Antes de la caída

Noah Hawley

Fragmento

cap-1

Un avión privado espera en la pista del aeropuerto de Martha’s Vineyard con la escalerilla desplegada. Es un OSPRY 700SL de nueve plazas construido en 2001 en Wichita, Kansas. Es difícil poder decir con absoluta certeza de quién es ese avión. Consta a nombre de una sociedad holandesa con una dirección postal en las islas Caimán, pero en el logo del fuselaje pone GullWing Air. El piloto, James Melody, es británico. Charlie Busch, el copiloto, es de Odessa, Texas. La azafata, Emma Lightner, nació en Mannheim, Alemania, hija de un teniente del Ejército del Aire norteamericano y su jovencísima esposa. Se mudaron a San Diego cuando ella tenía nueve años.

Cada uno de ellos ha seguido su camino. Ha tomado determinadas decisiones. Cómo acaban en el mismo sitio a la misma hora dos personas es un misterio. Entras en un ascensor con una docena de desconocidos. Subes a un autobús, haces cola en un lavabo. Sucede a diario. Intentar predecir los espacios por los que nos moveremos y la gente con la que nos toparemos sería absurdo.

Por la puerta abierta emerge la tenue luminosidad de las luces halógenas. Nada que ver con el molesto resplandor fluorescente de los aviones comerciales. Dentro de dos semanas, Scott Burroughs dirá en una entrevista en la New York Magazine que lo que más le sorprendió en su primer vuelo en un jet privado no fue el generoso espacio para las piernas o el bar perfectamente surtido, sino lo personalizada que parecía la decoración, como si a partir de cierto nivel de ingresos viajar en avión no fuese más que otra manera de estar en casa.

La noche es cálida en Martha’s Vineyard, treinta grados con un ligero viento del sudoeste. El despegue está previsto para las diez. Durante las tres últimas horas se ha formado una densa niebla costera sobre el estrecho, espirales de un blanco tupido se arrastran lentamente por la pista iluminada.

La familia Bateman es la primera en llegar con el Range Rover que tienen en la isla: David, el padre; Maggie, la madre, y sus dos hijos, Rachel y J. J. Estamos ya avanzado agosto, y Maggie y los niños llevan en Martha’s Vineyard un mes, mientras que David ha estado viajando desde Nueva York los fines de semana. Le es difícil poder ausentarse por más tiempo, pese a que le gustaría poder hacerlo. David está metido en el «negocio del espectáculo», que es como la gente que trabaja en eso llama hoy en día a los noticiarios televisivos. Un circo romano de información y opiniones.

Es un hombre alto, ya bien entrado en la cincuentena, con una voz intimidante cuando habla por teléfono. Quienes no lo conocen, cuando se encuentran con él por primera vez, a menudo se quedan impactados por el tamaño de sus manos. Su hijo, J. J., se ha quedado dormido en el coche y, mientras los demás se dirigen al avión, David se inclina y mete medio cuerpo en la parte trasera del coche para sacar delicadamente a J. J. de la sillita infantil, aguantando todo su peso con un brazo. El niño instintivamente se abraza al cuello de su padre, con la cara relajada por el sueño. La calidez de su aliento le provoca a David un escalofrío que le baja por la espina dorsal. Los huesos de la cadera de su hijo se le clavan en la palma de la mano y las piernas colgantes del niño se aplastan contra su costado. Con cuatro años, J. J. tiene ya edad suficiente para saber que la gente se muere, pero es demasiado pequeño para entender que algún día eso también le sucederá a él. David y Maggie lo llaman su «máquina de movimiento perpetuo», porque realmente es un no parar a lo largo de todo el día. Con tres años, el medio de comunicación principal de J. J. era bramar como un dinosaurio. Ahora es el rey de las interrupciones, preguntando cada vez que ellos abren la boca, con una insistencia que parece inagotable, hasta que le responden o le hacen callar.

David cierra la puerta del coche de una patada y el peso de su hijo casi le hace perder el equilibrio. Con la mano libre sostiene el teléfono pegado a la oreja.

−Dile que como se le escape una sola palabra de esto −dice en voz baja para no despertar al niño−, le meteremos una demanda de proporciones bíblicas hasta que crea que los abogados caen del cielo como ranas.

A sus cincuenta y seis años, una compacta capa de grasa envuelve la figura de David como si fuese un chaleco antibalas. Luce una recia mandíbula y una buena mata de pelo. En la década de los noventa se hizo un nombre como responsable de campañas políticas —gobernadores, senadores y un presidente con dos mandatos−, pero en el año 2000 se retiró para dirigir un lobby en K Street. Dos años después, un anciano multimillonario le propuso la idea de poner en marcha un canal de noticias de veinticuatro horas. Trece años y trece mil millones de ingresos brutos después, David disfruta de un despacho en la planta superior de un edificio con cristales a prueba de bombas y del derecho a utilizar el jet de la compañía.

No pasa con sus hijos el tiempo suficiente, en eso están de acuerdo David y Maggie, aunque discuten sobre ello con regularidad. Lo cual quiere decir que ella saca el tema y él se pone a la defensiva, aunque en el fondo sabe que Maggie tiene razón. Pero en realidad ¿no consiste en esto el matrimonio, en dos personas peleándose por los derechos territoriales de los mismos quince centímetros?

Ahora, en la pista, se levanta una racha de viento. David, que sigue al teléfono, mira a Maggie y sonríe, y la sonrisa dice: «Me alegro de estar aquí contigo». Dice: «Te quiero». Pero también revela: «Ya sé que estoy otra vez con una llamada de trabajo, pero necesito que me des un respiro al respecto». Dice: «Lo importante es que estoy aquí y que estamos todos juntos».

Es una sonrisa de disculpa, pero también hay en ella cierta acritud.

Maggie se la devuelve, pero la suya es más indiferente y tristona. La verdad es que ya no sabe muy bien si perdonarle o no.

Llevan diez años casados. Maggie tiene treinta y seis, fue maestra de párvulos, la típica profe guapa con la que los niños fantasean antes incluso de entender en qué consiste eso: una fijación mamaria que comparten niños y adolescentes. La señorita Maggie, como la llamaban, era alegre y cariñosa. Llegaba todas las mañanas temprano a las seis y media para limpiar y ordenar. Se quedaba hasta tarde para redactar los informes sobre los progresos de los alumnos y preparar sus lecciones. La señorita Maggie era una chica de veintiséis años de Piedmont, California, a la que le encantaba dar clases. Realmente le encantaba. Era la primera persona adulta con la que se topaban los niños de tres años que se los tomaba en serio, que escuchaba lo que decían y les hacía sentir mayores.

El destino, si lo queréis llamar así, reunió a Maggie y David en un salón de baile en el Waldorf Astoria un jueves por la noche a principios de la primavera de 2005. Era un baile de gala para recaudar fondos para una fundación. Maggie había acudido con una amiga. David formaba parte de la junta. Ella era la modesta beldad que lucía un vestido con un estampado de flores y una pequeña mancha de pintura azul en la parte posterior de la rodilla derecha. Él era un perro de presa dispuesto a desplegar todos sus encantos, ataviado con un traje con chaqueta de dos botones. Ella no era la mujer más joven de la fiesta, ni siquiera la más guapa, pero era la única que llevaba tiza en el bolso, la única capaz de construir un volcán de papel maché

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