El juego del alma

Javier Castillo

Fragmento

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Capítulo 1
Madrugada del 26 de abril de 2011
Miren Triggs

No temas, que todo acaba.

—¡Ayuda! —chillo tocándome el vientre, con un hilo de sangre que emana de entre las costillas—. ¡Aguanta, Miren! —me susurro entre dientes, desesperada—. Aguanta, joder.

«Piensa rápido. Piensa. Llama a alguien. Pide ayuda, Miren, antes de que sea tarde».

Noto mis pulsaciones regurgitando mi propia sangre, como si fuese el vómito de mi alma mareada por las curvas de este último viaje. Fue un error. Es el fin.

No

debí

seguir.

No hay nadie en la calle salvo unos pasos que siguen los míos. Su sombra alargada por la luz de las farolas crece y desaparece, una y otra vez: grande, diminuta, enorme, inexistente, gigantesca, etérea. La pierdo de vista. ¡¿Dónde está?!

—¡Socorro! —grito de nuevo a una calle desierta y oscura, que me mira entre las sombras, cómplice de mi muerte.

«Tienes que contar la verdad, Miren. Venga, venga. ¡Venga! Tienes que llegar».

No tengo mi móvil, y aunque lo tuviese, cualquier auxilio ya llega demasiado tarde. Nadie podrá llegar hasta mí para salvarme antes de que él me mate. A quienquiera que llamase ahora pidiéndole ayuda solo encontraría el cadáver de una periodista de treinta y cinco años, que llevaba catorce años con el alma congelada por una noche fría y nefasta.

La luz de las farolas siempre revivían en mí aquel dolor de 1997, aquellos llantos que vociferé en el parque, mientras aullaba temblorosa por los hombres que sonreían durante aquel trauma imborrable. Quizá tendría que terminar todo así, bajo la intermitente luz de otras farolas negras, en la otra punta de Nueva York.

Troto con dificultad. Cada paso es una aguja afilada atravesándome el costado. El camino largo y oscuro por el que me arrastro solo conduce a Rockaway Beach, una larga y ancha playa golpeada por el viento y azotada por el hambre voraz del océano, frente al parque Jacob Riis. No hay nadie a estas horas. No ha amanecido todavía y la luna menguante ilumina con tristeza las huellas de pisadas en la arena. Miro atrás y también alumbra en negro intenso los finos hilos de la sangre que dejo tras de mí con cada paso. Al menos el inspector Miller podrá reconstruir mi último recorrido. Ese es el pensamiento de alguien que va a morir asesinada: qué quedará para identificar al asesino. Restos de ADN en las uñas, sangre de la víctima en el coche. Una vez me mate, me llevará a algún otro lugar y habré desaparecido del mundo para siempre. Tan solo permanecerán mis artículos, mi historia, mis miedos.

Llego al final del camino, giro a la izquierda y, con una agilidad que me destroza las fibras musculares rotas por la herida, me zambullo en un hueco de una de las estructuras de hormigón del antiguo Fort Tilden, abandonado a su suerte.

Lo que un día fueron unas instalaciones militares ahora no son más que unas ruinas inhóspitas frente al mar junto a una playa con forma de lengua que parece proteger Queens de la voracidad del Atlántico. Y al igual que Fort Tilden, yo, que hace unos días era una periodista incansable del Manhattan Press, ahora estoy siendo reducida a una chiquilla que grita temerosa, al mismo ritmo que él corre detrás de mí. En eso me he convertido. En una nueva versión de mis miedos. En un trapo sucio en el que el mundo se limpia sus vergüenzas y secretos. En una mujer pereciendo en manos de un degenerado.

Nadie me pidió ayuda. Y tuve que venir sola. Nadie me rogó que ahondase en aquello, pero una parte de mí chillaba para que buscase a Gina. No sé cómo no me di cuenta. Supongo que necesitaba volver… a sentirme muerta.

La polaroid. Todo empezó con ella. Aquella polaroid de Gina… ¿Cómo he sido tan… ingenua?

Miro a ambos lados en busca de una salida e intento guardar silencio entre los jadeos que explotan desde mi pecho. Oigo sus pasos entremezclados con el vendaval. Siento los granos de arena estampándose contra mi piel, como balas perdidas en una batalla entre el viento y la playa.

—¡Miren! —grita él, colérico—. ¡Miren! ¡Sal de donde estés!

Si me encuentra, es el fin. Si me quedo aquí, moriré desangrada. Noto el sueño. La caricia de la noche. El juego del alma en mi corazón. Ese del que hablan cuando comienzas a perder demasiada sangre. Tapo la herida y me duele como si me estuviesen marcando con hierro al rojo vivo las palabras: «propiedad de nadie».

Cierro los ojos y aprieto los dientes, tratando de contener las punzadas en mi costado, y una idea que creía sin esperanza surge de nuevo.

«Huye».

Levanto la vista desde mi escondite para analizar posibilidades y observo la valla hacia el parque Riis. Si pudiese saltarla, podría correr en dirección a las casas de Rockaway y pedir ayuda, pero la concertina superior que bordea muchas zonas de Fort Tilden tienen aspecto de poder abrirme en canal y desgarrarme las tripas si intento treparla.

Lo noto cerca.

No es su calor lo que siento, sino su frialdad. Su cuerpo gélido, inmóvil, a unos pasos de mí, seguramente con sus ojos observando con desdén el triste escondite en el que me resguardo. Un hijo de Dios relamiéndose por el cordero que va a sacrificar.

—¡Miren! —vuelve a gritar más cerca, incluso, de lo que podría esperar.

Y cometo otro error.

Justo en el preciso momento en el que aúlla mi nombre con su voz rota, me levanto y corro una última vez tratando de agarrarme a la vida, aunque todo va a acabar: me desangro, estoy sola y me voy sintiendo más y más débil.

Con cada paso vuelve a mi mente la imagen de Gina, su rostro ilusionado, su historia de dolor. La siento tan cerca que casi puedo tender la mano y acariciar su rostro de quince años, mirando feliz a la cámara en la foto que usaron para su desaparición. ¿Por qué no lo vi venir?

De pronto, todo cambia. Durante unos segundos percibo que ha dejado de seguirme. «Vuelvo a la vida, saldré de esta. Contaré la historia de Gina. Tengo que hacerlo. Lo vas a lograr, Miren».

«Estás a salvo».

En la lejanía percibo el horizonte nocturno de los rascacielos de la ciudad. Cuando estoy cerca de ellos, siempre me siento enana, pero de lejos, parecen pilares de cuarzo brillando con luz ancestral.

Su sombra aparece otra vez. Me fallan las fuerzas. Ya apenas puedo andar. La calle desierta, la luna llena atenta: «Estás muerta, Miren», parece decir. «Nunca dejaste de estarlo».

Cada paso que doy me desgarra por dentro; cada grito en el que me sumerjo se pierde en la más absoluta indiferencia. Solo el rugido lejano del océano se cuela de vez en cuando entre mis pasos débiles arrollando mis jadeos en la oscuridad.

—¡Miren, no corras! —vocifera.

Avanzo por la playa con dificultad, peleándome contra la arena que parece tener hambre de mis pies. Salto una pequeña valla de madera destartalada que sirve para contener la arena y, para mi suerte, alcanzo una calle asfaltada repleta de casas apagadas que conectan el centro de Neponsit, uno de los vecindarios de Rockaway, con la playa.

Aporreo la puerta

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