Los amantes de Hiroshima (Inspector Salgado 3)

Toni Hill

Fragmento

cap-1

 

Lo primero que la alertó fue una sombra en el espejo. Una mancha fugaz, pasajera, rápidamente relegada al fondo de la mente por el hormigueo que reptó por el centro de su espalda y la obligó a cerrar los ojos mientras Daniel le deslizaba la lengua por el cuello, a sabiendas de que se trataba de uno de sus puntos débiles. Un preámbulo sencillo, un prólogo que mezclaba la caricia húmeda con el cosquilleo amable de unas mejillas mal afeitadas, y sin embargo eficaz: conseguía vencer cualquier resto de reticencia, desarmarla y sumergirla en un estado casi de trance. Aun así, la señal de alarma debió de persistir en algún lugar de su cerebro porque en cuanto él se detuvo volvió a mirar. Para entonces el cristal, viejo y picado, le devolvió sólo la imagen borrosa de su cara y el cuerpo fuerte y agitado de Daniel encima de ella. La espalda brillante de sudor, las nalgas como una mancha reluciente, casi cómica, sobre aquellos muslos morenos, y sus propias manos tensas, uñas que se clavaban en los hombros de su pareja empujándolo hacia sí misma como si temiera perderlo.

Una visión conocida y excitante que desplazó todo atisbo de temor.

El espejo había sido idea suya, aunque a Daniel no le había importado lo más mínimo. De hecho, pocas cosas relacionadas con el sexo lograban molestarle, y si ella disfrutaba observándose mientras hacían el amor, si eso la hacía gozar más aún, él no tenía nada que objetar. «Como si quieres ponerlos en el techo», le había dicho con esa sonrisa voraz que le secuestraba la expresión de la cara, por lo general apática, en cuanto hablaban de sexo. Así que fueron a comprarlo juntos y, con el único fin de divertirse y escandalizar a la dependienta de la tienda de muebles, discutieron los pros y los contras de los distintos modelos y formas hasta inclinarse por uno a la antigua usanza, de marco blanco y hoja oscilante, que colocaron aquella misma tarde junto a la cama. Ella se desnudó y se tumbó sobre las sábanas mientras él, obedeciendo instrucciones, lo iba inclinando hasta que ella dio su aprobación. O, más bien, hasta que él se cansó de limitarse sólo a mirar y se lanzó sobre aquel cuerpo espléndido que se le ofrecía sin rubor. De aquello hacía ya meses y desde entonces habían sucedido muchas cosas. No todas buenas. Algunas terribles. Pero lo curioso era que en esa casa abandonada, el lugar inhóspito que se había convertido en su refugio, habían encontrado otro espejo: madera carcomida y un cristal que ya nada lograba limpiar. Pero a ellos les servía.

Cris se relajó, tratando de olvidar aquella sensación de inquietud que permanecía agazapada, lista para regresar en cualquier momento. No era nueva, la acompañaba a menudo en los últimos tiempos. Cerca, un pájaro de hierro volaba hacia su nido y, cuando el techo de la casa tembló bajo la sombra ensordecedora del avión, ella abrazó a Daniel con más fuerza, instándole con una sacudida a que terminara de una vez antes de que su mente se impusiera al instinto y le secara las ganas, pero él no quiso obedecerla. O tal vez malinterpretó su gesto y se paró. «No hables ahora —le rogó ella sin palabras—. ¡Joder, no lo estropees hablando!»

—¿Estás bien? —le susurró él al oído.

Cris deslizó los brazos por su espalda y luego los dejó caer a los lados, inertes, resignados ya al vacío que reemplaza a los orgasmos perdidos. Volvió la cabeza hacia la ventana para eludir el cuadro que se dibujaba en el espejo; no quería contemplar el desengaño en su propia cara para evitar recordarlo más adelante. No era la primera vez que echaba de menos el estado de ligereza, la inconsciencia frívola que provocaba en ambos la combinación justa de alcohol y coca.

A pesar de todos los argumentos en contra, de las razones esgrimidas y acordadas, el sexo sin drogas no era lo mismo.

Acercó la cara al pecho de Daniel y aspiró su olor. Luego levantó la cabeza y le miró a esos ojos que eran casi negros, un efecto realzado por las cejas pobladas y oscuras, y sintió un atisbo de ternura al comprobar que aún se apreciaban en su cara rastros de los golpes recibidos. Estaba a punto de llevar la yema de su dedo índice al moretón que conservaba él en la mejilla y que le daba aspecto de boxeador en horas bajas cuando oyó algo que, en ese instante, no logró identificar. Aunque hasta entonces nadie se había acercado a aquella casa, perdida en mitad del campo, los dos sabían que estaban expuestos a que cualquiera entrara en ella. Críos jugando, adolescentes en busca de un lugar donde echar un polvo, yonquis desesperados por un pico, falsos amigos. Cris habría dicho algo si él no hubiera atajado el intento con un beso con el que deseaba avivar los rescoldos del fuego. La besó con fuerza, exigente y avasallador, y ella identificó el sabor del Daniel que conocía, y se esforzó por ser la Cristina de siempre: atrevida, pasional, impetuosa.

A partir de ese momento se empeñaron en olvidarse del entorno, del pasado reciente, y acordaron repetir la danza cuyos pasos conocían y habían practicado mil y una veces, sin querer enterarse de que, por mucho que se empeñaran, el resultado empezaba a tener visos de imitación. Querían quererse igual que antes, como si nada hubiera sucedido, y sin embargo no lo lograban del todo. Aun así, sus cuerpos jóvenes reaccionaban al roce y a la piel, y quince minutos después Cristina tuvo la satisfacción de contemplarse en el espejo segundos antes de llegar al orgasmo, lo cual la excitaba profundamente.

Entonces lo vio. Lo vio, ya sin la menor duda, y antes de distinguir el arma que llevaba en la mano, el instrumento que al cabo de un instante se estrellaría contra la superficie del espejo, Cristina olió el peligro y presintió que Daniel, en cambio, permanecía ajeno a él, demasiado relajado para percibir la amenaza hasta que fue demasiado tarde. Por eso intentó avisarle, exhaló un gemido que tenía poco que ver con el placer. No sirvió de nada. La barra de acero se abatió con fuerza contra la cabeza de su amante y la aplastó con un crujido seco. Ella abrió la boca e intentó traducir el pánico en un grito que nació mudo.

Cristina Silva se llevó consigo una última imagen. En un aciago presagio de lo que sería su final, entrevió su cara fragmentada en la telaraña que surcaba el cristal. Sepultada bajo un cuerpo inerme que se había convertido en un escudo inútil, un peso muerto que le impedía moverse, lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos para eludir la visión de aquella arma que, después de machacar la nuca de Daniel, iba a caer sobre ella sin demostrar el menor atisbo de duda o de piedad.

El dolor es misericordioso. El primer golpe la dejó inconsciente y no sintió nada más.

cap-2
1

«Para sobrevivir al sistema hay que engañar al sistema.» Sin saber por qué, esta frase se ha convertido en un mantra en los últimos días. Ni siquiera está seguro de dónde la ha sacado, si la ha oído en alguna película o se trata de un lema que alguien ha soltado por ahí en estos tiempos de indignación pacífica, pero se ajusta como un guante a su situación y, a falta de otro mejor o más original, Héctor lo ha adoptado como sínt

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