La vida secreta de Sarah Brooks

Santiago Vera

Fragmento

1. Boca abajo

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Boca abajo

Pesaba más de lo que parecía, mucho más. Y el silencio era abrumador. Jamás se había dado cuenta de la sensación de vacío que el silencio provocaba a su alrededor, y menos cuando ella estaba cerca. Pero, claro, eso era antes, cuando estaba viva; ahora solo era un cascarón de carne y huesos que se movían inertes a capricho del terreno desigual, mientras los arrastraba hacia la profundidad húmeda y espesa del bosque.

Pensó en colgarse el cuerpo sobre los hombros para trasladarla más cómodamente hasta donde pretendía dejarla, aunque descartó la idea de inmediato. Por mucho que lo lamentara, ella no se lo merecía. Él la amaba, pero la rabia pudo más que el amor. Y ese amor se desvaneció como la bruma del alba de una mañana de verano, dando paso a aquel dolor invernal ante la traición de la persona amada. Aquella vorágine de frustración terminó por transformarse en el odio que descargó sobre Sarah Brooks mientras ella lo miraba aterrada, confusa y con los ojos desorbitados de quien sabe que la muerte tiene nombre y rostro. El último que vería jamás.

Se quedó desconcertado cuando el golpe seco hizo que ella se desplomara. ¿Tan fácil era matar a alguien? ¿Tan poco hacía falta para quitar una vida? Pensaba que aquel momento no sería tan fugaz, tan efímero, y se sintió culpable por descubrirse decepcionado, pero no tardó en recomponerse. Sabía que no solo era un castigo por traición, también lo era por venganza.

El otoño llegaba a su fin, aun así la humedad del bosque le calaba a través de la ropa, y un sudor frío le perlaba la frente y le corría por la espalda. La camiseta interior se le pegaba al cuerpo, y aunque la camisa que llevaba era ancha, las costuras sobre las axilas se le pegaban bajo los brazos. Comenzaba a olerse a sí mismo, ¿o era el cuerpo de Sarah? No, apenas habían transcurrido unos minutos desde que le asestó el golpe mortal; era imposible que hubiese empezado a descomponerse. El olor provenía de él. Las últimas veinticuatro horas habían sido demasiado intensas, y no había tenido tiempo de nada, excepto de pensar. Pensar en lo ocurrido, en qué haría con el cadáver, pensar en que la víctima era él y en que aquel acto estaba más que justificado. Sin embargo, nadie excepto él mismo iba a entenderlo. Nadie. ¿O quizá sí? Quizá una persona en particular podría llegar a entenderlo, pero ¿se atrevería a contárselo? No, no podía arriesgarse. Así que resumiendo: no había tenido ocasión de ducharse ni de cambiarse, pero lo haría en cuanto acabara lo que estaba haciendo.

El cuerpo de Sarah, arrastrado por los pies, dejaba pequeños surcos en el musgo. Las rocas le cortaban la carne y el pelo se le enmarañaba con la pinaza. La lividez de la cara, magullada, contrastaba con el color rojo de sus cabellos rizados, sucios de húmeda tierra marrón. Por fin llegó al claro que había estado buscando. Soltó los tobillos de la muchacha, que cayeron sobre la maleza del bosque, y suspiró profundamente. El silencio seguía rodeándolo, testigo mudo de sus actos. Trató de escuchar el trino de algún pájaro, pero apenas llegaba a él el sonido de las hojas meciéndose entre los árboles. Sí que oía, sin embargo, su respiración y los latidos de su corazón le perforaban los oídos. Inspiró hondo, dejando que los olores a su alrededor lo impregnaran. Espiró y se volvió hacia el cuerpo.

El vestido blanco de Sarah se había ensuciado mucho, y vio que de la nariz de la chica emergía un hilo de sangre ya seca. Había sido tan guapa... y la deseó tanto... Aquel pelo rojizo, esa piel tan clara, sus piernas largas y torneadas... ¡y qué ojos! Aquellos ojos verdes que ya nunca más verían nada. Los iba a echar de menos, pensó para sí. Chasqueó la lengua sin darse cuenta y ladeó la cabeza, apretando los labios.

Se despojó de la desgastada mochila que llevaba al hombro y se agachó con ella entre las manos, dándole la espalda al cadáver. Deslizó la cremallera y de su interior sacó una cuerda trenzada, una manta, una botella de agua y varios trozos de tela que apartó a un lado entre las raíces del majestuoso roble que se alzaba ante él. Se quitó los viejos guantes de jardinero y se miró las manos, enrojecidas, los nudillos blancos. Tras secarse la frente con el dorso de la mano volvió a enfundárselos. Giró sobre sí mismo y se postró delante del cuerpo de Sarah, que yacía como un hada rota y sin alas. Con sumo respeto, le quitó la chaqueta vaquera y comenzó a desabrocharle el vestido. Lo desabotonó y le bajó la escueta cremallera de la espalda, dejando a la vista varios lunares, así como una sensual ropa interior de un color perla. Recorrió con la mirada los contornos de su cuerpo, y se sintió tan avergonzado como excitado, igual que un niño recién ascendido a adolescente y de hormonas revolucionadas que no puede dejar de mirar a través de la puerta entornada cómo se cambian las chicas en la habitación de al lado. Apartó ese sentimiento reprobatorio y continuó con su labor: le quitó la ropa interior y la echó a un lado junto con el vestido. Una vez desnuda, extendió la manta y colocó el cuerpo encima. Después, alargó la mano y tomó la botella, empapó con agua los trozos de tela y los deslizó por el cuerpo de la joven, limpiándolo desde la cabeza hasta la punta de los pies.

En poco tiempo y a su propio criterio, dio por aseada a la joven, aunque un tono liláceo que no le gustaba comenzaba a teñir de manera uniforme la blancura natural de Sarah. Tras comprobar las ramas del roble que mejor podrían servirle, lanzó la cuerda con un hábil movimiento del brazo. La cuerda se deslizó a través de las ramas y uno de los extremos cayó al suelo; el otro seguía agarrándolo con la diestra. Comprobó que las ramas aguantaban su peso ejerciendo fuerza hacia abajo. Cuando confirmó que no se iban a partir, ató un cabo a una de las raíces que sobresalían del árbol y el otro lo anudó alrededor de los pies de la chica. Asegurado el nudo, caminó hacia el otro extremo de la cuerda y tiró de ella.

El cuerpo de Sarah se elevó, y sus brazos colgaron sobre el vacío del claro. Afianzó de nuevo bien los nudos para que no se soltaran. Por último, del fondo de la mochila sacó tres velas gruesas, de cera blanca y con pabilos cortos. Ubicó dos a ambos lados del roble, bajo el cadáver, y la tercera justo delante. Las encendió y se quedó un rato de pie, observando, solemne, cómo las llamas titilaban. En cuanto se apagaron, recogió todas sus cosas. Tampoco se olvidó del vestido, de la chaqueta, de los zapatos y de la ropa interior, que dobló y guardó cuidadosamente en su mochila. No pensaba dejar ahí nada más de lo que había traído consigo.

Nada excepto, claro está, el cuerpo de Sarah Brooks.

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