El verano de los daneses (Fray Cadfael 18)

Ellis Peters

Fragmento

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1

 

 

Se puede decir que los extraordinarios acontecimientos de aquel verano de 1144 se iniciaron propiamente el año anterior en una maraña de entresijos tanto eclesiásticos como seculares, en la cual se vieron atrapadas personas de muy diversa condición, no sólo clérigos, desde el arzobispo hasta el más insignificante diácono del obispo Rogelio de Clinton, sino también seglares, desde la princesa de Gales del Norte al más humilde campesino de las tierras de Arfon. Y, más concretamente, entre los así enmarañados, un buen monje benedictino de la abadía de San Pedro y San Pablo de Shrewsbury.

Fray Cadfael había recibido el mes de abril de aquel año, con una esperanza teñida de leve inquietud, como solía ocurrirle siempre cuando los pájaros hacían sus nidos, las flores de los prados empezaban a asomar entre la nueva hierba y el sol se elevaba un poco más en el cielo cada mediodía. Cierto que en el mundo había perturbaciones y siempre las habría. Las dolorosas vicisitudes de Inglaterra, dividida en dos por unos primos que se disputaban el trono, aún no tenían visible esperanza de solución. El rey Esteban dominaba todavía todo el sur y buena parte del este y la emperatriz Matilde, gracias a su leal hermanastro Roberto de Gloucester, se había asentado en el suroeste donde mantenía su propia corte en Devizes sin que nadie la molestara. Sin embargo, desde hacía algunos meses, apenas se habían librado batallas entre ambos, tal vez por agotamiento o por estrategia, y una extraña calma casi parecida a la paz se había instaurado en el país. En los Marjales, el temible Godofredo de Mandeville, enemigo de todos, campaba todavía por sus respetos, pero su libertad estaba cada vez más coartada por el nuevo anillo de fortalezas creado por el rey, motivo por el cual su posición era cada vez más vulnerable. En conjunto, quedaba un poco de espacio para un cauto optimismo y el exuberante esplendor de la primavera no invitaba al desánimo, por más que éste fuera una de las más acusadas tendencias de Cadfael.

Así pues, aquel día de finales de abril, Cadfael acudió al capítulo con el más sereno y aquiescente de los espíritus, rebosante de buenas intenciones hacia todos los hombres y confiando en que todo pudiera seguir con la misma serenidad y placidez a lo largo del verano y hasta bien entrado el otoño. Ciertamente no tenía ninguna premonición de algún cambio inmediato en aquella idílica situación y tanto menos del medio a través del cual éste se iba a producir.

En temerosa y agradecida consonancia con aquella precaria, pero agradable quietud, los asuntos que aquel día se debatieron en el capítulo fueron más bien baladís y no despertaron la menor disputa, pues nadie había cometido la menor falta y fray Jerónimo no había podido deplorar el más mínimo pecado entre los novicios mientras que los colegiales, intoxicados por la primavera y la radiante luz del sol, se comportaban cual si fueran unos ángeles, cosa que por supuesto no eran. Incluso el capítulo de la Regla, leído por fray Francisco con su acostumbrado tono deprecatorio, parecía haber sido elegido a propósito, pues era el trigésimo cuarto en el que se explicaba que la doctrina de la igualdad no siempre podía ser mantenida. Las necesidades de uno, siempre podían rebasar las de otro y aquel que consiguientemente recibiera más no tenía que enorgullecerse de haber sido mejor abastecido que sus hermanos, y el que recibiera menos, pero suficiente, no debía ofenderse por el hecho de que sus hermanos hubieran recibido más. Y, por encima de todo, nada de rencores ni envidias. Todo parecía plácido, conciliador y moderado. ¿También un tanto aburrido quizá?

Bien mirado, es una suerte vivir en medio de un cierto aburrimiento, sobre todo después de haber conocido desórdenes, asedios y amargas contiendas. Sin embargo, Cadfael se ponía siempre un poco nervioso cuando la modorra se prolongaba demasiado. Al fin y al cabo, un poco de emoción no tiene por qué ser necesariamente perjudicial y puede constituir un agradable contrapunto al orden constante, por mucho que éste se aprecie y por muy fiel que se le sirva.

Estaban casi al final del capítulo y la atención de Cadfael se había desviado de los detalles de las cuentas del cillerero, pues él no tenía nada que ver con tales funciones y se alegraba de que otros las tuvieran a su cargo. El abad Radulfo, a punto de dar por concluido el capítulo, estaba mirando a su alrededor para cerciorarse de que nadie tuviera algún reparo o alguna reserva que exponer, cuando el portero lego, que prestaba servicio en la garita de vigilancia durante los rezos o el capítulo, asomó la cabeza por la puerta como si hubiera estado esperando precisamente aquel momento para intervenir.

—Padre abad, acaba de llegar un emisario de Lichfield. Lo envía el obispo De Clinton en una misión a Gales y solicita alojamiento aquí durante una o dos noches.

Si fuera un personaje de escasa importancia, pensó Cadfael, el portero hubiera esperado a que todos hubiéramos salido de la sala capitular, pero, si es cosa del obispo, podría tratarse de un asunto de mayor trascendencia que tal vez merezca ser estudiado oficialmente antes de que nos dispersemos. Cadfael guardaba un buen recuerdo de Rogelio de Clinton, un hombre sensato y decidido con muy buen ojo para distinguir lo auténtico de lo falso en sus congéneres y, por si fuera poco, extremadamente capacitado para resolver todo tipo de cuestiones de carácter doctrinal. A juzgar por el destello que se encendió en los ojos del abad pese a la impasibilidad de su rostro, Radulfo también debía recordar con agrado la última visita del obispo.

—El enviado del obispo es muy bienvenido en esta casa —dijo el abad— y puede alojarse aquí todo el tiempo que desee. ¿Tiene alguna petición que hacernos antes de que yo dé por concluido este capítulo?

—Padre, ha dicho que desea inclinarse en reverencia ante vos cuanto antes para comunicaros la naturaleza de su misión. Vos diréis si deseáis recibirle aquí o bien en privado.

—Hacedle pasar —añadió Radulfo.

El portero se retiró, y los leves y discretos murmullos de curiosidad, que se propagaron por la sala capitular como los escarceos del agua de una alberca, se trocaron en un silencio expectante cuando entró el enviado del obispo y se situó de pie ante ellos.

Era un hombre de baja estatura, delicado de huesos y de figura enjuta, pero vigorosa, cuyo delgado cuerpo semejaba el de un mozo de dieciséis años hasta que, un examen más detenido, permitía descubrir la madurez de su ovalado rostro sin barba. Vestido con el hábito benedictino y con la cabeza tonsurada, permaneció inmóvil con toda la dignidad de su misión y la humildad y sencillez de su talante, igual de frágil que el de un niño, pero, al mismo tiempo, tan resistente como un árbol. Su anillo de corto cabello pajizo estaba tan erizado y alborotado como si perteneciera a un chiquillo travieso y sus claros ojos grise

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