Un filo de luz (Comisario Montalbano 23)

Andrea Camilleri

Fragmento

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1

La mañana, ya desde las primeras luces del alba, había sido voluble y caprichosa. Y tal vez por ello, debido a un efec­to de contagio, aquel día el humor del comisario Montalba­no sería también, como poco, inestable. En esos casos sabía que lo mejor era ver al menor número de personas posible.

A medida que pasaban los años, su estado de ánimo se volvía más sensible a las variaciones climáticas, de la misma forma que un mayor o menor grado de humedad influye en el dolor de las articulaciones de un viejo. Cada día le resultaba más difícil controlarse, ocultar el exceso de alegría o de mal humor.

En el tiempo que había tenido que invertir para llegar desde su casa de Marinella hasta el barrio de Casuzza —unos quince kilómetros como mucho, pero todos de pistas sólo aptas para tractores o de caminos de tierra tan estrechos que apenas cabía un coche—, el cielo había pasado del rosa claro al gris, y luego del gris al celeste pálido, para acabar quedándose en un blancuzco nevoso que difuminaba los contornos y engañaba la vista.

Recibió la llamada a las ocho de la mañana, cuando estaba a punto de salir de la ducha. Se había levantado tarde porque sabía que ese día no tenía que ir a la comisaría, y se puso de mala uva en cuanto sonó el teléfono. No esperaba que nadie lo llamara. ¿Quién querría tocarle las pelotas?

Teóricamente, en la comisaría no debería haber nadie, salvo el encargado de la centralita, porque aquél era un día especial en Vigàta.

Y era especial porque el señor ministro del Interior, de regreso de su visita a la isla de Lampedusa, en cuyos «centros de acogida para inmigrantes» (¡sí, señor, tenían el valor de llamarlos así!) ya no cabía ni un niño de pecho —las sardinas en lata tenían más espacio—, había manifestado su intención de inspeccionar los campamentos de emergencia que habían montado en Vigàta. Aquellas instalaciones, por otro lado, ya estaban también llenas a rebosar, con el agravante de que esos desdichados se veían obligados a dormir en el suelo y a hacer sus necesidades al aire libre.

Total, que el señor jefe superior Bonetti-Alderighi había ordenado la movilización general tanto de la jefatura de Mon­telusa como de la comisaría de Vigàta, con objeto de blindar las carreteras por las que tendría que pasar el alto personaje en su recorrido; así impediría que llegaran a sus oídos los acostumbrados silbidos, pedorretas y abucheos de la población (llamados, en lenguaje fino, «protestas»), y sólo le llegarían los aplausos de cuatro muertos de hambre pagados a tal efecto.

Montalbano, sin pensárselo dos veces, había dejado que toda la responsabilidad recayera sobre los hombros de Mimì Augello y había aprovechado la ocasión para tomarse un día de descanso. La sola imagen del señor ministro por televisión ya le encendía la sangre, así que no digamos si llegaba a verlo en vivo y en directo.

Todo ello dando por hecho que, por el respeto debido a un miembro del gobierno, en la ciudad y los alrededores no se producirían ni asesinatos ni otros hechos delictivos, y que los delincuentes tendrían la delicadeza de no turbar aquella jornada jubilosa.

Por lo tanto, ¿quién sería el que llamaba?

Decidió no contestar, pero el teléfono, después de haberse callado un momento, volvió a sonar.

¿Y si era Livia? Quizá tenía que decirle algo importante... No, no podía ignorarla, debía coger esa llamada.

—¡Hola! Dottori? Catarella sum.

Se quedó de piedra. ¿Catarella hablaba en latín? ¿Qué estaba pasando en el universo? ¿Acaso se acercaba el fin del mundo? Seguro que no había oído bien.

—¿Qué has dicho?

—Que soy Catarella, dottori.

Respiró aliviado. Había oído mal. El universo volvía a la normalidad.

—Dime.

—Dottori... Antes de explicarle nada, debo advertirle que se trata de un asunto largo y complicado.

Montalbano tiró de una silla con el pie para acercársela y se sentó.

—Aquí me tienes.

—Perfecto. Esta mañana, siendo que el aquí presente se había puesto a las órdenes del dottori Augello en tanto en cuanto se esperaba la llegada del alicóptero que traía al siñor ministro...

—¿Ha llegado ya?

—No lo sé, dottori. Ignoro dicha circunstancia.

—¿Y eso por qué?

—La ignoro porque no me encuentro in situ.

—Ah, ¿y dónde estás?

—En otro lugar llamado «barrio de Casuzza», dottori, que se encuentra al lado del paso a nivel que está después de...

—Sé dónde está ese barrio, Catarella. ¿Quieres explicarme de una vez qué haces ahí, sí o no?

—Dottori, pido comprinsión y pirdón, pero si usía me interrumpe todo el rato...

—Perdona, continúa.

—Pues bueno, en cierto momento, el susodicho dottori Augello ricibió una llamada de nuestra centralita, donde yo había sido sustituido por el agente Michele Filippazzo, en tanto en cuanto el susodicho se había roto una pierna y...

—Perdona, ¿qué susodicho? ¿El dottor Augello o Filip­pazzo?

Se echó a temblar ante la sola idea de que, al haberse hecho daño Mimì, le tocara a él ir a recibir al ministro.

—Filippazzo, dottori, quien, como iba diciéndole, no podía incorporarse al servicio activo y entonces tomó su rilivo Fazio, el cual, asimismo, oída la llamada en cuestión, me dijo que no siguiera esperando al alicóptero y fuera urgentemente al barrio de Casuzza, donde al parecer...

Montalbano vio clarísimo que necesitaría media mañana para llegar a entender algo.

—Oye, Catarè, vamos a hacer una cosa. Yo ahora me informo, y volvemos a hablar dentro de cinco minutos.

—Pero, entretanto, ¿debo tener el móvil encendido o apagado?

—Apágalo.

El comisario llamó a Fazio, que respondió de inmediato.

—¿Ha llegado el ministro?

—Todavía no.

—Me ha telefoneado Catarella, pero después de un cuarto de hora hablando con él aún no he conseguido comprender nada.

—Yo le explico de qué se trata, dottore. Ha llamado un campesino para hacernos saber que ha encontrado un ataúd en su finca.

—¿Lleno o vacío?

—La verdad es que no lo he entendido muy bien. Se oía fatal.

—¿Por qué has enviado a Catarella?

—No me ha parecido que fuera nada importante.

Montalbano dio las gracias a Fazio y llamó a Catarella.

—Catarè, ¿el ataúd está lleno o vacío?

—Dottori, el citado ataúd se encuentra con la tapa puesta y en consecuente consecuencia su continido resulta invi­sible.

—Pero ¿no la has levantado?

—No, siñor dottori, en tanto en cuanto hace falta una orden ex profeso para el levantamiento de la tapa. Si usía me ordena que lo abra, yo lo abro. Pero será un acto inútil.

—¿Por qué?

—Porque el ataúd no está vacío.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé porque el campesino, que resulta que es el propietario del tirreno donde se encuentra el citado a

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