El campo del alfarero (Fray Cadfael 17)

Ellis Peters

Fragmento

Capítulo 1

1

Transcurrida una semana de la clausura de la feria de San Pedro de aquel año de 1143, la abadía había vuelto a la cotidiana rutina de un seco y favorable mes de agosto, en el que las cosechas ya estaban empezando a guardarse en los graneros, cuando fray Mateo el cillerero planteó por primera vez en el capítulo la cuestión del asunto que, durante los días de la feria, había estado discutiendo con el prior del priorato agustino de San Juan Evangelista de Haughmond, situado a una legua y media al nordeste de Shrewsbury. Haughmond había sido fundado por FitzAlan, un noble que había perdido el favor real y todas sus propiedades desde que tomara el castillo de Shrewsbury, perteneciente al rey Esteban, aunque corrían rumores de que había regresado de nuevo a Inglaterra desde su refugio de Francia y se encontraba a salvo con las fuerzas de la emperatriz en Bristol. No obstante, muchos de los arrendatarios, que seguían siendo leales al rey y conservaban sus tierras, otorgaban su protección y solían hacer donaciones al priorato de Haughmond, un vecino altamente respetado con el cual se podían concertar negocios mutuamente ventajosos en algunas ocasiones. Y aquella, según fray Mateo, era una de tales ocasiones.

—La propuesta de permuta de tierras surgió de Haughmond —dijo este—, pero es conveniente para ambas cosas. Ya he expuesto los datos pertinentes al padre abad y al prior Roberto y aquí tengo unos planos aproximados de los dos campos en cuestión, ambos extensos y de parecida calidad. El de nuestra casa se encuentra a una media legua aproximadamente de Haughmond y limita por todos lados con unas tierras donadas al priorato de Haughmond. Está claro que les interesaría añadir este campo a sus propiedades por la economía de uso y el ahorro de tiempo y esfuerzo que les supondría para ir y venir. El campo que Haughmond desea entregar a cambio de este se encuentra en la parte de aquí del feudo de Longner, a algo más de media legua de nosotros, pero incómodamente lejos de Haughmond. Considero interesante la permuta. He examinado el terreno y creo que el trueque sería justo, por lo que recomiendo su aceptación.

—Si ese campo está en la parte más próxima a Longner —dijo el viceprior fray Ricardo, que procedía de un lugar situado a un cuarto de legua más allá de aquel feudo y conocía las características de la zona—, ¿en qué situación se encuentra con respecto al río? ¿Hay peligro de inundaciones?

—No. Por uno de sus flancos discurre el Severn, pero la orilla es muy alta y el prado asciende gradualmente hasta una franja de tierra sin cultivar y una línea de árboles y arbustos que lo protegen del viento a lo largo del caballón. Es el campo que tenía arrendado fray Rualdo hasta hace unos quince meses. Había dos o tres pequeños gredales junto a la orilla del río, pero creo que ya están agotados. El campo es conocido como el Campo del Alfarero.

Un leve movimiento se transmitió por la sala capitular mientras todas las cabezas se volvían hacia un lugar y todos los ojos se clavaban durante un discreto instante en fray Rualdo. Este era un hombre muy serio y reposado, de facciones regulares y austero rostro alargado de clásica belleza juvenil, el cual seguía las diarias horas canónicas medio sumido en una especie de íntimo arrobamiento, pues había hecho los votos definitivos apenas dos meses atrás y su deseo de entrar en religión, después de quince años de matrimonio y de veinticinco ejerciendo el oficio de alfarero, se había convertido en un anhelo tan ardiente y doloroso que solo había recuperado la paz tras conseguir finalmente ser aceptado. Una paz que ahora no parecía abandonarle ni un solo instante. Aunque todos los ojos lo miraran, él no perdía jamás la calma. Todo el mundo en la abadía estaba al corriente de su complicada y extraña historia, pero eso a él le traía sin cuidado. Estaba donde quería estar.

—Son unos buenos pastos —se limitó a decir Rualdo— y se podrían cultivar muy bien en caso necesario. Se encuentran muy por encima de los niveles habituales de las inundaciones. El otro campo no lo conozco, claro.

—Puede que sea un poco más extenso —señaló fray Mateo, examinando los pergaminos con la cabeza ladeada y calculando la superficie con los ojos entornados—. Pero, estando este tan cerca, nos ahorramos tiempo y trabajo. Tal como ya he dicho, considero justa la permuta.

—¡El Campo del Alfarero! —dijo el prior Roberto en tono meditativo—. Así se llamaba el campo que compraron con las monedas de plata de la traición de Judas para enterrar a los forasteros. Confío en que el nombre no sea un mal presagio.

—Lo llamaron así simplemente por mi oficio —dijo Rualdo—. La tierra es inocente, solo el uso que nosotros hagamos de ella la puede mancillar. Yo trabajé allí honradamente antes de comprender dónde estaba mi verdadera vocación. Es una buena tierra. Se le podría dar un uso mucho mejor que el que yo le di como taller y horno de alfarería. Para eso me hubiera bastado una estrecha franja de terreno.

—¿Y es fácil el acceso? —preguntó fray Ricardo—. Se encuentra al otro lado del río desde el camino real.

—Hay un vado un poco más arriba y un embarcadero todavía más cerca del campo.

—La tierra fue donada hace apenas un año por Eudo Blount de Longner —puntualizó fray Anselmo—. ¿Está Blount de acuerdo con el intercambio? ¿No ha puesto ningún reparo? ¿Ya ha sido consultado al respecto?

—Ya sabéis —contestó pacientemente fray Mateo, que nunca dejaba ningún cabo sin atar— que Eudo Blount el viejo falleció a principios de este año en Wilton, en la retaguardia que aseguró la retirada del rey. Su hijo, llamado asimismo Eudo, es ahora el señor de Longner. Sí, hemos hablado con él. No pone ningún reparo. La donación es propiedad de Haughmond, que puede utilizarla como más le convenga, y es evidente que la permuta le conviene. Por aquí no habrá ningún obstáculo.

—¿Y no habrá ninguna limitación en cuanto al uso que nosotros a nuestra vez le queramos dar? —preguntó atinadamente el prior—. ¿El acuerdo se concertará en los términos acostumbrados? ¿Especificando que cada parte podrá destinar los campos al uso que desee? ¿Construcción de edificios, cultivos o pastizales a voluntad?

—Así se ha acordado. Si queremos cultivar, no habrá ningún impedimento.

—Me parece —dijo el abad Radulfo contemplando largamente los atentos rostros de su rebaño— que ya hemos oído suficiente. Si alguien quiere plantear alguna otra objeción, puede hacerlo ahora, por supuesto.

En medio del silencio que se produjo a continuación, muchos ojos se volvieron de nuevo con expresión ligeramente expectante hacia el austero rostro de fray Rualdo, el cual era el único que parecía mostrarse tranquilo y despreocupado. ¿Quién mejor que él podía conocer las cualidades de aquel campo en el que había trabajado durante tantos años, o estar en mejores condiciones de decir si harían bien en aprobar la permuta que les proponían? Sin embargo, él ya había dicho en conciencia todo lo que ten

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