Piel quemada

Laura Lippman

Fragmento

Uno

UNO

11 de junio de 1995
Belleville, Delaware

Lo que más le llama la atención de ella son sus hombros, rojos por el sol. Debe de haberse quemado hace dos días, es decir: el viernes. Ayer seguramente le escocían cuando se tocaba, y hoy le pican tanto que le cuesta no toqueteárselos todo el rato; ahora mismo lo está haciendo, distraída. La piel ha empezado a descamársele y dentro de poco ya no estarán tan sensibles. Son los primeros días de junio, y con la brisa algunos olvidan que el sol ya pega fuerte, pero ¿cómo puede ser que una pelirroja treintañera cometiera ese error de novata?

¿Y qué hace allí, sentada en un taburete a setenta kilómetros del mar en un pueblo donde nadie para los domingos por la noche? Belleville es el típico sitio de paso, y pronto ni siquiera será eso: están construyendo una ancha circunvalación para que el tráfico de la costa no caiga en la ratonera de la vieja calle principal. Al ir hacia allí, ha visto los camiones y las excavadoras ociosos: los domingos no trabajan. Lo más seguro es que los sitios como ese bar restaurante, el High-Ho, pierdan la poca clientela que tienen.

High-Ho... ¿será un error ortográfico? ¿No debería ser Heigh-Ho? Y si es el caso, ¿reproduce lo que cantan los siete enanitos mientras vuelven a casa a descansar al salir de la mina: «Heigh-ho, heigh-ho, la hora ya llegó...», o lo que grita el Llanero Solitario mientras se aleja a caballo hacia el crepúsculo: «¡Heigh-ho, Silver!»? Ninguna de las dos cosas encaja demasiado con el local.

La verdad es que allí no encaja nada.

La pelirroja tiene los hombros delgados (los huesos asoman bajo la piel) y cuando los encoge se levantan tanto que a él le parecen un par de alas. En contraste, la pechera del vestido de tirantes rosa y amarillo es redondeada y turgente. A juzgar por su actitud, no busca la atención de ningún hombre, al menos no esta noche. Cuando se sube al taburete, él nota sin querer que por delante no está tan roja: la estrecha franja de piel visible sobre el escote —más bien alto— del vestido muestra apenas un ligero bronceado, al igual que sus mejillas. Se nota que es la clase de mujer que prefiere el bañador al bikini por recato, así que es probable que los hombros hagan juego con una profunda «U» roja en la espalda. Ayer, la presión de unos dedos le habría dejado marcas blancas.

Se pregunta si habrá quedado allí con alguien: alguien que le ponga crema donde ella no llega. Lo sorprendería, aunque no tanto como que anduviera en busca de un rollo de una noche. De todos modos, ninguna de las dos hipótesis le choca: muy lanzada no se la ve, la verdad, pero al final ésas son las más peligrosas.

Lo que está claro es que algo trama: en eso, su intuición no falla nunca.

No le entra a saco, no es su estilo. Modestia aparte, no lo necesita; las cosas como son. Es una especie de Ken, el novio de la muñeca Barbie, aunque bronceado todo el año. Alto, musculoso, de facciones regulares, ojos claros, pelo oscuro... Las mujeres siempre presuponen que Ken quiere a una Barbie, pero a él lo atraen las mujeres delgadas con un punto huidizo. En sus ratos libres le gusta cazar ciervos con arco y flechas: va a los bosques del oeste de Maryland y si hace falta se pasa el día entero sentado en un árbol, esperando; le encanta. Tom Petty se equivocaba al cantar «The waiting is the hardest part»: esperar no es lo más difícil, la espera puede ser bella, enriquecedora, llena de posibilidades. De pequeño, cuando vivía en la bahía de San Francisco, sus padres, unos beatniks avant la lettre, lo llevaron a Stanford para que participara en un estudio donde le dieron un caramelo y le pidieron que se quedara sentado un cuarto de hora en una habitación. Si no se lo comía, le darían dos. «¿Cuánto tengo que quedarme aquí sentado para que sean tres?», preguntó él, y todos se rieron.

Hasta después de los veinte no supo que había tomado parte en un experimento orientado a averiguar si hay una correlación entre el éxito y la capacidad de un chiquillo de gestionar el deseo de gratificación inmediata. Le sigue pareciendo injusto que el experimento no previera poder recibir tres caramelos a cambio de quedarse sentado el doble de tiempo que los otros niños.

Ha dejado dos taburetes de separación para no agobiarla, pero se asegura de que lo oiga pedir una copa de vino. Que pida vino en vez de cerveza en un local así, capta de inmediato la atención de ella. Ésa era la idea: captar su atención. Ella no dice nada, pero lo mira de reojo mientras él le pregunta a la rubia de la barra qué vinos tienen, y nota que no se pone tiquismiquis cuando la chica le contesta, literalmente, «tenemos blanco y tinto», y que no se molesta cuando le sirve el tinto frío; no a la temperatura que prescribiría cualquier sumiller, quince grados, sino directamente de la nevera. Lo observa dar un sorbo, volver a llamar a la camarera y decirle con impecable educación:

—Perdona, ¿sabes qué? Te lo pagaré igualmente, pero no me gusta. ¿Me pones una cerveza? —Echa un vistazo a los grifos—. ¿Una Goose Island puede ser?

Ella le lanza otra rápida mirada antes de concentrarse en su bebida: una cosa color ámbar con cubitos de hielo. Adondequiera que pretenda ir después, no será lejos. Él contempla su propia cerveza y dice en voz alta, como hablando solo:

—¿A qué clase de gilipollas se le ocurre pedir vino tinto en Belleville, Delaware?

—No lo sé —contesta ella sin mirarlo—, ¿qué clase de gilipollas eres?

—Uno normalito. —Al menos es lo que siempre le dicen sus ex: una esposa con la que estuvo unos cinco o seis años y unas siete u ocho novias, cantidad respetable para un hombre de treinta y ocho años—. ¿Eres de por aquí?

—Según lo que entiendas por «ser de por aquí».

No le está siguiendo el juego, sino retrayéndose.

—¿Vives aquí?

—Ahora sí.

—Es que, al ver lo quemada que estás... he pensado que irías de camino a Baltimore o Washington después de pasar uno o dos días en la playa.

—Pues no, vivo aquí.

Nota que la camarera parpadea sorprendida.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

«Será broma», piensa: nadie para a tomar una copa en un pueblo desconocido y decide quedarse a vivir allí, y menos en un pueblo como ése. No es que haya aterrizado en la Toscana o en Oaxaca, dos sitios que él conoce bien y donde puede imaginarse que alguien diga: «Sí, aquí es donde quiero quedarme»; es Belleville, Delaware, con su triste y lamentable calle principal (llamada precisamente Main Street, como en tantos otros lugares), su población de menos de dos mil habitantes y su entorno de campos de maíz y granjas de pollos. ¿Conocerá a alguien? Cuando menos la camarera no le da trato de clienta habitual, ni siquiera de posible clienta; para ella (pechugona y bronceada a conciencia), la pelirroja es como un mueble: es él quien le interesa, y está intentando averiguar si está de paso o se quedará a pasar la noche.

Algo que aún no decide.

—Si ne

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