No robarás

Blas Ruiz Grau

Fragmento

Capítulo 1
1

Miércoles, 14 de septiembre de 2016. 9.04 horas.

Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Fontcalent (Alicante)

«Para que triunfe el mal, solo es necesario que los buenos no hagan nada.»

No sabía muy bien por qué esa frase le venía a la mente a diario, cuando abría la puerta de seguridad que daba acceso a ese no tan largo pasillo. Lo curioso era que su hermano la tenía tatuada en la espalda con unas letras horrorosas. Cuando le preguntó, ni siquiera sabía quién la había dicho, pues reconoció que el tatuador se la había propuesto justo antes de empezar a decorar su cuerpo. Él no dudó en buscarla en internet y encontró que había pasado a los anales de la historia tras pronunciarla un tal Edmund Burke que, al parecer, era un político y escritor irlandés. A él tanto le daba. Tenía claro que la recordaba por dos cosas: una, por lo irónico de que una persona tan buena como su hermano hubiera perdido la vida faenando en las Rías Baixas: el mal había triunfado sobre el bien, en ese caso; y dos, por lo que se escondía tras esas puertas.

Juanjo empujaba el carro, malhumorado, agarrando con fuerza el asa metálica.

Hacía mucho tiempo que había dejado de hacerle gracia el sobrenombre de «carrito de los helados». Algo raro, teniendo en cuenta que él mismo y aquel guardia de pelo gris habían sido los artífices de la gracia. ¿Cómo se llamaba aquel vigilante graciosete? Era extraño, porque no era malo del todo para recordar los nombres, pero aunque le había repetido en infinidad de ocasiones cómo se llamaba, no conseguía retenerlo.

¿Podía ser Jonás? ¿O era José? Aunque también le sonaba Ginés... Todos se parecían y de ninguno de ellos estaba seguro. Bueno, no importaba. Esa broma se había extendido incluso por los demás módulos y ahora todo el mundo conocía así el carro que se usaba para transportar —y después administrar— los medicamentos de los internos.

Resopló airadamente mientras seguía caminando. Pondría una queja ante Andrés, el supervisor. O Terminator, como a escondidas lo llamaban para reírse de él. Sabía que acabaría limpiándose el culo con ella, pero no podía quedarse callado. Mucho menos tras ver que siempre acababan pringando los mismos.

¿Qué narices era aquello de trabajar dieciséis horas seguidas?

Luego se quejaban de que no rendían al nivel que se les exigía.

Sí, vale que, sobre el papel, disponía de un descanso de una hora para comer y relajarse. Aunque, por lo general, este se quedaba en cuarenta minutos reales entre unas cosas y otras. No, no pasaría por el aro tan fácilmente esta vez. Trabajar tantas horas seguidas era inhumano y hasta un todoterreno como él iba a acabar exhausto.

Estaba claro que si el imbécil de Gonzalo no se había presentado aquella mañana, alguien tendría que cubrir su puesto. Esto no admitía discusión. Pero es que siempre le tocaba a él y ya empezaba a estar hasta los mismísimos.

Lo que más le molestaba era que ese patán estaría, seguro, durmiendo la mona encima de alguna pechugona que hubiera conocido esa misma noche y cuyo nombre ni siquiera recordaría. Siempre igual. A Gonzalo no le importaba el día de la semana que marcara el calendario, qué va, para él todas las noches eran una oportunidad única de zumbarse a cualquier incauta o de sortear la posibilidad de acabar con la nariz rota tras una paliza. Puede que en verdad lo que le fastidiaba era que su compañero viviera su vida de una manera tan intensa... mucho más que el hecho de no haber aparecido por allí para cumplir con sus obligaciones.

Él, en cambio, no hacía otra cosa que no fuera trabajar y descansar. Cuando finalizaba su jornada en ese lugar, lo último que le apetecía era irse a un antro de esos con música infernal e idiotas a cada flanco. Recordó con ironía el momento en el que anunció que abandonaba su Galicia natal para intentar opositar en la provincia de Alicante. Todos le dijeron que menudas fiestas se iba a pegar todos los días. «Sí, unos fiestones increíbles», pensó: dos veces había salido y había acabado asqueado por la cantidad de niñatos con los que se había topado. No, la fiesta ya no era para él. Puede que hace diez años sí, pero ahora ya no tenía tiempo para esas tonterías. Sea como fuere ahí estaba, sin diversión y comiéndose un nuevo turno que no le tocaba, como ya era costumbre.

La única conclusión que sacaba de todo aquello era que ese listillo de Gonzalo le debía ahora una bien grande y se la pensaba cobrar.

Vaya si lo haría.

Detuvo el carro. Hizo el ritual de siempre —obligatorio en ese módulo, pero que solo unos pocos cumplían—, metió las llaves en la cerradura y procedió.

—Buenos días, señor —saludó con su tono más amable.

Los cursos sobre psicología que les impartían cada dos por tres insistían en que nunca debía llamar a los internos por su nombre o apellido. Ese tipo de gente era tan impredecible que algunos incluso podían sentirse ofendidos si se referían a ellos por su nombre, pensaban que se tomaban demasiadas confianzas... Era mejor el trato impersonal.

Además, la manera de emitir cada palabra, el tono empleado, la modulación de la voz, el no alargar las sílabas más de lo necesario... Cada detalle podía ser determinante cuando se trataba con gente así.

El susodicho no contestó. Los internos casi nunca lo hacían debido a la fuerte medicación que tomaban. Puede que fuera esto último lo que hacía que Juanjo entrara con relativa tranquilidad en sus celdas. Eso y que estuvieran, habitualmente, atados a la cama, como era el caso del señor Hardy, el inglés al que estaba visitando. Un angelito este Hardy: se cargó a toda su familia porque unas voces le incitaron a hacerlo. También había otros reclusos ingresados a los que se les permitía estar, asimismo atados, en una silla, como su siguiente visita.

Esta, en concreto, hacía que se le pusiera el vello de punta.

Aunque ahora no quería pensar en eso.

Sabía que en su trabajo un descuido podía ser fatal y no podía permitírselo. Lo principal era su propia seguridad.

Mientras seguía el protocolo para asegurarse de que Hardy se tomaba toda la medicación, recordó los buenos tiempos en los que había el doble de personal y tenían guardias de seguridad para casi todo. Antes era impensable una visita a cualquiera de los internos de ese módulo sin un segurata preparado para actuar al lado de cada uno de los enfermeros y celadores. Era necesario, por mucho que ahora trataran de convencerlos de que no.

Numerosos habían sido los incidentes en aquella institución desde que se inauguró a principios de los años ochenta: suicidios, ataques a celadores, incendios provocados por pirómanos que se las apañaban para conseguir un encendedor... Y ahora había cincuenta y cinco trabajadores menos. Cincuenta y cinco personas menos para atender a doscientos noventa y un reclusos. Además de eso, los directivos pensaba

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