. Así que hazte un favor y ven mañana con la mejor de tus sonrisas, un buen surtido de esas frases con las que derretías a los lectores desde el primer párrafo y un chute de confianza en ti mismo.

El tono de Víctor había sido firme, tan autoritario que al escritor no le quedó otra opción que prometer que lo intentaría. Y por primera vez en mucho tiempo ese gesto no fue para librarse del sermón. «Puedo lograrlo», se dijo antes de coger la copa y vaciarla en un suspiro.

Al contrario que en sus anteriores intentos de volver a ser el de antes, en esta ocasión Rubén no había perdido la valentía tras la primera media hora de férrea convicción. La evidencia de que su actual estilo de vida solo le conducía al desastre se había instalado en su mente, obligándole a improvisar sobre la marcha posibles soluciones que le ayudasen a cambiar de forma radical.

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