El gorrión del santuario (Fray Cadfael 7)

Ellis Peters

Fragmento

1. DE LA MEDIANOCHE DEL VIERNES A LA MAÑANA DEL SÁBADO

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DE LA MEDIANOCHE DEL VIERNES A LA MAÑANA DEL SÁBADO

Todo empezó como empiezan las grandes tormentas, con un leve estremecimiento del aire, un hilillo de sonido tan débil y distante que un oído lo suficientemente agudo como para percibirlo se aguzó de inmediato y excluyó los restantes rumores para escucharlo de nuevo e interpretar su advertencia. Fray Cadfael tenía un oído de liebre que enseguida se concentraba y se ponía en estado de alerta. Percibió el temblor y el ladrido, en aquel momento sin duda todavía en el extremo más alejado del puente que cruzaba el río Severn desde la ciudad, y se irguió en un sobrecogido silencio, concentrando su atención.

Hubiera podido ser un rumor de lo más inocente, o, si no inocente de algún sangriento propósito, sí, por lo menos, natural: las distantes voces de las lechuzas cazadoras y el depredador ladrido de un perro zorrero, merodeando de noche por sus dominios. Pero, ciertamente, la feroz nota de la caza sonó con toda claridad en el oído de Cadfael. Y hasta fray Anselmo, el chantre, totalmente absorto en la salmodia del oficio, vaciló, perdió momentáneamente el tono y luego recuperó celosamente la cadencia, sosegando su espíritu para continuar cumpliendo rigurosamente su deber.

Porque no podía haber nada capaz de turbar los ritos de medianoche de maitines en aquella benigna primavera, transcurridas apenas cuatro semanas de la Pascua del año del Señor de 1140, en la que Shrewsbury y toda la comarca se hallaban a salvo en la paz del rey, cualesquiera fueran las rabiosas disputas que estaban teniendo lugar más al sur entre el rey y la emperatriz, primos enfrentados por el trono. El invierno había sido muy duro, pero afortunadamente ya había quedado atrás. El sol brilló el día de Pascua y siguió brillando desde entonces, con algún esporádico aguacero para confirmar la dicha. Sólo hacia el oeste, en el País de Gales, hubo fuertes lluvias primaverales que provocaron la crecida del río. La estación parecía prometedora, la ciudad gozaba de un honrado gobierno bajo un severo e imparcial alguacil, valientemente defendida por un prudente preboste y un concejo. En aquellos tiempos de guerra civil, Shrewsbury y su condado tenían buenas razones para dar gracias a Dios y al rey Esteban por el relativo orden de que disfrutaban. No era posible que allí se interrumpiera la paz conventual de maitines. Y, sin embargo, fray Anselmo vaciló por un instante.

En el sombrío espacio del coro, parcialmente separado de la nave de la iglesia por el altar parroquial e iluminado tan sólo por una lámpara constantemente encendida y los cirios del altar mayor, los monjes en sus sitiales parecían copias labradas en aquella penumbra, sin edad o juventud, prestancia o fealdad, sombras exactamente idénticas. La altura de la bóveda y la sólida piedra de los pilares y los muros recibieron el sonido de la voz de fray Anselmo y la convirtieron en una magia etérea, suspendida en el aire. Más allá del lugar hasta donde alcanzaba la luz de los cirios, reinaba la oscuridad, noche por dentro y noche por fuera. Una suave noche apacible inmóvil y silenciosa.

Pero no del todo silenciosa. El temblor del aire se convirtió en un leve y persistente murmullo. En la penumbra bajo la galería del crucifijo, a la derecha de la entrada del coro, el abad Radulfo se agitó en su sitial. A la izquierda, el hábito del prior Roberto crujió levemente en señal más de desagrado y reproche que de inquietud. Un levísimo murmullo de intranquilidad recorrió las hileras de los monjes, pero enseguida se aquietó.

Sin embargo, el sonido se oía cada vez más cerca. Antes incluso de que la intensidad creciera de punto y obligara a prestarle atención, no hubo la menor duda en cuanto a la furia, la amenaza y la peligrosa excitación que contenía, señales inequívocas de una caza. La persecución parecía haber llegado al extremo en que los cazadores de primera línea han acosado a la presa hasta el agotamiento y los de la última ya la están acorralando para matarla. A pesar de la distancia, no cabía duda de que la vida de alguna criatura corría peligro.

El rumor se acercó rápidamente y ya no fue posible ignorarlo aunque el chantre siguió conduciendo valerosamente a su rebaño en el oficio, elevó el tono de su voz y aceleró el compás para superar el desafío. Los monjes más jóvenes y los novicios empezaron a agitarse e incluso a murmurar con inquietud, medio estimulados y medio asustados. El rumor se transformó en un feroz y apagado aullido, como si un enjambre de gigantescas abejas estuviera atacando a un intruso. Hasta el abad y el prior se inclinaron hacia delante, dispuestos a levantarse de sus sitiales mientras intercambiaban inquisitivas miradas.

Con obstinada devoción, fray Anselmo elevó la primera frase de laudes. Pero ya no pudo seguir. En el extremo oeste de la iglesia, una de las hojas de la gran puerta parroquial, no asegurada por la aldaba, se abrió de repente y golpeó contra la pared mientras algo indefinido avanzaba a trompicones y jadeando por la nave central del templo, dando tumbos y traspiés entre los muros y los pilares, y respirando afanosamente como si ya estuviera medio muerto de agotamiento.

Todos se levantaron como un solo hombre. Los más jóvenes profirieron temerosas exclamaciones de asombro, dándose mutuamente codazos sin saber qué hacer. El abad Radulfo no experimentó la menor vacilación. Se movió con rauda fuerza, arrancó un cirio del candelabro de pared más próximo y rodeó el altar parroquial con grandes zancadas que hicieron ondear el hábito a su espalda. El prior Roberto le siguió, más celoso de su dignidad y, por ende, más lento en alcanzar la mísera escena, y tras él todos los monjes, empujándose unos a otros en medio de la agitación. Antes de llegar a la nave fueron acogidos por un exultante rugido de triunfo y por el rumor de docenas de cuerpos frenéticos que acababan de irrumpir por la puerta oeste, en pos de su presa.

Fray Cadfael, antaño acostumbrado a las alarmas nocturnas por tierra y por mar, se levantó de su sitial tan pronto como el abad se movió, pero primero tomó un candelabro de dos brazos para iluminar su camino. El prior Roberto ya estaba bloqueando a toda prisa la derecha del altar parroquial, demasiado aristocrático como para que la premura descompusiera su plateada belleza. Cadfael rodeó el altar por la izquierda y emergió a la nave antes que él, levantando el candelabro tanto a modo de arma como de instrumento de iluminación.

Para entonces, los sabuesos ya estaban entrando, por lo menos una cuarta parte de la ciudad y, por cierto, no la mejor, aunque tampoco necesariamente la peor: honrados artesanos, mercaderes y comerciantes se mezclaban con una chusma siempre dispuesta a las pendencias, todos ellos fuera de sí a causa de la bebida o la excitación o de ambas cosas a la vez, clamando por sangre. Y sangre había en las resbaladizas baldosas del suelo. Sobre las tres gradas del altar parroquial, yacía espatarrado un pobre infeliz bajo una marejada de enemigos que lo pisoteaban y g

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