Los cuentos de Cabezapocha

C. G. Castellanos

Fragmento

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¡Hola, asquerosos!

¿Qué os ronda por esa sucia cabezota? Seguro que nada porque sois unos descerebrados. A pesar de todo, dejad que me presente, soy Mariano Cabezapocha y dicen que soy un trasgo puñetero solo porque os deseo insomnio y sustos a partes iguales.

¿Qué os parece? Yo me preocupo por vuestra diversión, nada más, los que me tienen miedo son solo unos desagradecidos. ¡Y unos descerebrados!

Os quiero dar la bienvenida a esta colección de algunas de mis pesadillas.

Apagad la luz y poneos música alegre con cascos, así como del estilo de la banda sonora de El exorcista o El resplandor, o las modernas de las películas del matrimonio este que encierra muñecas endemoniadas en vitrinas. Qué maravilla, frivolizar con cosas tan serias, ja, ja, ja, sí, ¿por dónde iba? Las músicas… Esas músicas están bien. ¿Os he dicho ya que las escuchéis con cascos? ¿Y que sois unos descerebrados? Hum, vosotros leed y perdeos en la escritura, como dicen esos imbéciles pedantes a todas horas. Pero ¡si la letra está muerta, jod…! Dejad esas mierdas de redes sociales, así tenéis el cerebro de frito. Bueno, mejor no, así os puedo controlar mejor, ejem.

¡Asquerosos!

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Sí, soy Mariano Cabezapocha, pero ¡vosotros podéis llamarme señor Cabezapocha!

Mientras os preparáis, empezaré con Ricardo, un tipejo que busca la luz y yo lo guío hasta que la encuentra, vaya si la encuentra, cof, cof, cof. Total, si no leéis el primer relato, no os perdéis gran cosa, Ricardo y el relato dan asco, como todos vosotros, ¡ja, ja, ja! ¡Ricardo es casi tan repugnante como yo!

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I
La alegría de malvivir

—Qué pedazo de gilipollas —gruñía entre dientes mientras continuaba andando.

—¡Me cago en mis muertos, Ricardo, te he dicho que te des la vuelta ahora mismo!

Ni tan siquiera se giró para hacerle ver a su encargado que había escuchado el grito.

—¿Cómo no escuchar a ese payaso?

Ricardo murmuró el insulto mientras seguía caminando, sin titubear, en dirección opuesta al lugar donde su jefe gesticulaba inútilmente con los brazos, porque todos los que estaban allí lo veían, a excepción del propio Ricardo.

—Han tenido que escucharlo por todo el túnel —añadió musitando, cada vez más concentrado en acelerar el paso y no tropezarse con los obstáculos.

Su turno había concluido y no entendía por qué el patrón seguía dándole la paliza con más órdenes. Todo el santo día haciéndolo; acataba una, dos, tres o cincuenta instrucciones de ese imbécil que él consideraba que era su jefe, pero su horario laboral acabó por ese día, así que pensó en seguir caminando porque necesitaba escapar de la tediosa y mecanizada jornada. Para Ricardo, esta peculiar caminata era un sinsentido, aunque al menos se alejaba de la aplastante rutina y de su forma de ser, tosca, predecible, hostil y llena de amargura, pero desde que, regresando en metro la noche anterior, vio aquella tibia luz pasando ante él como un revelador ente sobrenatural, su convicción se convirtió en algo fuerte: necesitaba conocer el origen del tímido fulgor que le susurró al oído tamaña cantidad de prometidas y desconocidas maravillas. Giró un poco a la derecha creyendo llevar el camino correcto hacia el cálido resplandor que lo envolvió anoche, un atractivo ardor que no sentía desde hacía bastantes semanas.

—A por tabaco, hija de puta, como en los chistes que nos contábamos en el bar los del curro.

Ricardo remarcaba su pesadumbre con fuerza, la cabeza gacha, un poco más subido de tono que antes, creyendo equívocamente que se había alejado de su superior lo suficiente cuando en realidad apenas había caminado unos pocos metros. En su cabeza daba vueltas, con un tedio inevitable, la nueva canción de un rapero surcoreano que se escuchaba en todas partes y a todas horas, pero él la odiaba con todas sus ganas. Ricardo era un hombre de pacharán, tabaco negro, corridas de toros y tonterías, las justas. Música, poca, alguna copla como mucho, alguna letrilla aprobada por los cenagales de mitad del siglo xx y poco más, pese a pillarle algo lejos esa época. Pero esa canción que bailaban hasta las viejas de su bloque le desquiciaba, pensaba que era otra mariconada más de tantas de las que se oían en la radio.

—Un pequeño tropiezo —él enredaba inconscientemente sus recuerdos con fragmentos más oscuros que desearía no recordar—. Cualquiera tiene un lío con alguna. A fin de cuentas, yo llegaba siempre a casa, aunque fuese un poco ta

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