Un asesino en la feria (Fray Cadfael 4)

Ellis Peters

Fragmento

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1

 

 

Todo empezó durante el habitual capítulo diario en el monasterio benedictino de San Pedro y San Pablo de Shrewsbury, el día 13 de julio del año del Señor de 1139. Siendo aquel día la víspera de la víspera de San Pedro ad Vincula, festividad de solemne y provechosa importancia para la casa que llevaba su nombre, los asuntos de la reunión estuvieron enteramente dedicados a las medidas necesarias para la celebración y se dejaron las cuestiones secundarias para otra oportunidad.

La casa estaba dedicada, en realidad, a dos santos, pero san Pablo tendía a ser olvidado y a veces incluso omitido de los documentos oficiales o abreviado casi al extremo de desaparecer. El tiempo es oro, y a los amanuenses les cansa escribir el título completo, en ocasiones nada menos que veinte veces en un documento. Sin embargo, éstos habían tenido que modificar sus costumbres desde que el abad Radulfo tomara el timón de la barca monástica, tratándose de un hombre que no admitía chapuzas y exigía que su tripulación fuera tan meticulosa como él.

Fray Cadfael se encontraba en su huerto de hierbas medicinales desde antes de prima, observando complacido la floración de sus amapolas orientales y calculando el tiempo que tardarían las semillas en germinar. La estación estival se encontraba en pleno apogeo y prometía una rica cosecha, dado que, tras unas copiosas nevadas, la primavera había sido muy húmeda y templada, y los meses de junio y julio muy calurosos y soleados, con esporádicos aguaceros que mantuvieron frescas las hojas y los capullos en sazón. La cosecha de heno se anunciaba muy abundante y el trigo ya estaba preparado para la hoz. En cuanto terminara la feria anual, comenzaría la siega. El fragante dominio de Cadfael, bañado por el rocío de la aurora y en trance de calentarse en la embriagadora dulzura del sol naciente, le llenó los sentidos de un placer del que a veces abomina el ascetismo de la Iglesia por considerarlo turbadoramente pecaminoso en su puro deleite. Algunas veces, el joven fray Marcos, que trabajaba con él en aquel deleitoso huerto, sentía la necesidad de confesar aquella alegría entre sus pecados y aceptar humildemente la penitencia. Era todavía muy joven y se le podía disculpar. Fray Cadfael, con más sentido común, no tenía tales escrúpulos. Los múltiples dones de Dios están ahí para que disfrutemos de ellos, y no sentir alegría sería una muestra de ingratitud.

Puesto que ya había trabajado en el huerto dos horas antes de prima y no tenía nada que ver con la feria de la abadía en la que se centraba la atención general, Cadfael se dispuso a echar una cabezadita, tal como tenía por costumbre, detrás de su columna protectora en el rincón más oscuro de la sala capitular, perfectamente preparado para despertar de golpe en caso de que le dirigieran alguna inesperada pregunta, y perfectamente capaz de responder con coherencia a cualquier cosa escuchada sólo en parte. Llevaba dieciséis años de monje, por propia y ponderada elección, cosa de la que jamás se arrepintió tras una vida extremadamente aventurera, de la que tampoco se arrepentía, y estaba completamente curado de espantos. Contaba cincuenta y nueve años, tenía un mundo de experiencias encerrado en su interior y estaba más fuerte que un roble, según decía fray Marcos, casi tan patituerto como él. Cadfael dormitaba sin apenas roncar y tan silenciosamente como una flor de las que se cierran de noche. Dentro de la regla benedictina y sin apartarse de ella ni un ápice, se había forjado una disciplina diaria, admirablemente adaptada a sus necesidades.

Probablemente dormía como un tronco cuando el capataz de la granja, tras pedir debidamente disculpas, entró en la sala capitular y permaneció de pie, esperando a que el abad le autorizara a hablar. Pero estaba, sin duda, despierto cuando el capataz anunció:

—Mi señor, aquí, en el gran patio, se encuentran el preboste de la ciudad con una delegación del gremio de los comerciantes. Solicitan ser recibidos por vos. Dicen que el asunto es importante.

El abad Radulfo arqueó levemente las severas cejas y, con un gesto, indicó que recibiría de inmediato a los representantes de la ciudad. Las relaciones entre la ciudad de Shrewsbury, situada en una orilla del río, y la abadía, en la otra, aunque nunca habían sido exactamente cordiales (cosa bastante improbable, habida cuenta de que sus intereses estaban a menudo en conflicto), siempre fueron correctas y las escaramuzas se llevaban a cabo con exquisita cortesía. Si el abad olfateó una inminente batalla, no lo dio a entender. Aun así, pensó Cadfael contemplando su afilado y astuto rostro, tiene una idea bastante precisa de lo que vienen a buscar.

Los dignatarios del gremio entraron en la sala capitular encabezados por el preboste y formando una sólida falange de diez individuos. Maese Godofredo Corviser era un hombre corpulento que aún no había cumplido los cincuenta años, alto, soberbio y perfectamente rasurado. Hacía los mejores zapatos y botas de montar de toda Inglaterra, y era muy consciente de la calidad de sus productos y de su propio valor. Para aquella ocasión, se había vestido con sus mejores galas, e incluso sin la larga túnica que debía de significarle un purgatorio en medio del sofocante calor estival, su figura hubiera causado una fuerte impresión, cosa que él pretendía sin duda. Cadfael conocía muy bien a varios de los que se agrupaban a su espalda: Edric Flesher, el representante de los carniceros de Shrewsbury, Martín Bellecote, maestro carpintero, Reginaldo de Aston, el platero..., todos ellos hombres, todos ellos acaudalados. El abad Radulfo aún no los conocía porque sólo llevaba medio año en el cargo tras haber sido enviado desde Londres para que pusiera un poco en cintura aquella casa provincial un tanto indolente y descuidada.

Tenía mucho que aprender sobre los hombres de la frontera, y él, que no era precisamente tonto, lo sabía muy bien.

—Seáis bienvenidos, caballeros —dijo cortésmente el abad—. Hablad libremente y os prestaré oídos atentos.

Los diez se inclinaron en profunda reverencia y luego se quedaron plantados como en orden de batalla, mirando a su alrededor con ojos alerta y sin pronunciar palabra. El abad concentró en ellos su cortés atención, exactamente con la misma actitud. En una de las raras ocasiones en que había desempeñado tareas de pastor, Cadfael había visto dos carneros mirándose de aquella forma poco antes de entrechocar sus frentes.

—Mi señor abad —dijo el preboste—, tal como bien sabéis, la feria de San Pedro empezará pasado mañana y durará tres días. Precisamente de la feria hemos venido a hablar. Durante todo este período, las tiendas de la ciudad deberán permanecer cerradas y no se deberá vender otra cosa que vino y cerveza amarga. El vino y la cerveza amarga se venden libremente en la feria de aquí y también en la barbacana de la abadía, por lo que ningún hombre de la ciudad puede ganarse la vida con estos

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