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Para mi madre. Por leer todos mis cuentos y escuchar todas mis historias.
Por enseñarme que leer es viajar
Some things you’ll do for money and some
you’ll do for fun
But the things you do for love
Are gonna come back to you one by one.
«Love Love Love.» THE MOUNTAIN GOATS
Prólogo
Nunca pensó que se pudiera tener tanto miedo. Que su mundo pudiese desmoronarse en cuestión de segundos. Que pudiera sentirse tan ajena a su cuerpo, como si contemplara la escena desde fuera. Desearía estar en cualquier otro lugar del mundo. Pero estaba allí, en el jardín. Contemplando cómo todo ardía frente a sus ojos, cómo se desvanecían los últimos capítulos de su vida igual que la luz de aquel día dejaba paso a la oscuridad. Le hubiera gustado ser capaz de analizar la situación, pero tenía tierra en la boca, en los ojos, no podía concentrarse. Tenía miedo. Un miedo que la consumía, ¿qué ocurriría después?, ¿qué sería de ella? Apenas tenía respuestas. Sentía las piernas débiles, el cuerpo caliente como si sufriera una extraña fiebre. Quería huir, salir corriendo de allí y no volver la vista atrás. Abandonarlo todo, correr hasta que no pudiera más, hasta que se desmayara. Y, sin embargo, permanecía anclada al suelo del jardín.
No dejaba de pensar en lo que había pasado, las escenas de los últimos días se repetían una tras otra en su cabeza. Buscaba una explicación coherente para lo ocurrido, el punto exacto en el que se había desatado la locura. Hacía un rato que se había quedado sola junto al fuego y, sin embargo, era incapaz de saber cuánto tiempo llevaba allí sentada.
Escuchó música a lo lejos, el tocadiscos estaba encendido. Una canción en inglés flotaba en el aire. No la reconoció. Pero en aquel momento le pareció una melodía siniestra. Se quedó allí mirando la hoguera absorta, sola. Se preguntó una y otra vez qué podría haber hecho para que todo fuera diferente, si hubiera podido cambiar algo. Se odiaba. Se odiaba por no haber visto lo evidente, por haberse dejado engañar, por haber sido tan ingenua. Acarició el collar que llevaba en el cuello, sentía que ahora le quemaba como si estuviera al rojo vivo. Sólo tocarlo desencadenaba una tormenta en su mente.
—Se está haciendo de noche —dijo una voz a su espalda.
—No quiero irme todavía... —susurró ella.
—No puedes quedarte aquí.
—Déjame —respondió mientras se abrazaba las rodillas.
—Como quieras.
No se dio la vuelta para ver cómo se iba, escuchó sus pasos alejándose hacia la casa y se quedó mirando el fuego mucho tiempo más, hasta que las llamas casi se hubieron consumido. Ya era de noche y empezaba a hacer frío, pero no le importó. Lo único que escuchaba era el sonido lejano del tocadiscos y el ruido de los grillos, de vez en cuando una racha de viento que movía las copas de los árboles y le llenaba el pelo de cenizas. Le escocían los ojos y le picaba la garganta. Pero aun así no quería levantarse, no quería averiguar lo que vendría después. Quiso seguir allí un rato más. No se sentía con fuerzas para vivir, para entrar en la casa, para afrontar la realidad.
Contempló el cielo: la luna todavía estaba casi llena e iluminaba la casa, que parecía un monstruo agazapado en la oscuridad. Se estremeció al pensar en la noche anterior, en aquella luna llena. Cerró los ojos con fuerza y se esforzó en no recordar. Quería olvidarlo todo para siempre.
Pero sabía que eso iba a ser imposible.
1
Madrid
Siempre se me ha dado fatal hacer maletas. Me hubiera gustado ser una de esas personas que una semana antes de irse de viaje hacen listas con lo imprescindible, y lo dejan todo preparado con antelación. Pero mi estilo es más vaciar el armario en la maleta en el último momento hasta hacerla rebosar.
Y cómo no, aquel día no fue una excepción. Las evidencias se acumulaban por la casa: bolsas llenas de zapatos, tote bags cargadas de libros y hasta un abrigo doblado sobre la mesa del salón. Aunque las probabilidades de necesitar un abrigo en julio en Madrid son casi nulas, en el norte algunas noches de verano son más frescas que muchas de noviembre en el centro.
Tuve que saltar por encima de una bolsa para entrar en la cocina. Mi piso era microscópico, un zulo de treinta metros en el corazón de la ciudad, en el barrio de La Latina. Pero era mi zulo, y le había cogido cariño después de tres años viviendo en él. Me había costado mucho conseguirlo: días enteros buceando en páginas de alquileres y muchas visitas a apartamentos inhabitables. Pasé horas llorándole a mi casera para que me bajara un poco el precio porque no había reformado el piso, al menos, en los últimos treinta años.
Pero al final había merecido la pena. Era un lujo poder vivir sola en el centro. Los alquileres estaban por las nubes y muchos de mis amigos tenían que compartir piso con auténticos desconocidos. En cambio, yo vivía únicamente con Dalí, mi border collie, aunque a veces parecía más que viviera en una fraternidad americana. Como ese día, que se había pasado la mañana comiendo hierba en el parque, y yo llevaba un buen rato fregando vómitos por toda la casa.
Guardé la fregona en el armario de la cocina y me asomé por la ventana. Para mi sorpresa iba a echar de menos Madrid: el bullicio de las calles, las tiendas abiertas veinticuatro horas, los baretos llenos de modernos y los locales cool donde los instagramers se hacían todo tipo de fotos. Desde allí podía ver la plaza de la Cebada con su mercado y ríos de gente pasando por la calle. Por un momento dudé. Pensé que quizá me había precipitado, que no podría sobrevivir a todo un verano en el pueblo, que no debería haber dejado el trabajo. Pero respiré hondo tres veces y me sentí mejor: la decisión estaba tomada y ya no podía echarme atrás.
Habían pasado ya diez años desde mi llegada a Madrid, y, aunque al principio el caos de la ciudad me había parecido una locura —por no hablar de las veces que me había perdido en el metro—, le había cogido cariño a su ritmo y a la vida acelerada de los madrileños. Vine con mi madre cuando recibió una oferta de trabajo en el hospital de La Paz. Vendimos nuestro apartamento en Pamplona, donde habíamos vivido hasta entonces, y nos instalamos cerca de plaza Castilla. Viví con ella hasta que, al graduarme, encontré mi primer trabajo y decidí independizarme y buscar algo más céntrico. Al fin y al cabo, a pesar de estar más lejos, tampoco me iba a echar mucho de menos. Mi madre pasaba casi todo su tiempo en el hospital y cuando al fin tenía vacaciones le faltaba tiempo para apuntarse a cualquier proyecto humanitario que organizara Médicos Sin Fronteras en algún lugar recóndito del mundo. Apenas hacía unos días que se había ido a la India, a una aldea en medio del Himalaya, cerca de Nepal. Hablábamos por Skype bastante a menudo, y parecía feliz cubierta por su chubasquero y con el pelo empapado con una mezcla de sudor y agua del monzón. La verdad es que su determinación para cambiar el mundo me parecía admirable. Para mí, lograr cambiar mi vida ya era suficiente reto. O por lo menos intentarlo. Por eso, un par de semanas atrás había tomado la decisión de dejar mi trabajo. Llevaba mucho tiempo dándole vueltas, pero creo que lo que me hizo decidirme finalmente fue la muerte de Arun.
En los bajos de mi calle se acumulaban toda clase de locales: peluquerías donde te hacían la manicura permanente, bares de mala muerte, tiendas de disfraces... y la frutería de Arun. Desde que me mudé me fui acostumbrando a comprar toda la fruta y la verdura en su tienda. Los supermercados me quedaban más lejos y su frutería estaba en el local contiguo a mi portal. Porque si hay algo que me define es la pereza. Al principio no hablábamos mucho, lo normal en una transacción de compra y venta de tomates o melocotones. Pero, como yo bajaba casi todos los días a la tienda, porque soy incapaz de hacer la compra para toda una semana, pronto empezamos a tener más confianza. Arun era indio, del Rajastán, en concreto de un pueblo del desierto llamado Jaisalmer. Allí solía regentar una tienda de alfombras y telas para los turistas, pero hacía más de diez años que había venido con su familia a España siguiendo a uno de sus hermanos. Sin embargo, no había perdido ese sentido de la hospitalidad que caracteriza a su país, y cuando me veía entrar, después de asesorarme para que me llevara los mejores aguacates, me ofrecía un vasito de té con leche, azúcar y jengibre. El mejor que he probado en mi vida. Lo intenté replicar un par de veces en mi casa siguiendo su receta, pero después de cargarme un cazo al que le tenía bastante cariño en uno de los intentos, decidí que el resultado no merecía tanto sacrificio.
En el tiempo que llevaba abierta la frutería, Arun se había ganado a todo el barrio: a las señoras que no tenían nada mejor que hacer que ir al médico y pasar la mañana comprando, a los jóvenes que querían comprar frutas y verduras de proximidad... ¡Si hasta había sustituido las bolsas de plástico por otras de tela siguiendo mi consejo de ecomarketing! Había recibido un par de quejas, pero el resto de los vecinos estábamos encantados. Además, Arun tenía una paciencia inusual. Aguantaba con una sonrisa estoica conversaciones eternas sobre pesticidas, o las peroratas de los abuelos desencantados con la vida. La verdad es que se hacía querer.
Dos semanas atrás, un martes cualquiera, gracias al horario de verano de mi agencia salí de trabajar a las tres. Pasé todo el trayecto en metro pensando en bajar a la frutería a comprarme sandía para merendar y, de paso, tomarme un té con Arun. Según él, el té caliente era el mejor remedio para el calor. Cuando llegué, me sorprendió encontrarme la puerta cerrada. No había ningún cartel en el que pusiera algo del tipo «cerrado por defunción», como en las películas. Sin embargo, enseguida supe que algo iba mal. Cuando Arun no podía abrir la frutería se encargaba alguno de sus hijos, o su mujer, pero nunca cerraba, ni siquiera los domingos. Me quedé un rato contemplando la puerta, esperando a que alguien abriera. A los diez minutos me rendí y entré en mi portal.
Subí a casa extrañada, pero no tardé mucho en enterarme de lo que había pasado. En el rellano del segundo me encontré a una de mis vecinas, Pili, una viuda que por algún motivo —probablemente porque era una cotilla— estaba siempre merodeando por el edificio. Como el bloque no tenía ascensor, todos estábamos condenados a cruzarnos con ella en algún momento del día. Apenas me vio, se lanzó sobre mí como un perro de presa, con los ojos castaños brillando de emoción:
—Niña, ¿ya te has enterado de lo del frutero?
Tuve la sensación de que llevaba un rato esperando a que pasara alguien a quien soltarle la exclusiva.
—No, ¿qué ha pasado? He visto que la tienda estaba cerrada. —Me apoyé en la barandilla de la escalera y me preparé para la charla informativa. Normalmente me ponía los cascos o le decía que iba con prisa, pero aquel día estaba preocupada por Arun.
Pili sonrió complacida, estaba feliz de haber encontrado una víctima.
—Parece que al señor le ha dado un infarto... No veas qué de ambulancias esta mañana, pero nada, que no han podido hacer nada, parece que estaba ya muerto cuando llegaron. Si es que no somos nadie...
Aunque sospechaba que había pasado algo serio, la noticia me dejó en shock. Arun había muerto. Hacía tan sólo un par de días que le había visto y estaba perfectamente. Al segundo me di cuenta de que eso era justo lo que se decía siempre que alguien moría repentinamente: «Pero si ayer nos vimos y estaba normal...».
—¿Le conocías mucho, hija? Yo le compraba poca cosa, porque traía mucha verdura china.
Estuve tentada de responder, pero la noticia me había dejado sin fuerzas para enzarzarme en una conversación eterna con Pili sobre la procedencia de las verduras que consumíamos en general. Así que me despedí de ella, que se quedó en el rellano con su bata de franela azul, porque pasaba de los convencionalismos como vestirse para salir de casa, y subí escaleras arriba hasta el quinto. Trataba de consolarme por el esfuerzo pensando que era bueno para la salud subir cinco pisos todos los días.
La muerte de Arun me afectó mucho, quizá porque era la primera vez que había tenido que lidiar con la pérdida de alguien cercano, alguien a quien veías con regularidad y que de repente te dejaba con la sensación de que se había borrado de tu mundo. Porque la última vez que había visto a Arun, él no se imaginaba que le quedaban cuarenta y ocho horas de vida. Y sin poder evitarlo y quizá de forma egoísta empecé a pensar en mí, en mi vida y en qué estaba haciendo con ella. Y ese fue el momento en que decidí que iba a dejar mi trabajo.
Tenía veinticinco años y llevaba tres trabajando en una agencia de comunicación. No era un mal trabajo, me encargaba de hacer planes de comunicación para diferentes clientes, escribir notas de prensa, contactar con revistas, periódicos y otros medios y supervisar calendarios de redes sociales. De vez en cuando, hasta me invitaban a algún evento interesante. Sin embargo, mi verdadera vocación siempre había sido el periodismo puro. Era lo que había estudiado en la universidad, aunque al terminar la carrera había empezado a hacer prácticas en la agencia y me había acomodado. Pero, después de tres años, había rechazado un ascenso y de la noche a la mañana había decidido dejarla para dedicarme al periodismo de investigación. Me había peleado con mi madre, que estuvo a punto de desheredarme por dejar un trabajo fijo y razonablemente bien pagado, y me había propuesto relajarme y buscar temas para escribir mis primeros artículos como freelance.
Y como los cambios radicales nunca vienen solos, me pareció perfecto pasar los siguientes meses en la casa indiana que mi abuela tenía en un pueblo de la Ribera Navarra. Y de paso, me iba a un festival de música. Porque ¿quién dijo que el trabajo está reñido con el ocio? En el pueblo se iba a celebrar un festival con cartel internacional y yo, que era bastante fan de cualquier evento en el que pudieras beber cerveza y escuchar música, no me lo iba a perder. No se me ocurría un momento mejor para regresar al pueblo después de diez años. La verdad es que no me costó tanto decir en la oficina que lo dejaba, ni desató tanto drama como me esperaba. No es un secreto que nadie es imprescindible en una multinacional. Mi jefa sufrió un pequeño episodio de pánico que le duró unas dos horas, el tiempo que tardó en darse cuenta de que podía contratar a un becario que hiciera lo mismo que yo por menos dinero. Después, me dijo que entendía mi decisión, no sin antes recordarme lo precaria que era la situación laboral de los jóvenes y la suerte que tenía de tener un contrato indefinido. Y en el fondo yo sabía que tenía razón, pero también sabía que, si no me atrevía a dejarlo con veinticinco años, no lo iba a hacer con más de treinta. Era el momento.
El verdadero drama fue despedirme de mis compañeras. En una agencia se comparten muchas horas al día, y se acaban creando vínculos bastante fuertes. En mi caso había conectado bastante bien con Alicia y Sara, así que me despedí de ellas tomando muchas copas en Madklyng, un bar de música indie rock de Malasaña, en la calle San Andrés. Uno de los pocos sitios donde la música estaba a un volumen que permitía mantener una conversación. Un pub decorado con espejos y máquinas antiguas de pinball. El mismo pub donde había conocido a mi exnovio años atrás. Saúl. Me parecía que había pasado una eternidad desde que nos habíamos dejado, al acabar la carrera, cuando él se fue a Australia. Pero Sara se encargó de recordármelo aquella noche:
—¿Aquí no conociste a tu ex cuando estabas en la uni? —me preguntó mientras se tomaba el tercer gin-tonic apoyada en la barra.
—¿El capullo de Australia? —apostilló Alicia, que se estaba peinando el flequillo pelirrojo contemplándose en el espejo de la pared.
—El mismo —dije yo mientras me terminaba la copa de un trago—. ¿Sabéis? Creo que deberíamos pedir unos chupitos de tequila.
Y ese fue mi último recuerdo nítido de la noche. Hablar de Saúl siempre me llevaba a tomar malas decisiones. Intentaba no acordarme de él, aunque a veces entraba en su Instagram para cotillear su vida de surfero en Australia. Veterinario de koalas. Si es que el tío era un capullo de manual...
Después de aquella noche tuve que enfrentarme a mi último día en la agencia. Además de a una buena resaca. Tuve un día tranquilo hasta que salí por la puerta. Ahí fue cuando me di cuenta de que a partir de ese momento tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que quería. Y sentí una sensación de vértigo terrible en el estómago. Porque uno se pasa la vida diciendo que quiere hacer cosas pero que «no tiene tiempo» y cuando se te acaban las excusas, es cuando empiezas a sentir pánico.
Así que, dos días después, allí estaba. Terminando de organizarlo todo para el viaje. Había hablado con mi abuela y había quedado con ella en que iría a San Sebastián a visitarla y, de paso, recoger las llaves de la casa del pueblo. Mi madre y yo solíamos ir varias veces al año a verla, y siempre le hacía mucha ilusión. Eso sí, todas las tardes nos dejaba en casa y se iba al bar con sus amigas a tomar chocolate con churros y jugar a la brisca. Porque las costumbres son las costumbres, y que tengas familia de visita en casa no tiene por qué alterarlas.
Eché un último vistazo por el piso, lo tenía prácticamente todo listo. También había aceptado el hecho de que mis pobres cactus se iban a morir. Me había planteado dejarle la llave de la casa a Pili, para que me los regara, pero no me merecía la pena sacrificar mi intimidad. Me la imaginaba abriendo todos los cajones y cotilleando los armarios de la cocina. Así que había improvisado un sistema de riego con una botella de plástico —lo había visto en un vídeo de YouTube—, tenía mis dudas sobre los resultados. Lo más probable es que me tocara comprar nuevos cactus en septiembre. Me planteé llevarme algo de comida a la casa del pueblo, pero la verdad era que no tenía demasiado que llevarme: un par de briks de leche de soja, media caja de cereales, un aguacate que tenía pinta de estar podrido... Decidí que lo mejor sería hacer la compra al llegar. Si no recordaba mal, había un par de tiendecitas donde podría abastecerme.
Tuve que hacer varios viajes para bajar todo el equipaje al coche. Me alegré de ir a crossfit un par de veces por semana, porque, si no, subir y bajar cinco pisos cargada de bolsas me hubiera matado. Después de meter todo en el coche, me quedé un momento en la entrada, sin atreverme a bajar. Siempre que me iba a ir de viaje tenía la sensación de que me olvidaba de algo. Pero nunca sabía el qué. Me miré por última vez al espejo del pasillo antes de salir del piso: tenía el pelo castaño bastante mono teniendo en cuenta que hacía un calor terrible y que llevaba media hora subiendo y bajando escaleras. No conseguía recordar si me olvidaba algo en concreto, así que no tenía sentido demorarlo más, tenía que irme. Bajé hasta el coche, coloqué a Dalí en el asiento de atrás y puse rumbo a Donosti. Según el navegador, me esperaban unas cinco horas de viaje y unos cuantos peajes. Quizá si hubiera sabido todo lo que iba a vivir en las siguientes semanas, me hubiera quedado en Madrid. Pero, para qué engañarnos, conociéndome, probablemente no.
2
Hacia el norte
Un buen viaje por carretera necesita una buena banda sonora. En mi caso, no puedo aguantar cinco horas al volante sin escuchar nada más que el ruido del coche, me aburro como una ostra. Así que, para amenizar el camino hasta San Sebastián, me había preparado una lista de Spotify con mis temas preferidos para viajar. Uno de los grupos que no podían faltar en mi playlist de viajes era la Creedence Clearwater Revival. Nunca pasa de moda, además es muy motivador y alegre. Mientras cantaba a pleno pulmón Have you ever seen the rain?, tenía la sensación de estar en un road trip por la Ruta 66 y no en Burgos. Otro imprescindible en mi lista —y que me recordaba a mi infancia— era La Oreja de Van Gogh. Me volvía loca berreando Puedes contar conmigo como si estuviera haciendo una audición para La Voz.
Según me iba alejando de Madrid, el termómetro del coche iba perdiendo grados, y a la altura de Aranda de Duero el calor ya no era tan asfixiante, aunque el cielo aún estaba despejado y el sol brillaba con ganas. La predicción del tiempo decía que en Donosti me esperaban un cielo plomizo y unos veinticinco grados de máxima. Al parecer, un año más, allí no se habían enterado de que era verano. Aunque una de las cosas que más me gustan del norte son las noches frescas. En el pueblo incluso podía salir a pasear con una chaqueta por la tarde y dormir debajo de la manta en pleno agosto. Todo lo contrario que en Madrid. Porque además de no tener ascensor, mi piso tampoco tenía aire acondicionado y dormir podía convertirse en una pesadilla. Había noches que tenía la sensación de que iba a fusionarme con la cama. Podía sentir cómo el calor subía del suelo, no corría una brizna de aire y daba igual que abriera todas las ventanas o pusiera dos ventiladores, era imposible que la casa se refrescara mínimamente. A veces, echaba de menos Pamplona, pero, sobre todo, echaba de menos el pueblo.
La verdad es que estaba un poco nerviosa por volver. No paraba de pensar en los buenos ratos que había pasado allí, en todos los recuerdos y las noches en la casa de mi abuela. Porque casi todos los recuerdos tenían un elemento común, algo que estaba siempre presente cuando mi mente volvía a aquellos años: la casa, mi casa. Mi infancia parecía girar alrededor de aquella imponente mansión. Si cerraba los ojos, podía evocar el olor a humedad de su interior, aunque los enormes ventanales estuvieran abiertos durante todo el día. Recordaba que de pequeña solía decirle a mi abuela que la casa olía igual que la iglesia, tenía el mismo olor a viejo. Ella me respondía que eso era porque era muy antigua y, como todas las casas antiguas, tenía una historia.
En los siglos XIX y XX era bastante común que muchos jóvenes emigraran a América con la intención de hacer fortuna y escapar de la pobreza. Muchos no encontraban allí más que la misma miseria que habían conocido en España; sin embargo, los había que tenían éxito y volvían al país entre honores. Se les conocía coloquialmente como «indianos». Uno de estos afortunados fue José Arizmendi, que supongo que vendría a ser algo así como mi trastatarabuelo. José se fue del pueblo cansado de trabajar en el campo, en busca de un futuro mejor. Y sorprendentemente lo consiguió. En México amasó una gran suma de dinero gracias al negocio textil y años después regresó a la tierra patria del brazo de una mexicana. En 1890 decidió construir una casa, y no una casa cualquiera. Igual que muchos de los indianos que regresaban, construyó un edificio ostentoso que denotaba su posición económica. Para llevarlo a cabo contrató a los mejores arquitectos, y por si a alguien le quedaban
