A ojos de nadie

Paola Boutellier

Fragmento

Prólogo

Prólogo

No abro los ojos aún porque tengo miedo de ver qué ha sucedido, aunque no sé si es peor el hecho de imaginármelo con los ojos cerrados. Mi cuerpo está en tensión, esperando, por si tengo que echar a correr de nuevo. Siento que esto es lo único que he estado haciendo durante mucho tiempo. Me duele. Y, aun así, sigo precavida, paciente.

No sé qué me ha pasado. Me vienen a la cabeza imágenes que no consigo identificar. Solo noto mi cara a salvo, sana, sin dolor. La cabeza, sin embargo, parece que me va a explotar en cualquier momento, y creo que nunca sufrí una jaqueca tan intensa.

Al final termino por impacientarme y la curiosidad gana al dolor, de modo que empiezo a entreabrir un poco los párpados, armándome de valor porque realmente me aterroriza lo que pueda estar ocurriendo. Aunque nunca he sido una cobarde y hoy no va a ser el primer día. Me decido después de lo que se me antoja una eternidad y abro los ojos.

Al principio me ciega una luz blanca. ¿He muerto? No. Si me hubiera muerto, dudo que aún sintiera un dolor tan agudo. Tiene que ser mucho más liberador, estoy segura, si no sería una auténtica putada. Frente a mí, lo primero que puedo observar es un televisor de pantalla plana y unas paredes de color celeste. No huelo nada especial, y una puerta a mi derecha me deja ver un pequeño mostrador al fondo, fuera de la habitación en la que estoy. Y lo comprendo.

«Mierda.»

Estoy en un hospital y no tengo ni idea de cómo he llegado, conque la situación debe de ser grave. Intento hacer memoria durante unos minutos y decido mirar a mi alrededor muy lentamente. En la habitación reina un completo silencio, ni siquiera en el pasillo se oye nada. ¿Estaré sorda? Madre mía, me he quedado sorda. Empiezo a moverme, reuniendo todas mis fuerzas, para comprobar si estoy sola.

Justo en ese momento noto que alguien se mueve a mi derecha. Luca está ahí, sonriéndome con cara cansada y unas líneas de expresión muy marcadas que hasta ahora no le había visto jamás.

—Hola, dormilona. Vaya susto —me dice en un tono de voz muy bajo. Ha tenido que ser un susto tremendo, porque aprecio la preocupación en su rostro. Va con el cabello alborotado y los rizos despeinados.

Acto seguido observo sus ojos: le han salido unas ojeras inmensas y muy pronunciadas. No sé cuánto llevará sin dormir, pero calculo que, como mínimo, un par de días. Sin duda, ha sido grave. Quiero quitarme esta idea de la cabeza de inmediato y por un instante no pensar en el dolor, así que le sonrío.

—Ya sabes, bicho malo nunca muere. —No sé cómo sale la voz de mi garganta. Me escucho extraña, desubicada, pero supongo que es normal. Al fin y al cabo, he despertado en un hospital.

—Es una suerte entonces. —Habla otra vez en voz muy baja y me cuesta comprenderlo.

—¿Por qué susurras?

—Yo... no estoy susurrando. —Vuelvo a adivinar la preocupación en su rostro, incluso el pánico. Aunque intenta discretamente y de la peor de las maneras que yo no lo perciba, lo veo ahí. En cada movimiento, en cada expresión.

Examino lo que hay a mi alrededor y comienzo a observar mi cuerpo para intentar averiguar qué me ha podido pasar. Me miro las manos y advierto que están llenas de llagas y heridas, aunque están cubiertas con una tela blanca muy fina que deja entrever unos pequeños puntos de sangre seca.

Ahora soy yo a quien le entra el pánico. Me falta el aire en los pulmones. Por más que intento respirar con serenidad mi cuerpo no me hace caso, e instintivamente mi pecho empieza a moverse muy rápido. Sollozo sin control. Comienzo a entender por qué mi cuerpo está en tensión, por qué me arde cada poro de mi piel. Tengo las piernas quemadas también.

Siento un escalofrío. Y es entonces cuando de pronto me llegan pequeñas fracciones de imágenes a la cabeza, recordándome lo que he vivido, cómo he llegado hasta aquí. No sé si me está dando un ataque de ansiedad, jamás he sentido nada semejante. Me asfixio y me pongo a llorar desesperada, histérica. Quiero irme de aquí, no puedo quedarme. Necesito escapar, necesito seguir corriendo.

—¿Te duele? ¿Llamo a alguien? Tranquila, ya estás bien, tienes calmantes puestos. ¡Por favor! —suplica—. ¡Que venga alguien, por favor! ¡Enfermera! —Sé que ha gritado, pero yo no lo oigo—. Todo ha sido culpa mía. Perdóname, Mera —se disculpa desesperado.

Pocas veces he oído gritar a Luca, pero ese momento es diferente: grita angustiado. Lo veo en su rostro, en su boca y en la vena cada vez más abultada en su cuello, aunque mi oído no lo perciba de ese modo. Así que empiezo a gritar para escucharme mejor a mí misma.

1. Mera

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Mera

Septiembre de 2019

Despertó gritando, entre sudores, creyendo que la pesadilla que acababa de vivir en su subconsciente era real, que aún la perseguía. Y no andaba muy equivocada, pues la llevaba persiguiendo desde hacía muchos años y tenía que convivir con ella más de lo que le gustaba admitir. Aunque esta vez, Mera estaba corriendo. Corría sin parar al descubrir que algo, o alguien, la seguía sin descanso. Normalmente en sus pesadillas le ocurría lo contrario, se quedaba del todo paralizada viendo las lápidas de las personas a las que quería. Los árboles hablaban mientras el viento les atizaba, no pronunciaban palabras pero le vaticinaban tormenta y soledad.

Aun así, no corría. Nunca corría. Hasta esa noche.

«Si no sufriéramos pérdidas, nunca seríamos lo suficientemente fuertes para enfrentarnos a lo que nos resta de vida. Si el dolor que hemos padecido no lo transformáramos en vitalidad y energía para sobrevivir cada día, estaríamos completamente perdidos.» Esto es lo que se decía todas las mañanas al despertarse y ver la fotografía de sus padres encima de la mesita de noche. Ya habían pasado casi veinte años, y aún no se acostumbraba a su ausencia.

Su padre era español, un hombre moreno, alto y bronceado de ojos avellana que conquistó a su madre durante un viaje de estudios que realizó ella en su segundo año de filología. Su madre, Eleanor, era una mujer de armas tomar: jamás se dejó encandilar por un «españolito» (como ella misma decía), aunque todo el mundo sabía que en cuanto lo vio se enamoró de él. Siempre que pensaba en su his

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