Un giro decisivo (Comisario Montalbano 10)

Andrea Camilleri

Fragmento

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Dos

Sorprendido, Montalbano rodeó el cadáver lentamente, procurando no chapotear. Había bastante luz y el calambre se le había pasado. Aquel muerto no era reciente. Debía de llevar tiempo en el agua porque apenas le quedaba carne pegada a los huesos y la cabeza se había convertido prácticamente en una calavera. Una calavera con una cabellera de algas. La pierna derecha estaba a punto de desprenderse del resto del cuerpo. Los peces y el mar se habían ensañado con aquel desgraciado, probablemente algún náufrago o algún inmigrante ilegal que, a causa del hambre o la desesperación, había intentado entrar en el país clandestinamente y había sido arrojado al mar por algún mercader de esclavos más cochino y miserable aún que los demás. Aquel cadáver debía de venir de muy lejos. ¿cómo era posible que durante todos los días que había permanecido flotando sobre el agua ningún barco de pesca o alguna otra embarcación hubiera reparado en él? Muy difícil. Seguramente alguien lo había visto, pero se había atenido a la nueva moral imperante, según la cual, si atropellas a alguien por la calle, tienes que seguir tu camino sin prestarle ayuda: ¿cómo iba a detenerse un barco pesquero por algo tan inútil como un muerto? Además, ¿no habían sido unos pescadores los que, para evitarse las molestias burocráticas, habían devuelto al mar unos restos humanos que habían cogido con las redes? «La piedad ha muerto», decía proféticamente una canción, o lo que fuera, muy antigua. Y poco a poco estaban agonizando también la compasión, la fraternidad, la solidaridad, el respeto a los ancianos, a los enfermos, a los niños... Estaban muriendo las normas de...

«No te hagas el moralista —le dijo Montalbano a Montalbano—. Huye de esa trampa.»

Apartó sus reflexiones y miró hacia la orilla. ¡Virgen santísima, qué lejos estaba! ¿Cómo demonios había hecho para adentrarse tanto? ¿Y cómo coño se las arreglaría para llevar el cadáver hasta la playa? El cual, entre tanto, se había alejado unos metros, arrastrado por el oleaje. ¿Acaso estaba desafiándolo a una carrera de natación? Y justo en ese momento se le ocurrió la solución al problema. Se quitó el bañador, que, además del elástico, tenía alrededor de la cintura un cordón largo que no servía para nada, era un simple adorno. En dos brazadas se situó al lado del cadáver y, tras pensar un poco, le enrolló el bañador fuertemente en la muñeca izquierda y lo ató con un extremo del cordón. El otro extremo se lo ató con dos nudos al tobillo izquierdo. Si el brazo del cadáver no se desprendía durante el remolque, lo cual era muy posible, todo el asunto llegaría a buen puerto, y nunca mejor dicho, aunque fuera a costa de un enorme esfuerzo. Empezó a nadar, muy despacio, utilizando sólo los brazos. De vez en cuando se detenía no sólo para recuperar el resuello, sino para comprobar que el cadáver seguía atado a él. Cuando estaba a medio camino, se vio obligado a hacer una pausa más larga, pues su respiración se había vuelto tan agitada como la de un fuelle. Se volvió de espaldas para hacer el muerto, y entonces el muerto de verdad se volvió boca abajo, impulsado por el movimiento del cordón.

—Ten paciencia —se disculpó Montalbano.

Cuando notó que ya jadeaba un poco menos, reanudó la marcha. Al cabo de un rato, que le pareció interminable, vio que podía hacer pie. Se desató el cordón del tobillo y, sin soltar el otro extremo, se puso en pie. El agua le llegaba a la altura de la nariz. Saltando de puntillas avanzó unos metros hasta apoyar las plantas en la arena. Una vez que se sintió a salvo, se dispuso a dar el primer paso.

Lo hizo, pero no se movió. Volvió a intentarlo. Nada. ¡Dios mío, se había quedado paralítico! Parecía un poste plantado en medio del agua, un poste al que estaba amarrado un cadáver. En la playa no se veía ni un alma a quien pedir ayuda. ¿A que todo era un sueño, una pesadilla?

«Ahora voy a despertarme», se dijo.

Pero no se despertó. Desesperado, echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito tan fuerte que hasta él se quedó aturdido. El chillido tuvo dos efectos inmediatos: el primero fue que un par de gaviotas que volaban por encima de su cabeza disfrutando de la escena huyeron despavoridas; el segundo, que los músculos, los nervios y, en resumidas cuentas, toda la envoltura de su cuerpo se volvieron a poner en movimiento, aunque con extrema dificultad. Los treinta pasos que lo separaban de la orilla fueron un auténtico viacrucis. Al llegar a la franja de arena donde morían las olas se dejó caer de culo en la playa y permaneció un rato así, sin soltar el extremo del cordón. Parecía un pescador que no consiguiera arrastrar a la orilla el enorme pez que acababa de pescar. Se consoló pensando que lo peor ya había pasado.

—¡Manos arriba! —gritó una voz a su espalda.

Montalbano giró la cabeza, estupefacto. Quien había hablado estaba apuntándolo con un revólver que debía de haber participado en la guerra ítalo-turca de 1911. Era un hombre de unos setenta años, delgado y vigoroso, de ojos extraviados y con cuatro pelos tiesos como alambres en la cabeza. A su lado había una mujer, también septuagenaria, tocada con un sombrero de paja y armada con una barra de hierro que agitaba no se sabía si a modo de amenaza o como consecuencia de un Parkinson avanzado.

—Un momento —dijo Montalbano—. Yo soy...

—¡Eres un asesino! —dijo la mujer con una voz tan estridente que hasta las gaviotas, que habían vuelto para disfrutar de la segunda parte del espectáculo, se alejaron chillando.

—Pero, señora, yo no...

—¡No lo niegues, asesino! ¡Llevo dos horas observándote con los prismáticos! —dijo la vieja en tono todavía más fuerte.

Montalbano se quedó perplejo. Sin pensarlo, soltó el cordón y se levantó.

—¡Oh, Dios mío! ¡Está desnudo! —gritó la vieja, retrocediendo dos pasos.

—¡Miserable! ¡Eres hombre muerto! —gritó el viejo, retrocediendo dos pasos a su vez.

Y abrió fuego. El ensordecedor disparo pasó a unos veinte metros del comisario, que se quedó aterrorizado, más que nada por la detonación. El obstinado anciano, que a causa del retroceso se había desplazado otros dos pasos hacia atrás, volvió a apuntar.

—Pero ¿qué hace? ¿Está loco? Soy el...

—¡Chitón y no te muevas! —le advirtió el viejo—. Ya hemos avisado a la policía. Llegará de un momento a otro.

Montalbano no se movió. Por el rabillo del ojo vio cómo el cadáver se alejaba poco a poco. Al cabo de un rato, cuando Dios quiso, llegaron dos vehículos a gran velocidad por la carretera y se detuvieron en seco. Lo primero que vio Montalbano fue a Fazio y Gal

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