Lo oscuro que hay en mí

Horacio Convertini

Fragmento

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Los miedos más profundos

Se sentía liviano, como si la densidad de la atmósfera se hubiera aligerado sólo para él. Bajó del 134 con el coche todavía en movimiento. Carreteó canchero hasta la esquina. Ni el verano prematuro ni el viajar parado desde Barracas ni el tedio del trabajo lo habían afectado. Su tendencia natural a la laxitud había sido reemplazada, ese día, por un estado de gracia que se parecía bastante a flotar sin esfuerzo en una caminata lunar. Conocía la causa. No era tonto. Cualquiera en su situación habría sentido algo intenso. A Luis le gustó que lo hallado (ese golpe de suerte que prometía cambiarle la vida) le hubiese provocado apenas una espuma de placidez.

Se acordó de una película de principios de los setenta, especialmente de la escena que se había hecho famosa en las promociones televisivas. Al empleado de una empresa le hacen creer que ha ganado una fortuna con el Prode y el infeliz arma un escándalo gigantesco en las narices de su jefe. Le grita “la oficina se acabó, se acabó, se acabó” y, ante el pedido de explicaciones, ilusionado ferozmente con la mentira, se burla y le dice “ayyyyy, mirá cómo tiemblo”.

Por aquellos tiempos, en la escuela, Lehrman, uno de séptimo B al que le salía muy bien hacerse el payaso, se subía a un banco del patio, sacudía un cuaderno en el aire (el infeliz de la película agitaba un diario, o tal vez los expedientes que tanto odiaba y, creía, iba a sacarse de encima para siempre) y se ponía a gritar “el colegio se acabó, se acabó, se acabó”. Lehrman dibujaba una mueca extraña con los labios y abría los ojos como si le fueran a saltar de las órbitas. Si alguien quería bajarlo, respondía “ayyyyy, mirá cómo tiemblo”, y empezaba a retorcerse con movimientos espásticos. Todos se reían, hasta los maestros.

La escena de la película, que imaginaba con un final desdichado, lo había marcado tanto que, veintipico de años después, lo ayudaba a contenerse, a no dejarse llevar, a entender que ciertas alegrías se disfrutan más, mucho más, en silencio.

Cruzó Asamblea y siguió por Emilio Mitre. La gente, que a esa hora desbordaba las calles, parecía crispada por el calor. Treinta y cuatro grados y en ascenso. Esa mañana, en el trabajo, había escuchado por la radio a un pastor evangelista que le echaba la culpa al fin del milenio. Decía que a medida que se acercara el 31 de diciembre de 1999, las señales iban a ser mucho peores. Inundaciones, epidemias, terremotos, erupciones volcánicas. La Humanidad expuesta a su carácter de criatura insignificante de la Creación Divina. Sólo la salvaría un sincero arrepentimiento y el regreso pleno a la voluntad de Dios, luego de abjurar para siempre de la soberbia, el dinero y el poder. “Si sólo nos quedan dos años, mejor darse los gustos ahora”, dijo el gordo Baffaro, con un leve cabeceo en dirección a Susy, la compañera de oficina que lo enloquecía. Luis siguió la escena desde su escritorio. No festejó el chiste ni se sumó a las discusiones sobre el mundo y su presunto fin. Él no creía en Dios ni en profetas apocalípticos. Él no creía en ninguna idea que le ralentizara el pensamiento.

Dobló a la derecha en Santander. Avanzó por la vereda de la sombra. A lo lejos vio a Nadia, que volvía de pasear a Morgan. Estaba parada en la esquina de Hortiguera. La cabeza del dogo casi le llegaba al hombro. Un mordisco le bastaría para arrancarle un brazo o desfigurarle la cara redondeada, todavía de nena.

Luis aminoró el paso. Detestaba que Morgan lo recibiera con ladridos de bajo y que le husmeara los huevos con su hocico húmedo y rosado, pero lo que más detestaba, en verdad, era que debiera pasar por ello sin traslucir que le daba miedo y asco. Nadia también lo inquietaba, pero con sentimientos de un orden que aún no podía, o más bien se negaba, a precisar. Prefería, entonces, evitarla.

Decidió dar un rodeo. Se metió por el pasaje Asia, luego dobló en Avelino Díaz, pasó Faraday y se asomó a Hortiguera por la esquina opuesta. No los vio. Calculó que ya habrían llegado. De todos modos, hizo los cincuenta metros que lo separaban de la casa sin apuro y con los sentidos en alerta. El Taunus juntaba mugre en el mismo lugar donde lo había dejado estacionado después del entierro. Todavía no se animaba a usarlo. Un poco por la impresión que le daba que hubiera sido durante una hora el sarcófago de su padre, pero sobre todo por falta de práctica. Ese mismo día había hablado con el gordo Baffaro de venderlo y de comprar un coche cero kilómetro, tal vez una camioneta 4 × 4, una Suzuki Vitara, por qué no. Baffaro le preguntó si se había sacado el Quini 6. Luis no contestó.

Encontró la puerta del pasillo sin llave. Seguramente Nadia había entrado por ahí y se había olvidado de cerrar. Claro: el perro traía las patas sucias del parque y no era cuestión de que enchastrara la alfombra del living de Clarisa. Mejor por la cocina y de ahí a la terraza. Virginia habría enloquecido por las dos cosas: la puerta del pasillo (su puerta) abierta y el pasillo (que llevaba a la casa de atrás, su casa) con las marcas de barro dejadas por el perro-bestia de su hermana, de la hija de su hermana, del marido de su hermana.

Luis siguió hasta el fondo como un fantasma. Él no era más que eso para los de adelante, salvo para Morgan, que en muchas ocasiones —no esta vez— parecía adivinarlo y acompañaba su ingreso con ladridos insistentes. Lo sorprendió que Virginia no hubiera llegado aún y eso que ya eran las siete y diez. Tal vez había tenido una reunión a deshora con la consejera escolar o un brindis con las otras maestras para despedir el año. O un encuentro con Emilia, por qué no. Escapó rápido de ese pensamiento porque lo aplastaba. Decidió que debía defender activamente su ligereza de espíritu. Fue a la habitación, abrió el placard, se subió a una banqueta, corrió las frazadas del estante más alto y palpó el bolso. Hundió los dedos en la tela de avión. Reconoció la silueta de los paquetes. Estaban ahí. Bien. Su esperanza hecha forma.

Escuchó la puerta, movimientos en la sala. Virginia, de regreso. Imaginó que su esposa podía pensar mal si lo encontraba hurgando, pero estaba clarísimo que pensaría peor si lo sorprendía bajando a las apuradas. Apretó el bolso contra la pared y acomodó las mantas con lentitud deliberada para dar tiempo a que ella entrara al cuarto y lo viera, lo cual sucedió recién cuando la simulación empezaba a volverse ridícula.

—¿Qué hacés? —dijo Virginia, directamente, sin saludarlo.

—Nada. Meter el bolso bien al fondo, por las dudas. —Empujó las frazadas, se detuvo un segundo a observar el resultado y se bajó de la banqueta—. Así está mejor.

Luis fue hacia su esposa, que se había sentado en la cama y ya estaba quitándose los zapatos, y le dio un beso en la boca. Notó que la piel le brillaba y que se le habían marcado las ojeras. Olía a fierro.

—Qué tarde llegaste —le dijo con cuidado de que sonara a preocupación más que a reproche.

—Se rompió el colectivo. Los de atrás venían todos llenos. Me subí colgada al cuarto o quinto que pasó. Encima con este día. Un infierno. Me voy a dar una ducha porque no aguanto más.

—Dale, y después nos vamos a comer al Sheraton.

—¡Qué decís!

—En serio, dale.

—¡Al Sheraton! ¿Qué te picó?

Luis sonrió y le acarició los rulos, pero no le contestó. Cualquier respuesta habría sido obvia. Supuso que su mujer continuaba,

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