Una primavera de perros (Subjefe Rocco Schiavone 3)

Antonio Manzini

Fragmento

xxxxxx-4

LUNES

El relámpago desgarró la noche y atrapó en un flash fotográfico la furgoneta blanca que corría veloz de Saint Vincent a Aosta.

—Va a llover —dijo el italiano al volante.

—Entonces ve más lento —respondió el del acento extranjero.

Primero el trueno y luego la lluvia, que cayó como un cubo de agua contra el cristal delantero. El italiano accionó el limpiaparabrisas, pero no redujo la velocidad. Se limitó a poner las largas.

—Asfalto moja y carretera vuelve jabón —dijo el extranjero mientras sacaba el móvil del bolsillo del abrigo.

Pero el italiano siguió sin reducir la velocidad.

El extranjero desdobló un papelito y empezó a marcar un número.

—¿Se puede saber por qué no guardas los números en la agenda, como todo el mundo?

—No queda memoria. Toda llena. Y tú, lo tuyo —respondió sin dejar de marcar.

La furgoneta pilló un bache y ambos pegaron un bote.

—¡Que voy vomitar! —exclamó el hombre del acento extranjero, mientras se llevaba el móvil a la oreja.

—¿A quién llamas?

Pero no obtuvo respuesta de su compañero, quien al oír un adormilado «¿Diga...? ¿Quién es a estas horas?», torció el gesto y colgó.

—Equivocado —murmuró, pulsando nervioso las te­clas del viejo móvil manchado de pintura.

Cuando terminó la operación, volvió a guardárselo en el bolsillo y se quedó mirando por la ventanilla. La carretera era un zigzag tras otro y las señales blancas y negras que advertían de la llegada de una curva cerrada no asomaban hasta el último momento. Entre el motor gripado y el silenciador perforado, sonaba como si estuvieran tirando chatarra por unas escaleras. En la parte trasera, la caja de herramientas no paraba de deslizarse de un lado a otro al ritmo del bamboleo de la furgoneta.

—¡Ha llegado el diluvio universal, amigo mío!

—Yo no soy amigo tuyo —respondió el extranjero.

La carretera de Saint Vincent a Aosta, pese a las largas, seguía siendo invisible. Y el italiano venga a reducir, rascar las marchas y pisar el acelerador.

—¿Por qué no vas más despacio?

—Porque ya mismo es de día. ¡Y quiero estar en casa para cuando sea de día! Anda, fúmate un cigarro y deja de dar por culo, Slawomir.

El extranjero se rascó la barba.

—Que no llamo Slawomir, capullo, Slawomir es nom­bre polaco y yo no soy polaco.

—Polaco, serbio, búlgaro... para mí es todo lo mismo.

—Tú eres gilipollas.

—¿Por qué? ¿No tengo razón? Sois todos unos arrastrados. Ladrones y gitanos. ¿Te dan miedo las curvas? —añadió, y rió entre dientes—. ¿Eh, gitano, te dan miedo?

—No, me da miedo que conduces mal. Y yo no soy gitano.

—¿Qué te pasa, te has cabreado? Pero... ¿qué tiene de malo ser gitano? No hay que avergon...

Un estallido repentino lo interrumpió. La furgoneta se puso sobre dos ruedas.

—¡Mierda! —Intentó contravolantear.

El extranjero chilló, chilló el italiano y chillaron a su vez los tres neumáticos que seguían con vida. Hasta que estalló una segunda rueda y la furgoneta dio un brinco hacia delante. Embistió una cerca de madera, derribó la señal de límite de velocidad y detuvo su avance contra dos alerces a un lado de la calzada. El cristal delantero estalló, los limpiaparabrisas se partieron y el motor se paró.

El extranjero y el italiano no se movían, la mirada, vidriosa, fija en un punto lejano mientras les salía sangre de la boca y las cuencas de los ojos. El cuello roto, amorfos como dos marionetas sin dueño. Un nuevo destello, y el flash fijó la instantánea de aquellas dos caras apagadas, con las pupilas congeladas.

La lluvia insistía con su ritmo desquiciado contra la chapa del techo. La furgoneta siniestrada, que seguía con las luces encendidas, rechinaba en precario equilibrio contra las raíces que asomaban de la tierra. Se asentó sobre el terreno con un último estremecimiento que sacudió en el asiento los cuerpos sin vida de los dos hombres.

Desde el estallido del primer neumático hasta que la furgoneta se había estampado contra los troncos de los árboles habían pasado tres segundos.

Tres segundos. Nada. Un suspiro.

Tres segundos tardó Rocco Schiavone en comprender dónde estaba. Una eternidad.

Al abrir los ojos no había reconocido como suyos ni las paredes, ni las puertas ni el olor.

«¿Dónde estoy?», se preguntó mientras circunnavegaba con la mirada adormilada el espacio que lo rodeaba. La penumbra de la habitación no ayudaba. Estaba en cama ajena, en un cuarto ajeno de un piso ajeno. Y, con toda seguridad, también sería ajeno el edificio. Esperaba que al menos la ciudad fuera la misma del día anterior, la misma donde vivía desde hacía un tiempo, en la que llevaba nueve meses expiando su falta: Aosta.

El cuerpo femenino que vio a su lado lo ayudó a encajar las piezas. Dormía plácidamente. El pelo moreno y suelto sobre la almohada. Unos ojos cerrados que temblaban un poco tras los párpados. Tenía los labios ligeramente entornados y parecía estar besando a alguien en sueños. Una pierna a la vista y un pie colgando por fuera del colchón.

¡Se había quedado dormido en casa de Anna! Pero ¿qué le pasaba? ¡Error! Un primer paso en falso, ¡riesgo latente de caer en una rutina! El peligro de una integración no deseada con aquella ciudad y sus habitantes le puso la carne de gallina y lo hizo incorporarse de golpe en el colchón. Se restregó la cara.

«No, no puede ser», pensó. Llevaba nueve meses sin dormir un solo día fuera de casa. Así se empieza, lo sabía... y luego ya es sólo cuestión de tiempo; se frecuentan las mismas cafeterías, se hace uno amigo del frutero, del estanquero y, por supuesto, del quiosquero, hasta llegar a la frase fatídica del camarero tras la barra: «¿Lo de siempre, jefe?», y ya la has cagado: convertido automáticamente en ciudadano de Aosta.

Puso los pies en el suelo. Caliente. Peludo. Moqueta. Se levantó y, en la penumbra de un amanecer lívido como la panza de un pez, se aventuró hacia una silla que abrazaba una montaña de ropa, la suya. Un golpe seco en los dedos de los pies le iluminó el cerebro, seguido en el acto por un rayo de dolor que lo envolvió entero.

Sin hacer ruido, volvió a la cama cogiéndose el pie izquierdo, con el que le había pegado a una esquina. Rocco lo sabía, era uno de esos dolores brutales y atroces que, gracias a Dios, tienen la particularidad de durar poco. Sólo había que apretar los dientes unos segundos y se pasaba. Masculló una maldición para no despertar a la mujer. Aunque no por respetar su sueño, sino simplemente porque, de lo contrario, tendría que enfrentarse a una discusión y no tenía ni tiempo ni ganas. Anna trituró una palabra misteriosa entre los labios para luego darse la vuelta y seguir durmiendo. El dolor del pie, agudo y despiadado, remitía ya, se volvía un mero recuerdo. Pero lo había despertado del todo y, cuando el subjefe se llevó las manos a la cara, los fotogramas de la noche empezaron a desfilarle por delante como si sus ojos se hubieran conve

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