El ritual de los muertos

Nagore Suárez

Fragmento

1. Ánimas

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Ánimas

Dicen que todas las leyendas esconden algo de realidad. Aquella tarde de principios de febrero, mientras la lluvia caía suavemente sobre las lápidas del cementerio, me vino a la mente una de las más populares de Bécquer, que había leído varias veces en el instituto: «El monte de las ánimas». Según contaba, la Noche de Difuntos, templarios y nobles, muertos tiempo atrás en una lucha inútil, se levantaban de sus tumbas y vagaban por el monte envueltos aún en los jirones de sus sudarios. Y entonces, doblaban solas las campanas de la capilla y el lugar se volvía intransitable para los humanos; cualquiera que pusiera un pie allí no regresaría a su casa con vida. Me pregunté cuántos curiosos se acercaban todavía en la noche del 1 de noviembre a aquel paraje, con la esperanza —y el temor— de encontrarse con las ánimas de los muertos y quizá, quién sabe, con los mismísimos Beatriz y Alonso, los desdichados protagonistas de la historia del escritor romántico.

No fue casualidad que me acordara en ese momento de Bécquer y de su monte de las ánimas. Esa mañana, cuando conducía por la autovía, había pasado por Soria. No había llegado a entrar en la ciudad, ya que mi camino se desviaba antes hacia la sierra de Cameros. Para llegar hasta el pueblo —sin pagar peaje— hacía falta atravesar una estrecha carretera de doble sentido llena de curvas que discurría entre montañas rojizas dignas del lejano Oeste —buitres incluidos—, bosques ahora casi desnudos, un embalse y pequeños pueblos junto al río Iregua. Era la primera vez que tomaba aquella ruta, y, como había salido muy pronto de Madrid, había aprovechado para hacer un par de paradas.

Desayuné un café y un cruasán de tamaño considerable en un bar de Villanueva de Cameros, al lado de una pequeña gasolinera y de una ermita escondida entre unos árboles, a la que se llegaba bajando unas escaleras. Más tarde, paré a un lado de la carretera en una fuente de piedra llamada Los Eros, donde llené la botella de agua helada, saqué a Dalí a hacer pis y estuve a punto de pisar a unos agradables limacos, una especie de babosas negras gigantes, que se arrastraban plácidamente cerca del pilón cubierto de verdín. En realidad, si hacía balance, aquella había sido una mañana bastante intensa.

El día anterior había recibido una llamada de Paloma para contarme que el padre de Abel, después de un par de meses luchando contra un repentino cáncer de colon, había fallecido. Así que había preparado mi habitual maleta llena de «por si acasos» y había partido en dirección al pueblo. No había podido estar allí durante el tiempo en el que había estado ingresado en el hospital y, justo por eso, no quería faltar a su funeral.

—¿Crees que queda mucho? —me susurró Paloma.

A lo lejos se escuchaban las palabras del cura, amortiguadas por el sonido de la lluvia. Intenté mover la mano con la que sujetaba el paraguas, pero hacía tanto frío que, aunque llevaba guantes, apenas sentía los dedos. Por lo visto, había llegado una borrasca con nombre de señora, que amenazaba con equiparar las temperaturas de Navarra a las de Finlandia.

—Espero que no —respondí yo en el mismo tono—. Me estoy congelando.

Paloma sacó un pañuelo de papel usado del bolsillo para limpiarse la nariz.

—¿Estás segura de que vas a dormir en tu casa? Te vas a morir de frío.

—Tranquila, Rogelio ha puesto la calefacción esta mañana, y encenderé la chimenea del salón.

—Entonces soy yo la que se va a dormir contigo..., no creo que aguante a mi hermana tanto tiempo —contestó bajando aún más la voz.

Miré hacia mi derecha. Pude ver a Irene, la hermana mayor de Paloma, junto a Carmen, su madre, a unos metros de nosotras. Por suerte, no parecía habernos oído. Las hermanas no podrían ser más diferentes: mientras que Paloma había heredado el pelo extremadamente rubio y la altura de su madre, Irene apenas rozaba el metro sesenta y tenía el pelo y los ojos castaños. Pero había un rasgo que sí compartían: la misma naricilla afilada de elfo.

Seguí recorriendo el cementerio con la mirada. Había mucha gente reunida allí, medio pueblo había acudido al entierro. El padre de Abel era toda una institución —el dueño de las bodegas más importantes de la zona— y todo el mundo había querido hacer acto de presencia. Busqué entre la multitud alguna cara familiar, pero reconocí a pocos: el camarero de El Guacamayo, la panadera... Algunos me miraban con desconfianza o cuchicheaban entre ellos. El impacto de lo ocurrido el verano pasado aún no había desaparecido, y eso que no conocían ni la mitad de la historia.

—Está allí —dijo Paloma señalando un punto a la izquierda, cerca de la puerta.

—¿Qué? ¿Quién? —pregunté desconcertada.

—Gabriel Palacios. No disimules, estabas intentando localizarle.

Miré fijamente al suelo. Paloma tenía razón, en el fondo tenía la esperanza de descubrirle entre la gente, aunque no sabía muy bien por qué.

—Mierda... No quiero que me vea.

—Un poco tarde. Pero, tranquila, no creo que vaya a venir a saludarte.

No podía contradecirla. De hecho, tal como habían acabado las cosas entre nosotros, lo más probable era que Gabriel no fuera a saludarme en un tiempo. Y lo cierto era que me lo había ganado a pulso.

Habían pasado casi siete meses desde que volviera a la casa indiana de mi abuela con la intención de pasar el verano y asistir a un festival de música. Siete meses desde que aparecieran unos huesos en el jardín, que resultaron estar relacionados con mi madre y lo que ocurrió en el pueblo durante el verano de 1978, cuando ella aún era una adolescente. Desde entonces, las cosas habían cambiado mucho.

Regresé a Madrid y, después de pasar unas semanas en casa de mi madre, donde recibí más cuidados —aunque quizá peor comida— que en un hospital, volví a mi microscópico apartamento en La Latina. Me acostumbré rápido a la rutina acelerada de la ciudad y, sin embargo, nada volvió a ser lo mismo. Y no por las pesadillas o las pastillas para calmar la ansiedad, que me ponía bajo la lengua cuando sentía que no podía respirar. Había algo más, algo que aún no conseguía identificar. Una sensación de miedo y, a la vez, la necesidad de volver allí, al lugar donde empezó todo. Pero siempre ganaba el miedo.

Había pensado en ir de visita, claro. Varias veces, de hecho. Pero después buscaba alguna excusa, algún plan que surgía el fin de semana o trabajo pendiente. Y, poco a poco, fui distanciándome de todo lo que tuviera que ver con el pueblo. Era más cómodo así, aún no me sentía preparada. En Madrid todo parecía más lejano, más irreal... La casa, el verano, el festival... eran como un sueño, un escenario de una vida pasada.

Al principio, hablaba con Gabriel casi a diario: mensajes, alguna llamada..., la promesa constante de que volvería pronto siempre flotaba entre nosotros. Y después, poco a poco,

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