Sangre turbia

Robert Galbraith

Fragmento

Capítulo 1

1

Y tal fue aquel, de quien yo tengo que contar, el campeón de la verdadera Justicia, Artegal.

EDMUND SPENSER, La reina hada

—Eres un cornuallés de pura cepa —dijo Dave Polworth con fastidio—. Strike ni siquiera es tu verdadero apellido. En realidad, eres un Nancarrow. Ahora no irás a decirme que te consideras inglés, ¿verdad?

El Victory Inn estaba tan lleno aquella cálida noche de agosto que los clientes habían salido y se habían diseminado por los escalones de piedra del callejón que descendía hasta la bahía. Polworth y Strike estaban sentados a una mesa del rincón, tomándose unas cervezas para celebrar que Polworth cumplía treinta y nueve años. Llevaban veinte minutos discutiendo sobre nacionalismo córnico, pero a Strike le parecía que llevaban mucho más.

—¿Si me considero inglés? —caviló en voz alta—. No, seguramente me considero británico...

—Vete a la mierda —intervino Polworth, cada vez más malhumorado—. Eso es mentira. Sólo lo dices para cabrearme.

Físicamente, los dos amigos eran polos opuestos. Polworth era bajito y delgado como un jockey, tenía el cutis curtido y con arrugas prematuras, y su pelo, más bien escaso, dejaba entrever su bronceado cuero cabelludo. Llevaba una camiseta arrugada, como si la hubiese recogido del suelo o la hubiese sacado del cesto de la ropa sucia, y sus vaqueros tenían varios desgarrones. En el brazo izquierdo llevaba un tatuaje con la cruz de san Piran, blanca sobre fondo negro, y en la mano derecha tenía una profunda cicatriz, un pequeño recuerdo de su encuentro con un tiburón.

Su amigo Strike, en cambio, parecía un boxeador en baja forma —y, de hecho, lo era—: alto (metro noventa), con la nariz un poco torcida, y el pelo tupido, negro y rizado. No llevaba tatuajes y, aunque en su mentón siempre se apreciaba la sombra de una barba, tenía ese aire pulcro y bien planchado típico de los ex policías o los ex militares.

—Naciste aquí, ¿no? —insistió Polworth—. Pues entonces eres cornuallés.

—Lo malo es que, según ese patrón, tú eres de Birmingham.

—¡Vete a la mierda! —volvió a gritar Polworth sinceramente dolido—. Vivo aquí desde que tenía dos meses y mi madre es de Trevelyan. Es un tema de identidad, y eso se siente aquí. —Se dio una palmada en el pecho, a la altura del corazón—. La familia de mi madre lleva generaciones y generaciones en Cornualles.

—Ya, bueno, todo ese rollo de la sangre y el terruño nunca me ha...

—¿Te has enterado del último sondeo que han hecho? —repuso Polworth sin esperar a que Strike terminara la frase—. «¿Cuál es su origen étnico?», preguntaban, y la mitad, ¡la mitad!, señaló «cornuallés» en lugar de «inglés». Eso supone un aumento impresionante.

—Genial —replicó Strike—. ¿Y qué será lo siguiente? ¿Casillas para dumnones y romanos?

—Sigue usando ese tono de superioridad de mierda y verás cómo acabas —dijo Polworth—. Llevas demasiado tiempo en Londres, tío. No hay nada malo en estar orgulloso de ser de donde eres. No hay nada malo en que las comunidades quieran recuperar un poco del poder que les ha quitado Westminster. Los escoceses van a marcar el camino el año que viene. Ya lo verás. Ellos conseguirán la independencia y eso será el detonante. Los otros pueblos celtas de todo el país se pondrán en marcha... ¿Quieres otra? —añadió señalando la jarra vacía de su amigo.

Strike había ido al pub a relajarse un rato y a olvidarse de sus problemas, y no a que lo sermonearan sobre política córnica. La lealtad de Polworth a Mebyon Kernow, el partido nacionalista al que pertenecía desde los dieciséis años, parecía haber aumentado desde la última vez que Strike lo había visto, hacía ya más de un año. Dave era capaz de hacerlo reír como nadie, pero no toleraba las bromas sobre la independencia de Cornualles, un tema que para Strike tenía el mismo atractivo que los textiles para el hogar o la observación de trenes. Por un momento, estuvo a punto de contestarle que tenía que volver a casa de su tía, pero esa perspectiva era casi más deprimente que la invectiva de su viejo amigo contra los supermercados que se resistían a poner la cruz de san Piran en los productos de Cornualles.

—Sí, gracias —dijo finalmente, y tendió su jarra vacía a Dave, que se abrió paso hasta la barra, saludando a derecha e izquierda con la cabeza a sus numerosos conocidos.

Cuando se quedó solo en la mesa, Strike paseó distraído la mirada por el que siempre había considerado «su pub». Había cambiado a lo largo de los años, y aun así seguía reconociéndolo como el lugar donde se reunía de adolescente con sus amigos cornualleses. Tenía una sensación extraña: allí se sentía como en casa, pero también era un sitio en el que no encajaba en absoluto. Era como si lo excluyeran y, al mismo tiempo, lo aceptaran como uno más.

Su mirada siguió deslizándose al azar del suelo de madera a las litografías náuticas, hasta que se encontró mirando los grandes y anhelantes ojos de una mujer que estaba de pie junto a la barra con una amiga. Tenía el rostro alargado y pálido, y una melena corta de color castaño oscuro entreverada con algunas canas. Strike no la reconoció, pero ya se había fijado desde hacía un buen rato en que algunos clientes estiraban el cuello para verlo bien o intentaban atraer su mirada, así que sacó su teléfono móvil y fingió que escribía un mensaje.

Sus conocidos tenían la excusa perfecta para entablar conversación en cuanto él diera la más mínima señal de estar dispuesto a hablar, porque, al parecer, en Saint Mawes todos sabían que, hacía diez días, a su tía Joan le habían diagnosticado un cáncer de ovarios avanzado, y que él, su hermanastra Lucy y los tres hijos de ésta habían acudido de inmediato a casa de Joan y Ted para ofrecerles todo su apoyo. Strike llevaba una semana contestando preguntas, aceptando muestras de compasión y rechazando educadamente todo tipo de ofrecimientos de ayuda cada vez que salía de casa. Estaba harto de buscar nuevas formas de decir: «Sí, parece terminal» y «Sí, es una putada para todos».

Polworth regresó a la mesa con dos cervezas más.

—Aquí tienes, Diddy —dijo mientras se sentaba de nuevo en el taburete.

Ese viejo apodo no era, como mucha gente creía, una referencia irónica a la envergadura de Strike, sino que derivaba de «Didicoy», que significa «gitano» en córnico. Al oírlo, Strike se ablandó. Ese tipo de cosas le recordaban por qué su amistad con Polworth era la más duradera de su vida.

Treinta y cinco años atrás, Strike había llegado a la escuela primaria de Saint Mawes al comienzo del segundo trimestre; era demasiado alto para su edad, y su acento era muy distinto al del resto de los habitantes del pueblo. Pese a haber nacido en Cornualles, su madre se lo había llevado de allí en cuanto se recuperó del parto; se había largado de noche con el bebé en brazos, y había regresado a la vida de Londres que tanto amaba y que cons

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