Muerte en mar abierto (Comisario Montalbano 25)

Andrea Camilleri

Fragmento

9788415631606-3

Uno

Estaban hablando de esto y aquello sentados en el porche, cuando, de repente, Livia soltó una frase que sorprendió a Montalbano.

—Cuando envejezcas, serás peor que un gato acostumbrado a su rutina —dijo.

—¿Y a qué viene eso? —preguntó el comisario, atónito. Y puede que también algo molesto; no le hacía gracia pensar en envejecer.

—Tú no lo ves, pero eres sumamente metódico, ordena­do. Si algo no está en su sitio, te da rabia. Te pones de mal humor.

—¡Venga ya!

—No te das cuenta, pero eres así. En la trattoria de Calogero te sientas siempre a la misma mesa. Y, cuando no vas a comer allí, eliges siempre un restaurante al oeste.

—¿Al oeste de qué?

—Al oeste de Vigàta, no me vengas con ésas. Montereale, Fiacca... Nunca vas, qué sé yo, a Montelusa o a Fela... Y seguro que allí hay sitios buenos. Por ejemplo, me han dicho que en San Vito, en la playa de Montelusa, hay como mínimo dos restaurantes que...

—¿Sabes cómo se llaman?

—Sí. L’Ancora y La Padella.

—¿Tú cuál escogerías?

—Así, por intuición, me parece que La Padella.

—Pues esta noche te llevo —zanjó el comisario.

Para enorme satisfacción de Montalbano, cenaron fatal. Aquello era casi comida para perros. Bueno, no, seguro que los perros comían mejor. El local presumía de su fritura mixta de pescado, pero el comisario tuvo la sospecha de que el aceite que utilizaban era de motor de camión, y el pescado, en lugar de estar crujiente como era de esperar, estaba blandurrio y acuoso, como si lo hubieran preparado el día anterior. Cuando Livia se disculpó por el error que había cometido, a Montalbano le dio la risa.

Acabada la cena, sintieron el impulso inmediato de limpiarse el paladar y fueron a tomar algo, él un whisky y ella un gin-tonic, a un bar que quedaba justo a la orilla del mar.

Al volver a Vigàta, y para demostrar a Livia que no era tan incapaz como ella creía de salir de su rutina, Montalbano cogió un camino distinto del habitual. Llegó a las primeras casas de la parte superior del pueblo, desde donde se divisaban el puerto y el mar sereno, en el que la luna se reflejaba como en un espejo.

—¡Qué bonito! Vamos a parar un momento —pidió Livia.

Bajaron del coche y el comisario encendió un pitillo.

Eran poco más de las doce y el barco correo para Lampedusa, todo iluminado, estaba maniobrando para salir del puerto. Al filo del horizonte se veía la luz de alguna barca.

Justo detrás de ellos, algo aislado, había un viejo edificio de tres plantas, bastante destartalado, en cuya fachada, desconchada aquí y allá, brillaba un rótulo de neón: «HOTEL PANORAMA.» La puerta estaba cerrada; los clientes que llegaran tarde tendrían que llamar al timbre para entrar.

Livia, fascinada por aquella noche tranquila y clara, quiso esperar a que el barco correo estuviera en mar abierto para marcharse.

—Noto como un olor a quemado —comentó, cuando ya se acercaban al coche.

—Yo también —contestó el comisario.

En ese preciso instante, se abrió la puerta del hotel y una voz empezó a gritar desde dentro:

—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuera todo el mundo! ¡Deprisa! ¡Fuera todo el mundo!

—¡Quédate aquí! —ordenó Montalbano a Livia, mientras él se precipitaba hacia la puerta.

Por algún lado le pareció oír el rugido de un coche que arrancaba y se alejaba a toda prisa, pero no habría podido jurarlo, porque del interior del hotel surgían ruidos extraños.

En cuanto entró en el vestíbulo, pequeño y estrecho, vio, entre una densa humareda, lenguas de fuego altas y decididas al fondo de un corto pasillo. Al pie de la escalera que había en el centro del vestíbulo y que llevaba al piso de arriba, un individuo en camiseta de tirantes y calzoncillos seguía dando voces:

—¡Salgan! ¡Deprisa! ¡Fuera todo el mundo!

En ese momento bajaron por la escalera, unos en ropa interior y otros en pijama, pero todos soltando maldiciones, con los zapatos y la ropa en la mano, primero tres hombres, luego dos más y por fin otro. Este último iba completamente vestido y llevaba un maletín. En aquel hotel no había mujeres.

El que estaba al pie de la escalera, un anciano, se volvió para salir él también y entonces vio al comisario.

—¡Vámonos!

—¿Quién es usted?

—El propietario.

—¿Están a salvo todos los huéspedes?

—Sí. Habían vuelto todos.

—¿Ha llamado a los bomberos?

—Sí.

De repente se quedaron a oscuras.

Fuera se oían ya los gritos de una veintena de personas de las casas vecinas, que habían bajado a la calle sin siquiera vestirse.

—Sácame de aquí —pidió Livia, inquieta.

—Están todos a salvo —dijo el comisario para tranquilizarla.

—Me alegro. Pero los incendios me dan miedo.

—Vamos a esperar la sirena de los bomberos —contestó Montalbano.

A la mañana siguiente, cogió el camino más largo para ir a la comisaría, el que pasaba por la parte alta del pueblo. Le había entrado la curiosidad, tan repentina como irresistible, de saber cómo había acabado el viejo hotel. Dado que los bomberos habían llegado tarde y que para apagar las llamas había hecho falta mucho tiempo, el interior del edificio había desaparecido, se había quemado todo; sólo quedaban en pie las paredes externas, con agujeros en lugar de ventanas. Dentro aún había algún bombero trabajan­do. Todo el perímetro estaba acordonado. Cuatro guardias municipales mantenían a raya a los curiosos. Montalbano los miró con cara de pocos amigos: no soportaba ese turismo de la desgracia, a esa gente que corría a ver el lugar de un desastre o de un delito. Si hubiera muerto alguien en el incendio, seguro que la multitud congregada se habría triplicado.

En el aire aún había olor a quemado. Lo invadió un intenso sentimiento de desolación y se marchó.

Estaba aparcando cuando vio que Mimì Augello salía a toda prisa de la comisaría.

—¿Adónde vas?

—Me ha llamado el jefe de los bomberos, han apagado un incendio que esta noche...

—Estoy al tanto.

—Dice que no cabe duda de que ha sido intencio­nado.

—Cuando vuelvas me pones al corriente.

Mientras, le contó a Fazio cómo habían acabado Livia y él delante del hotel en el momento del incendio y cómo había asistido a la salida de los clientes.

—¿Tú conoces al propietario?

—Sí, claro. Se llama Aurelio Ciulla, es amigo de mi padre.

—¿Y ya está?

—Jefe, a Ciulla ese hotel no le da ni para pipas. Aguanta con ayudas y subvenciones del ayuntamiento, del gobierno regional...

—¿Por qué no cierra?

—Casi ha cumplido setenta años y le tiene cariño al hotel. Si lo cierra, ¿qué hace? ¿Cómo se las apaña?

—Dicen los bomberos que el incendio ha sido intencionado. ¿Crees que puede haber sido el propio Ciull

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