Después de la guerra

Hervé Le Corre

Fragmento

cap-1

1

Hay un hombre en una silla con las manos atadas a la espalda. Está en calzoncillos y camiseta de tirantes, inmóvil, con la mandíbula desencajada y la barbilla contra el pecho, y respira por la boca, de la que cuelga, entre los labios reventados, un hilo de baba sanguinolenta. El torso sufre una sacudida con cada inspiración, debido a los sollozos o quizá a las arcadas. Tiene una brecha en la ceja derecha que sangra sobre el ojo hinchado, convertido en un huevo negruzco. En la frente, un chichón enorme empieza a amoratarse. Le ha chorreado sangre de la cara por la camiseta. También ha caído al suelo.

El espacio solo está iluminado por la lámpara suspendida encima de la mesa de billar, que proyecta un cono de luz amarilla y deja todo lo demás en penumbra: cuatro mesas de bar, redondas, con sus sillas alrededor, un tablero de puntuación, un aparador. Aunque hay apliques en las paredes, con pantallitas verdes, da la impresión de que a nadie le ha parecido necesario encenderlos.

Alrededor del hombre de la silla hay tres individuos que ahora mismo no dicen nada y se limitan a fumar, de pie. Jadean ligeramente, se oye su respiración entrecortada, que se calma poco a poco. Uno de ellos, en especial, alto y corpulento, tose y está a punto de ahogarse, y acaba pisando el pitillo para apagarlo. La camisa arremangada deja ver unos músculos abultados. La barriga prominente tensa los faldones y tira de los botones, que parecen a punto de reventar. Tiene el pelo muy negro, rizado, lo que confiere a la cara redonda un aspecto de serafín malhumorado, con el entrecejo fruncido, la boca torcida y los ojos muy claros y atravesados por grandes pupilas, clavadas en este instante en la nuca del hombre de la silla.

—A ver, ¿qué hacemos?

Los otros dos también miran con gesto pensativo al hombre inconsciente y no parecen haber oído la pregunta. El mayor de los tres se aproxima. Examina la cara tumefacta y chasquea los dedos a la altura de una oreja.

—Hay que espabilarlo. El muy hijo de puta no puede con su alma.

Se pone recto y le atiza un manotazo en la coronilla.

El hombre da un respingo, abre todo lo que puede el ojo que aún le sirve.

—¿Sabes dónde estás? ¿Sabes qué haces aquí? ¿Te acuerdas? ¡Eh! ¿Me oyes o qué?

El otro gime mientras asiente con la cabeza. Puede que se oiga un «sí» procedente de lo más hondo de la garganta.

—¿A Penot lo conoces? Sí, claro que lo conoces. Bueno, pues buscamos al que lo rajó el otro día. Y punto. O sea, que nos dices dónde está el Cangrejo y te dejamos que te vayas a casita. ¿Entendido?

El grandullón suspira, carraspea y escupe en el suelo. Ya respira mejor y enciende otro pitillo. Se oye el chasquido de su mechero americano. El tercero se ha sentado en una silla con los codos apoyados en la mesa, las piernas estiradas y los pies cruzados. Mira el reloj. Solo se oye el jadeo del torturado.

—Esto es perder el tiempo —dice el que ha mirado la hora—. Coño, son casi las doce de la noche. No va a abrir la boca.

—Pues claro que va a cantar. ¿A que vas a cantar? ¡Sujétale la cabeza!

Se levanta, se quita la americana, se arremanga, le rodea el cuello con el brazo y tira hacia sí para estrangularlo. El mayor enciende un pitillo, aspira el humo con avidez y mira cómo enrojece la punta incandescente; luego se acerca al hombre, que trata de gritar, aunque el sonido queda ahogado por el brazo que le atenaza la garganta.

—¿Dónde está el Cangrejo? Está claro que ha liquidado a Penot a la primera de cambio para vengarse por lo que le hizo a su hermano durante la ocupación. Sabemos que ha sido él o uno de los suyos, así que dínoslo, joder, o te damos de hostias hasta mandarte al otro barrio.

Da vueltas con el pitillo alrededor del ojo derecho del torturado, que logra decir entre estertores que no sabe nada. Expectora las palabras. Salivazos sanguinolentos. Luego chilla cuando el otro le hunde la punta del pitillo justo debajo del ojo y al que lo retiene le cuesta impedir que zarandee la cabeza y se retuerza hasta mover la silla, cuyas patas rechinan levemente contra el parqué. El grandullón acude en su ayuda y le coloca las manos contra las sienes con el gesto disgustado de quien está ya harto de ese tipo de obligación rutinaria.

—Cierra el pico —ordena—. Y contéstale a Albert si no quieres quedarte tuerto.

Habla sin levantar la voz, como el que da un consejo con impaciencia. Sus manos forman una especie de casco en torno a la cabeza ensangrentada, con los gruesos dedos a modo de visera.

El tal Albert aparta el pitillo y le da una calada. Olor a piel y carne quemadas. El humo, espeso e indolente, flota por debajo de la lámpara del billar. Les hace un gesto a los otros dos y vuelve a acercarse. Sostiene la brasa de tabaco al lado de la comisura del ojo.

—¿Sabes qué? De haber estado aquí Penot, ya te habría hecho la manicura; siempre les hacía lo mismo a los maricones con los que se topaba ¡y no podían pintarse las uñas durante un tiempecito! Y el rabo ya te lo habría enchufado a la corriente. Total, que por un lado es mejor que esté muerto. Claro que nosotros tampoco somos mancos. Nos dedicamos a otras cosillas. Podemos hacerte un tratamiento a navaja, como a un lechón.

El hombre de la silla sacude la cabeza. Gime que no ha hecho nada, que no ha sido él. Que no sabe nada. Le caen las lágrimas por las mejillas sin parar.

—Deja de lloriquear, que nos das pena. Dime dónde puedo encontrar al Cangrejo o te apago el pitillo en el ojo y te lo achicharro, pedazo de mamón. Si hace falta, te utilizo de cenicero toda la noche.

Los otros dos vuelven a inmovilizarlo como antes. Se muestran tranquilos, metódicos. Escrupulosos. No delatan ni rastro de impaciencia, de cólera. Puede que en sus rostros relucientes sí se manifieste cierto hastío. El hombre intenta forcejear, pero no sirve de nada, teniendo en cuenta la camisa de fuerza de brazos y manos que lo inmoviliza. Dos o tres pestañas crepitan ya y de inmediato huele a pelo quemado. El alarido que lanza el individuo los sobresalta a los tres. Albert da un paso atrás, sosteniendo el pitillo entre el pulgar y el índice. El hombre gime, jadea y se ahoga, tiene la garganta llena de flema y ya no se retuerce, concentrado como está en respirar; luego, proyectando el torso hacia delante con tanta violencia que casi vuelca la silla, vocifera:

—¡Está en la rue du Pont-de-la-Mousque! ¡Ha cogido una habitación para esta noche en el hotel de Rolande con una puta que tiene! Mañana se va a España a pasar el invierno. Hace una semana que no duerme en su casa, dice que es peligroso porque los otros lo buscan por lo de Penot.

Se queda sin aliento, abatido, con la cabeza caída. El pecho se agita con una respiración entrecortada, los pulmones silban como cámaras de aire aplastadas.

—Tenemos algo de tiempo —dice Albert.

Hace un gesto al grandullón, que saca del bolsillo de los pantalones una navaja, cuya hoja despliega, y se queda allí plantado contemplando el brillo del acero. El hombre de la silla retuerce la boca y llora en silencio. Luego, con voz quejumbrosa, consigue decir que no pueden hacerle eso, que les ha dicho lo que querían saber.

El grandullón se limpia una uña con la punta de la navaja. Se ríe con ganas.

—¿El qué? —pregunta, con fingido asombro—

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