Casos de pruebas circunstanciales

Janet Lewis

Fragmento

cap-2

Prólogo de 1947

Encontré la historia de la mujer de Martin Guerre en una antología titulada Famous Cases of Circumstantial Evidence [Casos famosos de pruebas circunstanciales].[1] Además de un ensayo, «La teoría de las pruebas presuntivas», obra de Samuel March Phillips (1780-1862), quien con la publicación en 1814 de su Tratado sobre la Ley de la prueba sucedió a Jeffrey Gilbert, Primer Juez del Tribunal de Cuentas, como autoridad de referencia sobre la ley probatoria inglesa, ese volumen recogía muchos relatos históricos de errores judiciales inducidos por el exceso de confianza en las pruebas circunstanciales. Algunos de los casos incluidos tuvieron lugar después de la muerte de Phillips, y no hay forma de saber quién los registró, ni cuáles fueron sus fuentes. No obstante, el juicio de Martin Guerre fue descrito y comentado por el célebre jurista francés Étienne Pasquier (1529-1615) en su extraordinaria obra enciclopédica Les Recherches de la France. Pasquier afirma: «Maître Jean Coras, grand jurisconsulte, qui fût rapporteur du procès, nous en représente l’histoire par escrit, avec commentaires pour l’embellir de poincts de droit» [Maese Jean Coras, gran jurista, quien fue relator del proceso, nos ha dejado la historia por escrito, con comentarios para ilustrarla en cuestiones de derecho]. Resulta razonablemente seguro que quienquiera que redactase la historia para el volumen de Famous Cases recurrió a la obra de maese Coras. Se afirma que Coras llegó luego a ser un juez famoso, y que fue ahorcado vistiendo su toga escarlata después de la matanza de san Bartolomé, durante los disturbios que se extendieron desde París hasta las provincias, y que no se apaciguaron hasta octubre de aquel año 1572, casi a los doce años justos de la ejecución de Arnaud du Tilh. Me han referido asimismo que Michel de Montaigne menciona en uno de sus ensayos el curioso caso de Martin Guerre, contemporáneo suyo. Lamento no poder citar el número del ensayo.[2] Aun así, entre Pasquier, Montaigne y maese Jean Coras, podemos estar seguros de que el proceso en cuestión efectivamente tuvo lugar. Al volver a contar la historia de Bertrande de Rols he intentado ser tan fiel a los acontecimientos históricos como permite la lejanía en el tiempo y en el espacio. La reseña del caso por Pasquier es más sucinta que la recogida en Famous Cases, pero incluye unos cuantos detalles de interés que esta última obra no proporciona. Pasquier concluye su relato con las siguientes palabras: «Mais je demanderois volontiers si ce monsieur Martin Guerre qui s’aigrit si âprement contre sa femme, ne meritoit pas une punition aussi griefve qu’Arnaud Tillier, pour avoir par son absence été cause de ce mesfait?» [Pero yo les preguntaría de buena gana si este señor Martin Guerre que tanto rencor le mostró a su mujer no era acaso merecedor de un castigo igual de severo que el de Arnaud Tillier, por haber propiciado con su ausencia esta fechoría].

JANET LEWIS
1947

cap-3

1. Artigue

Una mañana de enero de 1539, se celebró una boda en el pueblo de Artigue. Esa noche, los dos niños que se habían desposado yacían el uno al lado del otro en la cama, en casa del padre del novio. Se trataba de Bertrande de Rols, de once años, y de Martin Guerre, de la misma edad, descendientes ambos de pudientes familias campesinas tan antiguas, tan feudales y tan orgullosas como cualquiera de las grandes casas señoriales de la Gascuña. Hacía frío en la habitación. Fuera, una fina capa de nieve cubría el suelo rocoso, o apilada en largos bancos poco profundos en las esquinas de las casas, dejaba la tierra desnuda. Pero a mayor altitud se extendía hacia arriba formando grandes mantos y dunas, cubriendo las crestas y ahogando los valles boscosos hacia el pico de La Bacanère y el largo macizo de Burat, y hacia el sur, más allá del largo valle de Luchon, el pico granítico de la Maladeta se alzaba revestido de hielo y nieve. Los pasos hacia España estaban enterrados en la blancura. Los Pirineos se habían convertido en un muro infranqueable durante la estación invernal. Los españoles que se vieron sorprendidos en territorio francés por la primera nevada fuerte en septiembre, se quedaron allí, y los franceses, contrabandistas o soldados, o bien simples viajeros, que se hallaban del lado equivocado del puerto de Benasque, se vieron condenados a permanecer en España hasta la primavera. Con las ovejas en el redil, el ganado en la alquería, los haces de leña amontonados en altas pilas contra las paredes de la granja, los pueblos de montaña se sumían en la inactividad y el aislamiento forzosos. Era un tiempo de ocio, durante el cual bien podían celebrarse bodas.

Hasta esa misma mañana, Bertrande no había cruzado palabra en la vida con Martin, aunque lo había visto a menudo. De hecho, no se había enterado de que se había concertado el matrimonio hasta la víspera por la tarde. Esa mañana, se había arrodillado con Martin ante el padre de éste y luego, luciendo gallardamente una capa roja nueva, había caminado a su lado por la nieve, acompañada de numerosos amigos y parientes, y al compás de los violines, hasta la iglesia de Artigue, donde había tenido lugar la ceremonia. Le había parecido un asunto tan serio como la primera comunión.

Después, siempre con la música de los violines, que sonaba diáfana y penetrante en el aire frío, había vuelto a la casa de su marido, donde un enorme fuego de troncos de roble aderezados con sarmientos rugía en la gran chimenea, y donde se habían instalado en la cocina, principal habitación de la casa, improvisadas mesas con tablones largos sobre caballetes. Sobre el suelo de piedra se habían esparcido ramas recién cortadas de hoja perenne. Los lados y los fondos de las cacerolas de cobre despedían destellos rojizos con el reflejo de las llamas y el aire estaba impregnado del buen aroma de la carne asada y del vino recién escanciado. Bajo los pies, la nieve de los zuecos se derretía y se perdía entre las ramas pisoteadas. Un tufo a humanidad y a lana húmeda se entreveraba con los olores de la comida, y la conversación en la estancia resultaba increíblemente ruidosa.

Era un acontecimiento alegre, al igual que importante. Todo el mundo se mostraba intensamente jubiloso, pero nadie le hacía mucho caso a la pequeña novia. Después de los primeros abrazos y enhorabuenas, se sentó a la mesa larga al lado de su madre y se comió lo que ésta le sirvió de las grandes fuentes. Cada tanto, la mujer le pasaba afectuosamente el brazo por encima de los hombros y la estrechaba un momento contra su pecho, con orgullo y tranquilizadoramente. Pero conforme avanzaba la fiesta, la atención de su madre se fue centrando cada vez más en la conversación del cura, sentado enfrente de ella, y del padre del novio, sentado a su otro lado, y Bertrande, libre de observación en medio de toda aquella agitación, ostensiblemente en su honor, se dedicó a mirar a sus anchas

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