In vino veritas

Virginia Gasull

Fragmento

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Para J. A. B. Todo. Siempre

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1

Recorres tu habitación descalza, sintiendo el frío en las plantas de los pies. Te miras en el espejo de cuerpo entero y te observas las cicatrices que la vida ha ido dejando sobre tu piel. La del pecho, las del costado, las de la espalda. Esas son las que se ven, porque por debajo de las fibras, de los músculos, de los huesos, están las otras, las que no se ven, las que en la oscuridad de la noche, de las madrugadas de insomnio, vibran, despiertan, comienzan a hablar y a torturarte como viejos demonios llamando a la puerta de tu cordura.

Tienes seis años. Finales de verano en su más luminosa encarnación; el sol se derrama desde un impoluto cielo azul, y en las jardineras las flores brillan bajo el rocío y sus colores empiezan a despuntar bajo el calor de los primeros rayos solares. Oyes la voz de tu madre en la cocina y sales corriendo hacia ella, en pijama, sin zapatillas, porque cuando tienes seis años nada importa, solo la voz de tu madre sonando al final del pasillo. Y allí te espera ella, en cuclillas, con las manos extendidas hacia ti, con su gran sonrisa. Con esa sonrisa que será lo último que olvides de ella, lo que perdurará cuando pasen los años y en tu memoria empiecen a diluirse los rasgos de su rostro. Y bajo aquellos rayos de sol que entran por la ventana de la cocina de aquella mañana de verano, ves su anillo, que brilla como una estrella sujeta a su dedo anular. Es el primer recuerdo que tienes de tu infancia, el más antiguo, el abrazo de tu madre y la luz sobre ese anillo; el mismo anillo que ahora tienes entre tus dedos, que volteas una y otra vez, que es el símbolo que elegiste para recordarla, para no olvidarla.

Miras el anillo y observas tu imagen reflejada en el espejo. Y no te reconoces, te ves como una extr

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